jueves, 31 de julio de 2014

todo un mundo por delante



Los planes y los viajes que nos hacen ilusión los disfrutamos ya antes de hacerlos, mientras soñamos con ellos, como un anticipo de lo que podremos disfrutar una vez allí al vivirlos y hacerlos realidad, para volver más tarde de nuevo al territorio de la ilusión, cuando ya quedan en el pasado y se convierten en recuerdos.  Eso me pasa a mí con las vacaciones, y en especial  las de verano, y lo que más me apetece es poderme ver pronto en el sur de Portugal, en la costa Vicentina, justo donde el mar y el aire dan la vuelta al pasar de la costa Sur a la Oeste de la península. Verme allí, disfrutando de la brisa marina de la mañana, en una terraza cercana al mar y desayunar sin prisa con esa luz tan hermosa que se produce con el  mar a ambos lados y sentir pronto cómo  cambia el sabor de las cosas fuera de la rutina diaria es seguramente ya una manera de comenzar el viaje y casi  puedo saborear sin estar allí todavía ese placer de tener frente a a mI el mar y un buen desayuno en calma con el regalo que supone tener toda la mañana  por delante, sólo para ser feliz. Luego coger las tablas de surf, y, meterme un año más dentro de esas olas, como si aún me quedara algo bueno de ser adolescente, de querer mejorar cada año, y de no perderme esa sensación de salir medio volando cuando por fin viene una ola de dos metros, procurando que la tabla y yo no vayamos cada uno por lados opuestos.  Es intentarlo una y otra vez, y recuperar mi forma, no dar nada por perdido, y disfrutar con mi familia, mientras mis hijos se ponen de pie en la tabla como si nada; luego, después de un día que no quieres que acabe, sentarnos en la terraza alta que da al mar en Odeceixe, o en la playa de Carrapateira y pedir una simple hamburguesa con una cerveza Sagres, mientras el sol se va ocultando lentamente por el Atlántico despidiendo con magia el día, haciendo de esos instantes un placer que mezclado con el cansancio agradable de haber estado en el agua, no cambiaría por nada o casi nada.

Entonces disfruto de nuevo concentradas  todas mis  edades, sabiendo que todas viajan conmigo, al igual que los paisajes que hemos visto, o las vivencias que quedan atrás, alojadas en algún lugar de la memoria. Disfruto de mis edades que voy reviviendo de nuevo en las edades de mis hijos, cada uno en la suya propia, con sus cosas.  De la de mi hijo pequeño de diez, con esos ojos que quieren saberlo todo, comerse el mundo, alargar el día. Con la de mi hijo de dieciocho,  vislumbrando ya su vida universitaria, su asomarse al mundo adulto, dejando atrás los veranos de la niñez y adolescencia que quedarán ya para siempre en su memoria como quedaron en su momento en la de cada uno. Y de la de mi hija de veinte,  ya no tan lejos el último año de sus estudios universitarios, y acercándose a sus primeros contratos en prácticas, con ese futuro por delante que hace ilusión, y que a la vez se teme un poco, como una lucha que inexorablemente hay librar se tenga la edad que se tenga. El futuro no deja de ser una sensación parecida a tener un  océano delante, lleno de incertidumbres, pero en el que se puede presentir que al otro lado puede haber un mundo lleno de posibilidades.

De alguna manera soy adicto al verano, y a esos lugares en lo que mi  cuerpo y mi mente encuentran los hallazgos que necesito el resto del año. Son lugares con una fuerza especial, y me doy cuenta que incido en ellos, guiado sólo por la luz y seguramente el aire. Esta esquina de Sagres, fue el lugar donde estuvo la escuela de navegación portuguesa, y allí estudiaron Cristóbal Colón o Vasco de Gama. Son lugares de tierra que se adentran todo lo que pueden en el mar, y esa sensación siempre me ha gustado, sintiendo el aire del mar, como quien navega, y la pisada aún en la tierra. Son sensaciones que he podido tener también en Tarifa,en el cabo de la Nao en Jávea, o en la Estaca de Bares en Lugo. En todas ellas hemos disfrutado de algunos días del verano. y son lugares no tan lejanos de Madrid en donde puedes sentir muy cerca ese mar que nos falta, ese mar siempre lejano y siempre lleno de inspiración y sugerencia. 
  
Este año, me llevaré la lectura de Vasco de Gama, y conocer su ruta hasta la India, por el cabo de Buena Esperanza. El libro me lo ha regalado Enrique Blanco, un excelente arquitecto y persona que he conocido recientemente en el trabajo. Resulta que Enrique se marcha ahora a Sidney a trabajar allí, sin miedo a la aventura, con su familia. A seguir en marcha, adaptarse a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, otro idioma. En el trabajo me he reído infinito con sus ocurrencias, sus frases y sus consejos. Hace unos días se trajo una buena colección de libros suyos al estudio para que eligiéramos el que quisiéramos, pues está deshaciéndose de algunas cosas  antes del partir tan lejos. Este me llamó la atención y lo elegí y creo que lo disfrutaré, pues de alguna manera la aventura se relaciona con los sueños, pero también con los propios miedos que hay que vencer. Y ese tema me apasiona, pues cada uno tenemos los nuestros, y ahora después de pensarlo no los veo como algo negativo nuestro que debamos a su vez temer, o sentirnos empobrecidos por ellos, sino que es al revés, nuestros miedos son nuestro particular  océano  en el que hay que navegar y conocer para manejarnos en ellos. Me quedé con la frase que me dijo Enrique como argumento de su marcha. ”No me da miedo irme. Lo que me da miedo es quedarme”. Bravo, por ti, porque sé que te irá bien, y será una gran experiencia. Qué pena, perder esos cafés o esas conversaciones de pasillo en el trabajo, con personas que conoces y que se van, que pierdes de vista pero que deseas volver a encontrar porque quedan ya en tu memoria y en tus vivencias.  

Me gusta que las ideas, y los libros viajen. Que todo circule. Al final todo lo bueno nos viene a través de los otros, y me gusta reconocerlo. Cazar al vuelo esas frases, esas conversaciones, entre pasillos, en el entretanto de la vida, o del trabajo, y recordar pensamientos, preguntas que nos surgen conservando el alma y la ilusión del niño, la inconsciencia del adolescente, la fuerza de la juventud, y  el rigor del adulto;  abrí el libro y me llamó la atención la cita con la que empieza:    " La acción es siempre hija del rigor antes que hermana del sueño”. Seguramente es cierto, pero de rigor he tenido bastante por este año, y ahora me queda por delante el descanso. Mis sueños. Mis ilusiones. y sentir el océano delante, es decir mis propios miedos, para adentrarme hasta la punta de ellos, sentir el aire, y decirme a mí mismo, que es el momento de no temer tus temores, de descubrir que en ellos radica todo un universo, todo un mundo por delante. 

domingo, 29 de junio de 2014

algo que te esperaba a ti


Puede que el éxito verdadero sea solo una salida
un momento de algo que llamamos universo
un fragmento de un orden aún mayor
que percibimos en forma de alegría o de belleza.
Puede ser el hecho de que amanezca
o el hecho de que una  flor deje de estar cerrada y se abra.
Algo que te esperaba a ti que eres conciencia de la vida.
Puede ser un buen día de verano que acerca tu cuerpo al mundo
o una estrella lejana de una noche en la playa que pone en escala tu grandeza
puede ser algo que habitaba ya dentro de ti
y que encuentra una expresión hacia afuera.
Puede ser algo que sale a la luz y que al recibir la luz abandona su frialdad
un miedo que retrocede y que al retroceder ya le veamos huyendo
o una tristeza que se evapora sin prisa pasando por ti para no quedarse.
Puede ser sólo un papel roto y que al romperse te libera de una atadura
o algo que se recompone como cuando cobran sentido los sinsentidos
una conexión que se restaura, un fallo que se arregla o que mejora
lo hermoso de un día después de un camino difícil
o el mismo camino con sus heridas sin gloria aún con batallas perdidas.
Puede ser la vida misma, haber nacido pequeño y crecer
para algún día descubrir la riqueza única que ya estaba en tí
y que tan sólo esperaba brotar y darse. 


fotografía: tomada esta primavera en el jardín Botánico de Madrid. 

domingo, 4 de mayo de 2014

Por Toledo (tres aguas de Cristina Iglesias)


De joven a uno le fascinaba prolongar la noche, experimentar sus sensaciones a la luz de la luna y formar parte de esa vida propia de locales y bares de Madrid que comenzaba a partir de ciertas horas;  volver tarde a casa y disfrutar de la magia que tiene vivir la noche compartiendo sitios y amistades; vivir con intensidad fuera del día como si uno se sintiera ya más adulto prolongando la noche. Ahora, me pasa al revés, cada día disfruto más de las primeras horas de la mañana, de desayunar a gusto y tranquilo tomándome mi tiempo y procurando deshacer las rutinas que a la larga hacen que se pase la vida sin sentirla de lleno. He leído en la prensa que en Toledo se inauguraban en estos días con motivo del cuarto centenario del Greco, tres fuentes de la escultora Cristina Iglesias, así que rompiendo esa rutina he querido desayunar allí temprano y tranquilo en una mañana de domingo, disfrutando de la primavera, de la ciudad y de la magia de la primera hora de la mañana.

Recorrer el camino en cuesta que va desde la Puerta de Bisagra hasta la catedral, es una tentación de lugares que me gustaría visitar o revisitar; la mezquita del Cristo de la Luz, el hospital Tavera, las sinagogas judías o esas calles de traza árabe, que dan un perfil tan bello al Toledo histórico en primavera, procurando valorar lo que tenemos por aquí cerca y aprovechar la mañana para estas cosas, ahora que el tiempo es agradable para caminar y recorrer el encanto de este lugar único en el mundo donde puedes visitar una ciudad de trama árabe que conserva alguna de las antiguas mezquitas y formas propias de esta cultura, junto con el legado de la cultura judía y la cristiana que convivieron durante siglos en este escenario tan peculiar. 
  
Las tres nuevas obras, no sé si llamarlas esculturas, fuentes, o instalaciones  tienen un carácter abierto, donde el protagonismo no lo toma la pieza en sí, sino las posibilidades de lectura que cada uno pueda hacer, a partir de ese homenaje a las posibilidades de expresión del agua. Se trata pues de experiencia, de estar un  rato, de hacerlo parte de un itinerario, o de un  camino; de dejar aflorar en cada espacio,  las reflexiones que cada uno quiera, como en la lectura de una novela, donde la historia viaja de las palabras a nuestra imaginación, y ahí en ese espacio toma vida propia la historia.

La primera de las fuentes, se sitúa en la plaza de la catedral, la imponente catedral gótica de Toledo con esa verticalidad que consigue dirigir  la mirada hacia un cielo nítido en el que se recorta su torre; en ese entorno me ha sorprendido el contrapunto creado por la obra de Cristina, con esta pieza que me propone una mirada diferente en la plaza, una mirada hacia el suelo, hacia la tierra, hacia el cauce de un río, y la presencia simbólica de vida que genera el agua allí por donde pasa. Desde la plaza no se ve el río, pero esta pieza nos lo trae hasta allí, de un modo re-presentado, y como todo arte consigue actualizar, lo que no está presente. Dado que interpreto que es una obra abierta, mi vivencia de ella es absolutamente personal, sin que ello implique que sea eso o deje de serlo, porque lo importante no es la obra, sino la experiencia que podamos tener de ella.

Se trata de una lámina de agua, que se llena y se vacía lentamente, tomándose su tiempo en hacerlo, y al vaciarse deja ver la pieza escultórica en el suelo, que es una reproducción de un fondo vegetal, a modo de raíces o ramajes, con una intención más narrativa que de estricta belleza escultórica que también la tiene. De modo que si dispones de tiempo, lo más que puedes hacer es contemplar un vaciado, contemplar un llenado. No pasa nada especial, ni llamativo, sino profundo; los ríos brotan, se llenan,  y se van vaciando. Nuestra vida también. Y desde esta presencia del río en la ciudad, de nuevo me hago consciente de la enorme importancia que ha tenido siempre el agua en la elección de los lugares por el hombre, en el desarrollo de las ciudades, y en esa capacidad metafórica que tienen con nuestras propias vidas. En el caso de Toledo, el río se toma su tiempo en recorrer la ciudad, sin ninguna prisa y rodeándola prácticamente entera como si la abrazara despacio. Esa calma del río, la suavidad de sus sonidos, la capacidad de relajación, esa manera de vivir el tiempo, tiene que ver con la naturaleza del amor, en cuya naturaleza no hay prisa, sino todo lo contrario. Al vaciarse despacio la fuente de Cristina, también me hago de nuevo consciente de los cauces, de la importancia de los cauces en la afectividad humana, generados también sin prisa y con dedicación en la relación del recién nacido con la madre en los primeros meses de vida. Esos cauces formados son fundamentales para la vida afectiva futura, y a tenor de las investigaciones realizadas en este campo hoy sabemos que esos mismos cauces son utilizados años más tarde en la vivencia del amor romántico. Me puedo imaginar un cauce así en nuestro interior, creado con cariño,  lleno de belleza, de complejidad, de matices, que más tarde ha de llenarse y alimentarse de lo mismo.

La siguiente fuente está en el convento de Santa Clara, actualmente en obras, pero que tiene una sala accesible desde la calle. Cuesta encontrarla, y te obliga a callejear y a perderte por la traza árabe de la ciudad, de casas muy pegadas que buscan la sombra, de paredes y de muros de barro piedra y madera. Es el mundo islámico, de calles con recodos y pequeñas plazuelas llenas de encanto, sobre las que se ha ido configurando el Toledo que ahora vemos a lo largo de siglos de historia, de periodos de fructífera convivencia entre culturas y otros de enfrentamientos y peleas. Si de la plaza de la catedral uno traía los sonidos del río en mitad del bullicio, de la luminosidad intensa, del lugar de encuentro que representa una plaza,  aquí tenemos una sensación muy distinta que es la de la quietud, el recogimiento y la meditación.

En la meditación, se puede lograr un espacio libre de preocupaciones de las normales tensiones de la vida, y lograr un espacio de tranquilidad y quietud, necesarios para liberarse de todo aquello que nos pueda tener aprisionados. Se crea aquí un ambiente de silencio, con una  luminosidad especial, con la luz tamizada a través de una celosías, que logran reducir al mínimo la luz de la sala; en ese silencio remarcado por la quietud del agua  y en esa luz que también se acerca al silencio, uno intenta comprender el espacio del recogimiento, un lugar en el que el mundo exterior tiene menos presencia de modo que se pueda facilitar un cierto acceso al mundo interior, el que no vemos. Otra vez lo profundo, lo que no se ve, lo que no es fácilmente visible pero que sabemos que está ahí, los fondos. El vaciado de la fuente creada por Cristina, deja ver el fondo, metáfora de nuestro interior que necesita un recogimiento, un espacio de quietud en mitad de nuestros recorridos. Después de la tranquilidad de la meditación, en la que uno siempre es aprendiz, con esa posibilidad de calmar, de relajar, de dejar de lado la ansiedad por llegar a ningún lado, continúo mi recorrido hacia la tercera de las esculturas. Con estas dos he aprendido que hay un tiempo para la quietud y otro para la fluidez. Un tiempo para el sonido, y otro para el silencio. Hay un lugar para cada cosa y un tiempo para cada cosa. Como para la noche y el día de las que hablaba al principio. 
   
La última visita, es una instalación en la antigua fábrica de armas, actualmente reconvertida en campus universitario,  que queda en la parte baja de la ciudad, al lado del Tajo. Desde allí, uno contempla de nuevo la ciudad, el perfil tan bello de las ciudad  árabe, cristiana y hebrea, con sus perfiles tan exquisitos, y al lado la ciudad de los años del desarrollismo, tan poco acertada, tan torpe, tan fea, tan sin sentido de la proporción y del gusto, que uno se lamenta de este fracaso  tan frecuente en la historia de algunas de nuestras ciudades.  

Un antiguo depósito de agua de la fábrica, muy cerca del río, ha sido el lugar elegido por Cristina  para acoger esta instalación. Para recorrerlo, hay que subir por su escalera exterior, y una vez arriba contemplar de nuevo el Tajo,  el río que pasa lento por la ciudad. Ver los antiguos compartimentos metálicos que servían para el almacenamiento del agua de la fábrica, y desde ahí arriba contemplar esta tercera fuente, con su sonido envolvente, y que invita a recorrerla no sólo con los ojos y la percepción, sino con el cuerpo, otro misterio del que últimamente pienso que es nuestro principal bien y el que mejor deberíamos de cuidar y valorar.

Ha vaciado el pequeño edificio de dos plantas donde se ubicaba el depósito, de un modo parecido al que Chillida vació su caserío de Zabalaga –actual museo Chillida Leku- dejando las vigas y pilares al aire; recuerdo haber leído de Chillida en su momento, las sensaciones al ir viendo ese vaciado de forjados y de paredes del caserío, descubriendo el nuevo espacio creado, y que él lo expresaba en una frase con palabras del estilo “este espacio tiene vocación de catedral”. Algo similar ocurre aquí, cerrándose el ciclo narrativo de las tres piezas.  Si en la plaza de la catedral, lleva de un modo simbólico el río a  la plaza, ahora en el espacio fabril cercano al río, a su manera, ha introducido una catedral, entendiéndola como  creación de  un espacio vacío, con una intención de tipo espiritual, con un especial cuidado en la introducción de la luz con unas exquisitas piezas de alabastro en las ventanas;  si en las catedrales, la mirada se dirige a las bóvedas, aquí se focaliza una visión al revés, desde arriba hasta la fuente que ocupa prácticamente todo el suelo; de nuevo a mirar en profundidad, aportando la importancia de los fondos, y superando esa concepción tan manida de contraposición entre el suelo y el cielo.

Además de redescubrir la ciudad y el río con nuevas lecturas, disfruto con la riqueza reflexiva que me provocan las obras de esta escultora; hacerme consciente del agua, de la vida, de la quietud y la fluidez, de la afectividad, de la meditación, del espacio, del cuerpo, del necesario cuidado de las cosas. De vivir las cosas contrarias sin contradicción, de la capacidad de convivir en lo diferente, en este escenario donde durante varios siglos, convivieron y nos dejaron obras llenas de belleza, gentes de diversas procedencias y mentalidades, que como el río han ido fluyendo despacio y sin prisa por este espacio tan singular, tan lleno de encanto. 

martes, 4 de marzo de 2014

Alvaro Siza: arquitectura y poesía (3)

Nota: con esta entrada  cierro una serie de escritos alrededor de la arquitectura de Alvaro Siza.  A veces un autor o una determinada obra, parece que quieren llevarme a explorar más,  a salirse de este blog y tomar un camino más de ensayo o de apuntes para una análisis más detenido. Me ocurrió también hace unos meses con la obra de la escultora Cristina Iglesias. De estos pequeños estudios que voy realizando solo publico una parte por no hacerlo más extenso, pero creo que es suficiente para mostrar una parte mía muy dada a detenerme y a indagar en determinados autores o obras que me han llamado la atención. No obstante procuro no utilizar por aquí un lenguaje demasiado sofisticado o especializado, y solo procuro  transmitir algo de mis percepciones alrededor del arte o de la arquitectura, como quien hace un inciso, se detiene unos días,  y luego habiendo comprendido mejor aquello que le llamó la atención, continuar con menos ignorancia  su  propio camino personal.  

La arquitectura culta y la poesía, guardan relaciones poco exploradas del mismo modo que la propia poesía y otra disciplina que es la filosofía, guardan a su vez su campo de relación.  Hay poetas muy cercanos al campo propio de la filosofía, como el caso de Antonio Machado, y hay filósofos y ensayistas muy familiarizados con la poesía, como el caso de Goethe o de María Zambrano. Este campo de interrelación, entre el pensamiento y lo poético está quizá más estudiado y tratado en diferentes ensayos; Machado definió a los filósofos como poetas del pensamiento, y aunque en su propia poesía procura huir de la idea y del concepto como materia prima de la concepción estética de su oficio, sin embargo hay un profundo pensador oculto en sus poemas. Por su parte, por toda la obra ensayística de María Zambrano aparece la idea de razón poética, en la que desvela cierta insuficiencia del racionalismo como método, dejando entreverse la sensibilidad poética que subyace en su obra filosófica.  

Del mismo modo que estos dos campos a veces se solapan, hay otros dos campos creativos muy interrelacionados que son la escritura y la pintura: hay escritores que han practicado el ejercicio del dibujo o la pintura con solvencia, como el caso de  Hermann Hesse autor de excelentes acuarelas, o el de Victor Hugo que además de escritor fue también excelente artista en composiciones realizadas con acuarelas o tintas , o bien los casos de poetas como Lorca, o Rafael Alberti que cultivaron ambos una original obra plasmada en numerosos dibujos de indudable interés. También en el otro sentido, existen no pocos casos de  pintores cuyos escritos tienen un interés y un oficio evidentes como es el caso de Vang Gogh, de  Tapies o Kandisky, si bien con una intencionalidad muy propia del artista moderno que es la elaboración de un campo teórico donde inscribir la fundamentación de su obra. A medida que voy conociendo por mí mismo, -olvidándome de lo sabido- tanto unas cosas como otras, voy descubriendo que siempre se producen caminos  paralelos, dentro de una corriente cultural más amplia que puede englobar una época o una determinada mentalidad común a diversas manifestaciones creativas, buscándose a veces intencionadamente por los creadores un límite fértil entre las diversas disciplinas.  

Esta apreciación no es nueva, la propia escultura y la llamada arquitectura moderna están habitadas sin que seamos muy conscientes de ello por la propia poesía; Chillida hablaba de que para hacer una obra escultórica se necesitaba poesía+construcción, y el mismo se quedó admirado con el  paralelismo del camino recorrido en su propia obra con  piezas de hierro o piedra, y el del  camino recorrido con el lenguaje y la poesía realizado por del poeta de la generación del 27 , Jorge Guillen, realizado en vez de con formas espaciales con palabras, en una búsqueda de los elementos más esenciales de la propia poesía.  
Para tratar  estos  caminos paralelos, búsquedas comunes en campos diferentes, me fijaré de un modo muy general, -el espacio de este blog no me aconseja otra cosa-, en tres referentes comunes al ámbito propio de la poesía y del pensamiento que veo tratados con parecida sensibilidad en la arquitectura de Siza. Estos elementos inspiradores y que pueden actuar en ambos casos como referentes físicos o bien simbólicos, son la luz, el río, y el paisaje.  

La luz

Desde el Oporto natal de Siza, donde termina el Duero, me he remontado imaginariamente unos kilómetros atrás en el río, hasta otra ciudad por donde también pasan esas aguas, la ciudad de  Zamora, lugar donde nació y vivió su juventud el poeta, no sé si lo suficientemente conocido como se merece, Claudio Rodríguez. Tomaré varios versos suyos para poner de manifiesto algunas sutiles apreciaciones, acerca de la luz y la materia.   

“Siempre la claridad viene del cielo;
Es un don: no se halla entre las cosas
Sino muy por encima, y las ocupa
Haciendo de ello vida y labor propias.”  (1)

Este “sentimiento poético” de la luz y la claridad está presente en toda la obra de Siza. La luz que se reparte desde la parte alta de los techos, la luz, que va recorriendo los espacios, y las singulares formas que va creando.  Se podría decir, que en la edificación, hay dos “recorredores” o visitantes del edificio. Uno es el sujeto que lo hace, y el otro la luz, que va viajando por cada plano, por cada rincón, revelando las formas. Ese diálogo intimo entre la luz y la materia, es clave en toda la obra arquitectónica de Siza, muy por encima de la idea de forma, o de una determinada imagen formal. 

Siza experimenta con sus espacios, teniendo en cuenta que serán recorridos de alguna manera por la luz. En su caso,  suele oponerse a todo lo que lleve a algo quieto, a lo estático, a lo que tiene un centro fijo tanto espacial como de atención visual. El interés en su concepción de la obra está en lo que fluye, en aquello que revela el paso del tiempo, como la luz o la propia naturaleza y el paisaje, haciendo convivir a la envolvente arquitectónica con la envolvente natural.

En el ámbito de la poesía, el poeta, desde su sensibilidad percibe  las imágenes visuales o sensoriales del entorno que transita, a veces para describirlas procurando profundizar en sus percepciones, pero en muchas ocasiones traspasando ese mundo exterior y llegando a lo interno de la propia persona, conectándolo con su propio  mundo interior, al que no tenemos un fácil acceso. La luz y la claridad, se convierten así en una presencia física buscada por el hombre en su relación con el exterior, pero también en un deseo interno, adquiriendo ese valor simbólico para el propio caminar humano, -ese  deseo de luz-trasladado al mundo interior de la búsqueda particular de cada persona.


El río.

“Oh río,
Fundador de ciudades
Sonando en todo menos en tu lecho
Haz que tu ruido sea nuestro canto
Nuestro taller en vida”    (2)

Estos versos de Claudio Rodriguez, y esa  relación tan intensa de cada ciudad con su río, ese querer escuchar el ruido del río, hacerlo música, valgan como ejemplo de la importancia que tienen para la creación literaria los ríos y su relación con el hombre, con la ciudad, e incluso con la posibilidad creativa del hombre, con ese “nuestro canto”  
El río  y su fluencia, nos remiten también a algo nuestro, a lo vital, a lo que va fluyendo y al paso del tiempo, enlazando en este sentido con toda una fuerza metafórica utilizada por pensadores, poetas o escritores; en esa metáfora se inspira  Heráclito con su apreciación filosófica acerca del cambio al que estamos sometidos -nunca somos los mismos debido al constante proceso de renovación y destrucción que rige el universo- El río, y su formulación de Panta Rei, (todo fluye) adquieren un valor de referente constante en su filosofía, incluida su concepción del logos, de la razón estable no visible, como el cauce, o el  lecho de ese río al que se refiere el poeta en los versos. También el poeta Jorge Manrique nos dejó magistralmente escrita su visión de la vida como algo lineal similar a un río, o Jose Luis Sampedro que utilizó con soltura la capacidad metafórica del río y su relación con la vida humana, en obras como “El río que nos lleva”, sentido metafórico y real del río  que aparece en sus conversaciones y en su propia visión y sensaciones de la vida.  

El río y la línea, esa pasión por la línea y el trazo de Siza tienen un paralelismo. Del mismo modo que el mar lo tiene con el plano, con lo extenso. La línea tiene diversos significados, puede ser un elemento divisor, separador o frontera, porque genera un espacio a un lado y a otro de la misma. Pero también conlleva un significado que nos remite a un  hilo conductor, de algo que conecta un origen con un destino. En este segundo sentido se enlaza  con la arquitectura de Siza. Trazo, nacido del pensamiento, que recorre el espacio, y que al recorrerlo, lo crea, y que al trasladarlo a la obra construida no quiere perder esa concepción de fluencia, de recorrido en el espacio.

El río, tiene un referente constante  que es el origen, el manantial, lugar donde nace el río o donde brota, donde se inicia el recorrido. Ese brotar, surgir, tiene su paralelismo con el proceso creativo, como algo que brota en si en la persona. El poema, así concebido no es un trabajo de la voluntad, sino algo que brota del interior de su creador, frente a una creación  realizada desde la mera voluntad, o desde las posibilidades técnicas de hacerla. Eso no quita que luego el trabajo sea arduo, lleno de ensayos, de matices, de correcciones, etc. Pero se trata de un proceso que ha nacido de lo singular de la persona, de la propia capacidad creativa del  artista. Desde ahí percibo la arquitectura de Siza, desde esa singularidad personal, desde sus propios recursos, más que desde el ejercicio meramente  técnico o racional. No se repiten las soluciones, porque cada una ha nacido de un proceso original, aunque su obra pueda quedar unificada por ese cauce lógico que engloba materiales, preferencias, referentes culturales etc.

Paisaje

Seguramente el paisaje, la percepción sensible del  lugar, sea el territorio común de todos los creadores que se han interesado en él, sean  arquitectos, escultores, poetas, pintores o músicos. La percepción del paisaje, su interiorización, la captación y la recreación de su esencia, ya sea en palabras, sonidos, formas plásticas o bien la intervención en él a través de la construcción de una obra de arquitectura, agrupa a aquellos que comparten aunque sea en disciplinas diferentes una especial sensibilidad hacia él. 
El arquitecto-artista con predisposición hacia este tema y que tiene la posibilidad de realizar una obra cerca de la naturaleza, se da cuenta de que está interviniendo en un entorno, y que todos los entornos y paisajes, tienen un contenido de interés, su parte de belleza;al intervenir en un entorno que percibe como valioso, procura captar esa  belleza , hacerla convivir con la edificación nueva que se proyecta y se construye.

Creo que casi todas las arquitecturas de autor que me resultan interesantes han tratado este tema cuando han tenido la oportunidad de hacerlo. Mies Van der Rohe, Richard Neutra, Alvaro Siza, Juan Navarro Baldeweg,  Tadao Ando etc, arquitectos de sobrada valía que  han trabajado  la relación entre la obra proyectada por ellos y  la naturaleza o paisaje donde se ubica. Cada uno desde su punto de vista particular, desde sus características personales de concebir el hecho constructivo.  
En el caso de Siza, es evidente su interés por introducir no sólo la luz y el tiempo sino también el paisaje en el interior del edificio, a través de diversos encuadres del mismo, que en general tratan de introducirlo de un modo fragmentado, procurando evitar una vista única o demasiado estática  que suele ser rechazada por él debido al cansancio que le provoca.  Desde el interior de su edificio, se generan diversas referencias exteriores, que actúan  como referencias en el recorrido del mismo, generando sutiles cambios a cada paso, en cada sala, resolviéndose todo con un lenguaje unificado pero con contenidos espaciales diferentes. La   propia arquitectura los crea, -patios, recintos semiabiertos, direcciones visuales, relaciones entre el interior y el exterior-  generando variedad, recorrido, diversidad de posibilidades, como quien huye de lo repetido, y de lo que provoca cansancio.  

Y este es el punto común de la sensibilidad que puede unir el trabajo de unos y otros campos artísticos, la lectura emocional del entorno, la capacidad de introspección de cuál es el sentimiento que provocan los ámbitos, las envolventes espaciales, sean estas arquitectónicas, de paisaje, o conjuntas. Ese saber leer, interpretar personalmente el entorno antes de recrearlo, es una característica  personal de Siza. Es su alma de poeta, poeta de paredes, huecos y muros recorridos por la luz y por el hombre, que lo unen con todos esos otros poetas   y  maestros de la transmisión  del sentimiento que son capaces de provocarnos lugares, paisajes o espacios

Fotografía: Centro Gallego de Arte Contemporáneo. Santiago de Compostela proyectado por Alvaro Siza
(1) fragmento del poema "1" del libro:Don de la ebriedad. (Claudio Rodriguez)
(2) fragmento del poema "al ruido del Duero" del libro:Conjuros.(Claudio Rodriguez)

sábado, 22 de febrero de 2014

Alvaro Siza (2):dibujos a línea

Siempre me han atraído los dibujos realizados a línea, en la que se sintetiza todo lo que se quiere representar, desde la expresión de un rostro, la belleza de un perfil, o la definición  sugerente de todo un espacio. No es patrimonio exclusivo de los buenos pintores, que también  han incidido en ello (recuerdo excelentes dibujos a línea de Picasso, de Matisse o de Vang Gogh…) sino de muchos más creadores de otros campos artísticos como es el caso de los dibujantes de comics, algunos directores de cine o  escritores, y también arquitectos como Alvaro Siza y muchos otros compañeros de esta profesión entre los que destacaría al polifacético Le Corbusier. Percibir y saber trazar la línea que define los volúmenes y las expresiones es un don  y adquiere una doble vertiente que puede ir desde la representación simplificada en esa sencilla línea de un  modelo visto o recordado viajando a través de la mano hasta el papel, o bien sin una referencia externa directa, viajando  desde algo imaginado que surge en el interior de la mente y que se materializa en un trazo nuevo y único que queda representado en un papel o construido en el espacio.
Ese sentir de un modo singular la fluidez de una línea propia, la libertad de hacer un trazo propio, de dibujarlo en un papel o bien de construirlo espacialmente, es algo que enlaza en la modernidad los intereses de algunos pintores, escultores y arquitectos, y en particular está muy presente en el caso de Alvaro Siza. En toda la tradición pictórica oriental la importancia de la línea es decisiva pero en la pintura moderna occidental la atención a  la línea empieza a aparecer en Van Gogh  Cezanne y Matisse  en cuyos cuadros  toman autonomía  el mundo de los contornos frente a las masas de color procurando dejar huella de la expresividad de su propio trazo en la manera de ir cubriendo o de ir conformando esas masas. Años más tarde aparecen en escena  Paul Klee  y Kandisky que combinan líneas y masas con total libertad y expresividad, como dos mundos que pueden superponerse, complementarse en la mente de quien percibe la obra. Posteriormente y ya dentro de la abstracción geométrica pura, tenemos la obra del pintor español Pablo Palazuelo, donde la línea es generadora de planos y de espacios incidiendo en la capacidad de la psique de generar familias de formas planas o  espacios desde una geometría diferente al orden clásico.  En el campo de la escultura un proceso paralelo sería  toda la obra de Chillida, donde el trazo o la línea vuelven a ser generadores de formas y espacios, que van llenándose de un contenido espiritual o humano con ideas como encuentro, diálogo, apertura, relación con la naturaleza etc.

Volviendo al campo de la arquitectura, me he detenido un momento en los excelentes dibujos de Alvaro Siza. En el propio dibujo a línea tan preciso de su rostro, está contenido su propio pensamiento, la imagen de un hombre que no mira hacia afuera, sino que está pensando, que está en su mundo interior, en esa fuente de trazos y de espacios que es la visión interior, tan propia del hombre creativo o del artista.  
En sus dibujos  hay una tendencia a buscar la máxima continuidad de la línea, a resolver en un único trazo lo máximo posible. Lo mismo en sus arquitecturas, un trazo largo al que le ocurren cosas, un solo trazo que se quiebra, se prolonga, se dobla, se curva configurando a su modo el espacio, como si hubiera nacido todo él de un solo proceso que lo unificara. 
Dibujar de alguna manera se convierte en re-correr la imagen con la línea, y esa misma actitud aparece luego en la propia obra; ya en sus dibujos hay algo de su arquitectura, el zig-zag de la solapa, la expresión de mucho con muy poco, la economía de medios  y esa capacidad de pasar de la imagen a la  línea y viceversa, de pasar de la línea, de lo que ha nacido de la imaginación al espacio construido. El hecho de que en la línea pueda estar contenida toda la expresión, la energía de lo captado y a la vez algo interno de la propia persona que la realiza me resulta algo así como una defensa de lo singular, de lo único de cada persona, frente a lo seriable, a lo que podría ser realizado por una máquina.
Quizá la línea, el propio trazo y la escritura a mano, son una parte más de la inteligencia, de lo único de cada creador, que como un sello personal del individuo y del artista se revela en la capacidad de tener y de disponer de un determinado trazo. Y esa es una de las razones de ser del artista, la defensa de lo singular de cada uno, frente a la normalización o la repetición impersonal de las cosas. La comunicación a través de la obra , de un mundo propio y personal, que nos llega a través de las diversas artes  que comparten la necesidad de surgir de un simple trazo.    
 


 

martes, 11 de febrero de 2014

Alvaro Siza: arquitectura blanca y diálogo.






























¿Hay algo más cotidiano en el sur de la península ibérica que una pared encalada, que la magia de un patio inundado de luz, o que un zócalo pintado que va recorriendo a saltos las irregularidades del terreno?  ¿Qué es lo que guarda de  singularidad y de realización única  cada muro blanco, y cada rincón sencillo de estos pueblos? Son sensaciones de belleza en lo simple, de bienestar en su adaptación al entorno, de luminosidad alegre que aviva los colores de las cosas.
Esa luminosidad blanca parece inundar las calles encaladas en los pueblos del sur, y afecta a la nitidez del color del cielo recortándose contra los planos de sus paredes, y contra las líneas imperfectas de sus cornisas; sensación de diálogo y de entendimiento, de piezas que se integran en un conjunto mayor con cierta libertad y a la vez con armonía y naturalidad. No mucho más que las sensaciones sencillas y tan sugerentes del habitar humano  en contacto con la tierra y su naturaleza, con el simple recurso del encalado en sus paredes, con  esas composiciones nítidas y abstractas donde no prevalece el orden geométrico puro, sino el que se adapta, el que dialoga con el paisaje a través de unos conocimientos adquiridos lentamente en el tiempo y con formas de hacer que han ido incorporándose a la tradición constructiva. Desde esas impresiones, y desde esas referencias sensoriales y constructivas, unidas al conocimiento de lo culto y de lo intelectualmente formado, arranca la arquitectura de Alvaro Siza, el más conocido de los arquitectos portugueses contemporáneos, con multitud de premios en su haber, entre otros el Pritzker de arquitectura, que para los profanos viene a ser como su particular Nobel.  
Me he tomado la mañana entera para disfrutar tranquilo de su arquitectura y de su entorno en la fundación Serralves, con unos magníficos jardines creados con anterioridad al nuevo edificio proyectado por Siza que da acogida al museo de arte contemporáneo de Oporto. Pero mi principal interés no eran las exposiciones artísticas contemporáneas que en demasiadas ocasiones son tan subjetivas y tan inentendibles, sino el edificio en sí mismo y el entorno de jardines tan extensos y agradables no demasiado lejanos de la ciudad, donde poder sentir la experiencia de esos nuevos  espacios creados, de percibir su luz, y de darme el placer de caminar y recorrer algo hecho con talento; de descubrir la mirada hacia el cielo, recortado y enmarcado por las formas de los contornos del edificio, con esos perfiles que me sugieren la misma línea de los dibujos que antes han  viajado del  pensamiento de su autor al papel y que ahora son un trazo reconocible en el aire; he tenido la suerte de que el día esté despejado para poder sentir ese contraste del cielo que te permite ver cómo encaja lo inmaterial del aire , con lo sólido de lo edificado; de sentir la magia del color, del color en si mismo, del blanco, y de ese orden+libertad que se respira en su hacer. Una trama recta, ordenada, entendible con cierta facilidad, que en ocasiones rompe su orden con libertad como una especie de trazo, de línea poética y fluida, que constituye en el más literal sentido de la palabra su propio discurso, como queriendo salirse del verso a modo de improvisación.
Sus hallazgos arquitectónicos, parecen construidos y enlazados con un alma de poeta, de poeta que disfruta con lo simple, con lo sustantivo de las cosas, dejando de lado el adjetivo que prácticamente desaparece, como algo no esencial. Esa arquitectura tan simple es compleja de hacer, se requiere sintetizar muchas cosas, pero al igual que el poeta, necesita de una inteligencia intrapersonal, que sabe leer y formular lo que se siente ante el universo que nos rodea. Desde ahí arranca el hacer de lo que se quiere hacer sentir; y desde ahí  arranca la construcción de espacios donde puedan expandirse las emociones, que en el caso de Siza, son tranquilas, en busca de la belleza y la fuerza de los espacios y de los entornos, y en busca de ese diálogo con los elementos, con el paisaje, con el cielo, y con la luz.
Esa simplicidad tan eficaz, me hace pensar en cuanto hay en esta arquitectura de diálogo  entre posibilidades opuestas buscando formas de convivencia, entre el orden y el rigor que puede proporcionar  la arquitectura clásica con  la libertad de la línea de la arquitectura popular de tradición irregular de los pueblos blancos del sur de la península. Ir descubriendo ese diálogo entre el orden y la claridad de espacios que puede proporcionar la geometría clásica guiada por la razón y la lógica, con la naturaleza más desordenada e imprevisible del sentimiento; diálogo entre la razón y el sentir no interpretándolos como elementos contradictorios, sino como partes integrantes de la misma inteligencia humana  buscando su punto de convivencia y de síntesis en lo simple, en lo más esencial y común del hecho de construir. Esa doble naturaleza en sus obras, ese encuentro entre lo diverso, me remite a una actitud dispuesta a desenvolverse con ideas opuestas , a unir contrarios con naturalidad y de una forma fluida: luz y sombra, lo estrecho y lo ancho, el hueco pequeño y el grande, lo recto y lo oblicuo...haciéndolo sin sobresaltos y procurando hallar continuidades, fluencias entre lo que es de naturaleza diferente generándome ese sentimiento peculiar que lo considero propio de Siza y propio de aquí, una especie de sosiego, de sensación relajada y pausada, que invita a lo tranquilo, a recorrer con los pies y con la vista los espacios, y a dejarme de alguna manera contagiar de algo así como el placer de fluir, caminar, descubrir….  

jueves, 9 de enero de 2014

por Oporto


Oporto es una ciudad donde los tiempos van distribuyéndose con naturalidad por las laderas que bajan hacia el río, dejando su huella y su hacer por unas calles que día a día, año a año, siglo a siglo, han ido formando y conformando esta ciudad tan bella que aún conserva la magia del potente lugar natural que tuvo antes de ser ciudad, la fuerza del destino de estar situada a orillas del final de un río, y a la vez a orillas del mar. Al ir pisando las piedras grandes de granito desgastado, uno  tiene la impresión de pisar mucha historia, tiempos diferentes que conviven haciendo posible el presente de esta ciudad que tiende a conservar y dejar ahí lo realizado de otras épocas dejándote sentir  mentalidades y formas que perviven a través de sus calles y de sus plazas; etapas de las artes y de la historia que nos han ido llevando hasta hoy, hasta el presente de estos días lluviosos y templados en la ciudad portuguesa que vive su día a día de un modo tranquilo y silencioso a orillas del Duero, donde el río ya se pierde y se ensancha  confundiéndose despacio y sin prisa  con el mar.    
Inés, la mujer que nos ha recibido para acomodarnos en el apartamento alquilado a través de una web, es una joven mujer atractiva, y nos ha ido explicando sobre un plano que es lo que  recomienda ver en la ciudad. Tiene una conversación muy agradable, y en su  rostro refleja un entusiasmo por las cosas de aquí que le gustan, y rápidamente deja caer también las que no le convencen. Es muy comunicativa, y conoce muy bien la ciudad y su historia transmitiéndonos con naturalidad su interés por los temas relacionados con el arte y las posibilidades culturales de aquí; nos ha hablado de algunas calles con encanto, como alguna que nos señala en el plano, de casas que fueron habitadas por ingleses en la época en la que se asentaron en esta ciudad con la industria del vino, y de las que quedan esas calles con casas con muchos detalles de hierro excelentemente trabajado, de hierro fundido con rejas románticas, con balcones, portones de garaje, que son piezas artísticas en sí mismas. Piezas ya industriales, repetidas, pero llenas de encanto. Me atraen esas calles, quizá más que visitar un museo cualquiera, y puede estar bien  empezar por ahí. Es el punto de comienzo de unos días de disfrutar de esta ciudad, de experimentar sensaciones y  esa mezcla tan atractiva de  tiempos antiguos y modernos a la vez hablándose unos a otros. Esas calles quedan cerca del apartamento, un barrio no lejos del centro, pero por suerte no excesivamente turístico, y donde la vida urbana de las personas toma un aire habitual y cotidiano, con sus tiendas de verduras a mano, sus panaderías artesanales con bollos y dulces, sus tiendas con un poco de todo en la que lo mismo encuentras aceite, vino o fruta con muy buena calidad aunque los locales estén descuidados y desgastados por el tiempo y la humedad. Ese pulso del barrio, de la vitalidad normal, a mí me gusta, me atrae, mezclarme y comprobar esa simultaneidad de los tiempos en el planeta, de los infinitos barrios del mundo, de vida normal y corriente y para mi llena de atractivo. Puede que uno sienta una época ya pasada o vivida en el tiempo, pero me hace pensar en las cosas buenas que se pierden en el mundo actual, como es tener buenos productos frescos de alimentación a mano, a precios asequibles. De no depender todo el día del coche, de la atención de las personas, de ser parte del barrio, del mundo del pequeño comercio, de personas, en vez de máquinas cobrándote y deseándote buen viaje.
Al sentir a la vuelta de la esquina ese pasado que para mí ya es lejano, me vienen a la mente las observaciones en este sentido del escritor portugués José Saramago uno de los autores que más ha incidido en este asunto, y que en su novela “La caverna”,  a través de una historia sencilla venía a llamar la atención sobre la  pérdida de los puestos de trabajo artesanales y del pequeño comercio, en aras de los beneficios de las grandes superficies, y las consecuencias nefastas que iba a tener esta concentración de la actividad económica sobre el empleo. Le añado el valor de estar escrita  hace ya catorce años, cuando la falta de empleo no era una preocupación generalizada en Europa, y cuando nadie preveía que iba a pasarse de una sociedad de casi pleno empleo a otra con tan lamentables cifras de paro como las que tenemos ahora. Aquí, aún se conserva alguna calle con mentalidad anterior a los cambios que se han producido en todo el sur de Europa en los últimos años, y justo aquí en Portugal, uno puede sentir como positivo la pervivencia de tiempos que en algunos sitios ya han cambiado. Tampoco soy yo de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, no lo veo así; se trata de  algunas cosas que estaban bien o mejor antes y que sería bueno no perderlas, como el reparto del empleo, la calidad de los productos de diario, lo artesanal de muchos productos y servicios  hechos con amor al oficio que han ido  perdiéndose en aras del beneficio lucrativo de unos pocos. 
Caminamos  hacia la calle que nos ha recomendado Inés, pero ya es de noche y a la luz de las farolas dispersas de la calle empinada que quiere perderse en el final del Duero, distingo los brillos de los azulejos verdosos, y el hierro tan profuso en muchas zonas del Oporto antiguo, cuando las casas se hacían con más balcones que pared. Y después de un rato caminando, ya apetece cenar y vemos un  restaurante en esa misma calle empinada y bastante poco iluminada, con un local desde el que no se intuye nada de lo hay dentro; un  pequeño escaparate a media altura de no más de un metro, con una figura  de un cocinero de escayola blanca, junto a un taburete sobre el que hay una pequeña barrica de vino, y algún que otro objeto a modo de bodegón extraño; al lado una puerta estrecha llena de fotos muy desgastadas de diez o doce platos habituales ocupando cada uno los cristales pequeños de los cuadrantes de la puerta, algo desleídos en el tiempo, como si alguien los hubiera puesto en la época de las primeras fotos en color llegadas por aquí, sin que nadie se hubiera molestado en reponerlas.  “Le chien qui fum” aparece en el cartel de chapa pintada encima de la puerta, junto con un perro de hierro oxidado que fuma una pipa, y en el hueco de la pipa una bombilla amarilla como reclamo surreal del local; la inercia de la calle y de la cuesta nos hace pasar de largo, pero no vemos  otro restaurante cerca, y el hambre nos anima a frenar, a retroceder unos pasos, y a abrir la puerta que da a esa  calle algo extraña de acento británico del plano de Inés y  a ver lo que hay dentro de “le chien qui fum.”  
Un primer vistazo, hace pensar que lo  visto en el escaparate no se corresponde con el interior, y que puede estar bien cenar ahí, así que nos arriesgamos; aún es pronto, falta algo para las ocho. Una japonesa está sola sentada en una de las primeras mesas del local, cerca de la puerta, cenando ya… Un camarero, de mediana edad , vestido con traje de camarero, algo serio, y algo contrariado, nos pregunta si tenemos reserva. Le decimos que no, y nos hace pasar a una zona posterior del local, atravesando un arco y un pasillo estrecho que queda pegado a la barra. Quita el cartel de reservado de una mesa y listo, nos acomoda sin mayor problema en el restaurante casi vacío. Una pareja joven, está al fondo en una esquina, y nos miran como procurando adivinar de donde somos. El camarero, poco a poco va haciéndose más cercano. El local está lleno de chismes por las paredes, muchas fotografías en blanco y negro, algunas con una pátina de desgaste producida  por el tiempo que les ha hecho perder tanto la fuerza de los blancos como de los negros, como fotografías desgastadas de un periódico viejo; son imágenes muy antiguas de gente por la ciudad; una mujer haciendo la compra en un mercado ante unos sacos de patatas con los precios en escudos, una vista de la ciudad de hace años, un arco y alguien caminando con esas vestimentas más viejas que intemporales; vienen firmadas por un nombre portugués, y me recuerdan a esa mágica época de la fotografía en blanco y negro, cuando los fotógrafos captaban instantes cotidianos de la vida de las personas en la ciudad un poco a lo Cartier-Bresson. Entre las fotos, en el poco espacio que queda libre hay un  reloj de pared con péndulo, que queda como testigo también de una modernidad de su época que ya quedó antigua.  Al fondo, en la esquina opuesta a donde estamos, la puerta de la cocina entreabierta y desde la que se adivinan los fuegos, el vapor de las cacerolas cociendo algo. Las paredes con zócalo de azulejos iluminadas por unas  lámparas, que toman la silueta de  diversos animales que fuman con pipas; un lobo, un perro, hechos en una especie de hojalata vieja…con la bombilla en la punta de la pipa como originales lámparas surreales y de una creatividad apañada y extraña. El silencio de la sala, solo roto por los pasos del camarero de la cocina a la sala, y de la sala a la cocina, produce una sensación misteriosa en el local tan vacío. Un silencio que  inunda las paredes y que de repente queda roto por la campanada del reloj de pared del año de la tana que hace que nos entre una risa surreal, haciéndonos sentir una especie de viaje en el tiempo hasta la época de nuestra niñez.
Pero “le chien qui fum”, es un local donde la comida está muy bien. Es una comida de toda la vida pero con productos buenos, la sopa de verduras, el pescado fresco, las omelettes…el camarero va familiarizándose. Nos sirve un vino estupendo sin pretensiones de marca. En breve el local se va llenando, grupos de amigos de allí. Algunos turistas ingleses. Diversos idiomas y lugares, en este local en la calle de hierros ingleses, con nombre francés, y perdido en el tiempo por dentro. Disfruto leyendo la carta, los nombres portugueses, la sopa de legumes, la francesinha, las omelettes…. No está traducida. No hay demasiados detalles que me hagan ver que estoy en el año actual. Quizá solo la ropa, los turistas, nosotros sentados, los móviles…. Saboreo despacio los sabores, de una comida sencilla pero hecha con materiales nobles. El camarero, ha ido in crescendo, y nos va comentando cosas con una amabilidad que había permanecido oculta, como un as guardado en la manga. Al salir ya del local, en el pasillo estrecho que une las dos estancias, veo que en las  paredes tienen enmarcadas algunas referencias  recortadas de periódicos y revistas como un  local recomendado en las guías de la ciudad. Lo hemos encontrado al azar, que es lo divertido. Todo parece azar, en esta ciudad que vive al  final de un río. Donde se mezclan el agua dulce con la salada. Donde se mezclan los tiempos de los hombres, los estilos, donde perviven los buenos sabores. Donde el río, te deja claro que todo fluye, que todo pasa. Donde lo antiguo y lo moderno conviven a pocos metros, encontrándose sin miedo. Donde lo europeo, lo cosmopolita, vive su vida, mientras que lo local, hace su trabajo. Donde convive una idea y la contraria a un solo paso, solo unidas por el aire, por la lluvia, y por el agua. Donde, nada me aburre, porque se deja ser a las cosas, y porque esa ausencia de dogmatismo y de uniformidad hace que nada se repita más de lo necesario. Donde uno percibe que tiene unos días y una ciudad por delante, dispuesta a dejarse recorrer, con más ganas de ser sentida y vivida, que de sólo dejarse conocer.