domingo, 2 de junio de 2013

en el parque del capricho


A veces los laberintos no son imaginarios, sino muy reales, en algunos tramos de nuestras vidas, en etapas oscuras que damos casi por perdidas.  No encontramos la salida, porque aquello está diseñado para perderse. Eso me ocurrió a mí, una vez caído en desgracia y ya apartado de la corte, debido a mis ideas racionalistas e ilustradas, viendo ahora como la moda y todo se iba impregnando  de esa exaltación del sentimiento con el que no me apaño. Miré aquel romanticismo irredento con ojos de expulsado, quizá de pretendiente torpe al que ya le han dicho varias veces que no y que sin embargo se resiste a rendirse; de alguien  que queda fuera de juego, pudiendo solo asistir como espectador, sin encontrar un oficio posible en la nueva corte. ¿Acaso soy yo la razón que contempla la exaltación de la sinrazón? me pregunté a mí mismo.  No podía participar de aquella fiesta, y sin embargo ya estaba dentro. Invitado por una antigua amistad con el duque, asistí lo más discretamente posible, y en vez de entrar en la sala de baile preferí perderme por los jardines, quedarme un poco fuera y en soledad. Pasé mi mano por el arbusto recortado y vi que era de laurel, corté una hoja para olerla  y perdido, empecé a sentir un temor ridículo e infantil, de desamparo. Conseguí dar con la salida, y me fui hacía la parte alta del parque.   
Llegué al promontorio que queda en el jardín irregular, de traza más bien inglesa, a través de un sendero con una profusión insistente del árbol del amor que en primavera le dan ese tono fucsia vibrante al jardín, destacado de un  fondo de césped   perfecto y británico que me hizo dudar de donde estaba.   En el promontorio en cambio, pude ver un templete  romano, con la diosa  del amor   en medio, y sin mucho que hacer allí  fui consciente del cielo, de un cielo muy hermoso al que miré enmarcado en el   arquitrabe curvo de la cornisa.  Entonces vi que avanzaba el cortejo y la fiesta, seguían llegando comensales, damas, alabarderos, nobles y cortesanos, ellas remarcando las cinturas estrechas con fajines de raso, luciendo sombreros adornados con plumas exageradas, y los hombres siguiendo el juego con unas casacas de terciopelo, con las mangas bordadas  con oro y plata, y con  unos rizos de rulo femenino en el pelo que encontré ridículos y repetidos.  No supe dónde estaba, como si me hubiese perdido de nuevo en el tiempo y la memoria, si en un  campo   próximo a las dependencias y  jardines de un lord británico,  en el palacete de un aristócrata  francés con jardinería de figuras  geométricas, o en una villa romana de exedras y avenidas entre cipreses.  En ningún sitio y en todos a la vez.   Pasé mis dedos por las estrías dóricas de la columna de granito para cerciorarme que no era un sueño,  pude comprobar a lo lejos  el páramo seco de Barajas, y me pareció sencillamente un milagro el jardín donde me hallaba. Me senté en un banco de piedra y me dio por preguntarme si creía o no en el destino.  A lo lejos vi de nuevo el laberinto vegetal, de masas bien tupidas de laurel recortado en setos altos, y desde allí  empezaron a llegarme los primeros compases de la música de Boccherini que salía desde las ventanas abiertas del palacio. Caía la tarde.  Miré la luna, aún sobre un cielo no oscurecido mientras sentía  la belleza de la armonía en mi propio cuerpo.  Una armonía romántica, unos segundos, en los que ya no estás en ningún sitio y en todos.  Sus violines, empezaban a rasgar como quien aparta unos visillos para entrar en otra dimensión. Los compases invitaban a un baile galante, donde sonrisas y miradas flotaban en el aire, elevándolas un poco del suelo. Era como nadar en la belleza con la  primavera en su esplendor. Casi podía sentir fluyendo  la alegría de la sangre por las venas, la elevación del espíritu, la cadencia suave de las cosas, las ganas de saltar un poco, las ganas de llevar en brazos a alguien perdiendo peso o de volar como una pluma.

Me llegó el aroma intenso del árbol en flor como una colonia natural, antes de que el perfume de las damas confundiera mis sentidos.  Al anochecer empezaron a aparecer invitados camino al estanque  iluminado con  farolillos que  duplicaban su efecto en el espejo de la lámina de agua. Vi algunos  invitados que se  dirigían al embarcadero algo ebrios. Se iban subiendo a una góndola sobrecargada, salpicando a las damas, entre risas y cisnes despistados que paseaban por el recinto.  Allí, fui  testigo del coqueteo de una de las hijas de la duquesa con un hombre de gran fortuna, mientras sonaba la música de Boccherini, a modo de pasacalles. Desde allí vi el abejero, y sus escalas sociales, con las obreras trabajando y la reina a lo suyo. Lo de la reina y el vestido de la duquesa me trajeron a María Antonieta a  la memoria, cuya fama de manirrota y caprichosa precipitó su paso por la guillotina hacía poco. Sentí grima.  La diosa del amor seguía aún  con pulcritud blanca bajo el templete  circular del promontorio iluminada por la luz de la luna. Alguien corrió la voz, de que el ejército napoleónico estaba a tan solo dos horas de Madrid. Pensé  que podíamos refugiarnos en el fortín, en el búnker, en el castillo medieval,  pero ningún lugar nos valía por la sencilla razón de que todos eran falsos y de juguete.

Vi como sacaban los cuadros de las dependencias del palacio.  Los caprichos de Goya. El aquelarre. Las brujas. El asalto de la diligencia. El retrato de la hija de la duquesa. Vi a la misma duquesa embalando las obras. Decidí quedarme. Me dirigí a la ermita, y me asusté con el ingenio del autómata que seguía realizando sus  oraciones. Me metí en el laberinto a esconderme y desde allí vi la luna casi llena. Sentí miedo.  Vi salir al ministro, al banquero, a un torero famoso, a Boccherini, a algunos arquitectos franceses, intelectuales, Floridablanca, el conde de Aranda, a la marquesa de Villafranca, al yerno de la duquesa y al hombre de la gran fortuna los vi marchar a la carrera.   Los mismos duques pusieron un candado cutre a la verja y  salieron de allí a dejando el parque a su abandono y listo para su decadencia.   Vi como la naturaleza se iba desordenando. Como los recortados laureles del laberinto se desmadejaban. Como el boj y los cipreses iban perdiendo sus formas geométricas. Como los estanques y las fuentes se iban cubriendo de hojas secas y de una especie de moho provocado por la falta de renovación. Vi el césped abandonado, las hiedras, avanzando por las paredes del palacio, el musgo en los granitos. Vi cómo se instalaban los militares  franceses en las dependencias del salón de baile, vi a su  coronel en el palacio habitándolo de un modo torpe e inadecuado. Vi los bustos de piedra de los emperadores romanos de la plaza de la exedra con las narices rotas y alguno caído de su pedestal. Vi como caía la cúpula de algunos  templetes. Vi como el hierro dulce del puente se iba oxidando y perdiendo su consistencia. Incluso el laberinto era ya irreconocible. Me senté en un banco decadente y enmohecido, con las enredaderas trepando por las ruinas y sus muros. Miré mi casaca vieja y desgastada, mi pelo largo y descuidado, empezó a llover con fuerza, y me abandoné a la suerte y a mi locura.

Parque del Capricho. Paseo de la Alameda de Osuna s/n. Visitable sábados, domingos y festivos de 9 a 21 h.