viernes, 26 de diciembre de 2014

pueblos blancos

Un pueblo blanco en mi mente es un lugar luminoso, donde las luces y  las sombras se desplazan en silencio desde el comienzo  hasta el final del día. 
Por ahí pasan creando el presente y los recuerdos con la simplicidad de la luz, creando  el marco y el fondo  que deja todo el espacio y el protagonismo a la vida. 
Sábanas blancas. Juegos de la luz  sobre la cal blanca. Recuerdos blancos de la infancia. Papel en blanco. Lienzo blanco. El comienzo de algo… Hay algo de inicio en el blanco y me gustan los inicios…


Me detengo en pensar  que allí donde había luz, el tiempo lo deja en sombra, y allí donde había sombra, aparece un reflejo de luz que va avanzando despacio, hasta un momento mágico en que las líneas de las sombras desaparecen. Lo llamamos plenitud. En verdad es un instante que separa la mañana de la tarde.

Mi mente también pasa así por el tiempo y por la luz, con un tiempo en que  duerme,  calla, se hace esperar, y otro en el que  habla, se expresa, toma la iniciativa. Como la luz por la cal, duerme espera y vuelve, con la magia del instante, con la fugacidad del momento a sabiendas que en ella viaja el misterio de lo eterno. 
 

El blanco me devuelve la luz, y mi mente me devuelve el pueblo con sus muros y sus tejas fabricadas a la medida de la mano humana. Camino entre sus calles y sus quiebros, descubriendo cada rincón, cada planta, cada sombra… como si todo él fuese una mera prolongación de la naturaleza  en la cual  nuestro cuerpo no es ajeno encontrándose con la memoria y la huella de nuestras manos. Cada elemento, cada puerta, cada ventana, tiene una dimensión humana, realizada a  la medida y escala de nuestras manos. Guarda la memoria y el misterio de lo elemental, el barro, la madera, la cal, la luz y el cielo. Es la  pequeña escala de los hombres. No hay grandeza ni heroicidad. Solo una simple calle, unas luces y unas sombras, esperando el mediodía, el momento exacto, en el que todo es blanco, donde la luz encuentra a la sombra y la sombra a la luz. 


martes, 23 de diciembre de 2014

viento

Cuando sopla el viento uno puede tener la sensación de desorden, de que algo vuela y se escapa de un modo azaroso y descontrolado; pero a poco que uno vaya conociendo el viento, se da uno cuenta que los vientos son ordenados, que tienen su ciclos, su insistencia, su repetición, e incluso su forma propia de ser.

Allí donde sobra el viento, uno puede buscarlo, conocerlo, nombrarlo. Siempre me han gustado los nombres de los vientos, la identificación de algo tan intangible como es el movimiento del aire; los vientos alisios, los monzones, el levante.

Allí donde sobra el viento, hay dos elementos que se potencian, la creatividad y la locura. Hay artistas que encuentran su momento de inspiración en plena tramontana, encontrando el torrente creativo que anhelaban. En otros casos el viento es tan fuerte, que directamente lo asociamos a un comienzo de locura, como el viento solano, o el siroco del desierto.

Quizá uno busca allí donde sobra lo que anhela, desea o sencillamente le falta. Algo tan intangible y tan esencial como el aire, puede ser motivo de búsqueda, de sentirlo de modo visible. De perseguir el aire, hasta conseguir  hacerlo visible.


Persigo el aire y las huellas del viento, como si el aire tuviera más vida por moverse, por ir de un lado a otro  y nosotros, agarrados a  él, con una tabla, un velero, algo que nos haga estar lo más cerca posible de su ser, de su vitalidad,  de su libertad, de la consciencia de que todo el amor y la locura viajan a través suya.

lunes, 22 de diciembre de 2014

amarillos





El color es una experiencia, un regalo, que hay que buscarlo lejos del humo, lejos del gris, lejos de la prisa.

El sol, al perderse por el mar, te regala unos minutos en los que la arena se vuelve dorada, los reflejos del agua duplican la riqueza de matices de las piedras del acantilado, envolviendo de color la última hora de la tarde.

Es el adiós del día en la plenitud constante del mar. Un adiós amarillo. Las pisadas doradas en la arena, el acantilado lleno de matices, las sombras alargando el volumen de la piedras, la lentitud del sol, la lentitud del color, como si todo pesara menos.


También uno queda inmerso en esa luz especial de  plenitud al despedir el día. La luz dorada sobre la arena, transforma el paisaje, haciéndolo diferente del que hacía un rato habíamos visto de otra manera.  

Dicen que al ponerse el sol en el mar se puede llegar a ver un rayo verde. Y que en ese instante nuestros propios sentimientos y los de las personas con las que compartimos ese momento se revelan. Yo sospecho que al igual que el paisaje que antes tenía una luz y luego otra puede que no solo se pongan de manifiesto sino que también se transformen, cambiando en nuestro interior el aspecto de nuestra arena, nuestro mar, nuestras huellas, nuestros acantilados...







domingo, 21 de diciembre de 2014

oleaje



Voy corriendo descalzo a última hora del día por la arena de la playa, sin más música, que hacerme consciente de mis pies y del oleaje, dejando que su sonido, me cure de cualquier cosa que  yo mismo ignoro, igual que las aves ignoran el mecanismo del vuelo, o las razones de su propia belleza.

Puede que  me cure del ruido acumulado de la ciudad; del  ruido de la televisión, de la música a todas horas, o de los sonidos estridentes en las tiendas que revuelven tu ansiedad.

Dejo que los sonidos de las olas y su compás me vayan relajando envolviendo en su música, consiguiendo crear en mi un efecto en el que la mente encuentra una paz y un estado similar al que me produce contemplar algo que consiga atraparme o envolverme en su ser, como  el fuego de unos troncos ardiendo en la chimenea, estar cerca de un río fluyendo, o de un crío pequeño que duerme tranquilo.


Escucho el oleaje, mientras siento mis pies al correr en la perfección de la arena, escucho esa música, el ir y venir del agua, el latido del mar…

cuaderno de sagres

En las vacaciones del pasado verano pude disfrutar de unos días en Sagres, junto con mi familia. Sagres es pequeño municipio al sur de Portugal, un lugar de Surf, y con una naturaleza que a nosotros nos resulta muy atractiva. A los dos o tres días de estar por allí, y de disfrutar tanto de las vacaciones como de la belleza del lugar, me vino la idea de escribir por las mañanas acerca de una palabra del entorno que me llamara la atención. Fueron momentos muy agradables a primera hora, con mucha paz y silencio, dejando que surgieran las ideas, las imágenes, las conexiones y las sugerencias.  Hice una pequeña lista de ellas, sin mayor ambición que  reflejar el entorno  y surgieron estas:

Oleaje, azules, pueblos blancos, huellas, memoria, vallas, aire, acantilados, pinos, surf, dulzura del idioma, amarillos, universo,  artesanía, conversaciones en la arena, encuentros, sombras… una lista abierta que podría alargarse algo más al igual que uno desea alargar los días de descanso. Como no quería abarcar más de una o dos palabras al día, y dado que es un sitio al que solemos volver con cierta frecuencia, lo dejo como un cuaderno abierto, a completar poco a poco sin ninguna prisa, en principio como una sección más del blog. 

Mi intención era  indagar en  estas palabras y que representaban en mi; palabras  que me llamaban la atención, como algo tangible y cotidiano en ese entorno, como una paleta de materiales elementales que te encontrabas a cada paso. Por la tarde, solía buscar algunas imágenes con la cámara alrededor  de estas palabras, y con todo ello ir comenzando  un cuaderno lento y abierto, aún sabiendo que no tendría  más remedio que interrumpirlo con mi vuelta al trabajo en Madrid, pero con la sensación agradable de que aquella naturaleza me esperaría de nuevo en la siguiente ocasión.  

Me di cuenta, que existe una conexión entre todo aquello que podemos ver y nosotros mismos, nuestro  interior al que no tenemos acceso, pero que está hecho de la misma naturaleza de aquello que observamos. Deduje,  que tiene que estar lleno de belleza también, y seguramente, lleno de  lugares inexplorados que pueden constituir un verdadero paraíso interior.

En el lenguaje poético, el mundo interior se expresa con la propia naturaleza, con las nubes, el aire, las estaciones, los ríos, el mar… Lo interior a lo que no tenemos acceso, toma referencias  de lo externo, como si fuera un espejo de lo que somos. Y lo que somos, no deja de tener un punto de inaccesible, de misterioso. Más que de conocer,  trataba de tener la experiencia de la naturaleza, de encontrar las conexiones entre un mundo que percibimos como separado de nosotros mismos, pero que es uno con nosotros. 

Tengo que decir, que el verano se me hizo corto. Y que me hubiera gustado que ese idilio con la naturaleza durara algo más. Parece que en cada estación toca vivir lo que nos marca el reloj estacional, y al publicar esto ahora con el aire del invierno, mi intención, es no dejarlo en el olvido, recordarme que ahí me espera, ese constante eterno que es el mar, el tiempo, las estaciones, la vida.