lunes, 23 de septiembre de 2013

palabras que esperan a otras (cuento)

Nada es previsible desde que empieza hasta que termina. Como en la vida, todo se integra después en el pasado, esa segunda vida de las cosas que es el recuerdo. La aventura hacia lo desconocido si la dejas se llena de factores inesperados, de sutiles influencias de tantas cosas que te volvería loco tenerlas todas bajo control. Ni tu cuerpo es igual hoy al de ayer, ni tu ánimo es el mismo, ni una ola es exactamente igual a otra. Siempre hay que enfrentarse a cosas nuevas y si sólo estamos abiertos a lo conocido, nuestras vidas nacerían muertas; sin embargo en lo desconocido alguien puso el temor, el miedo, la ansiedad, una sensación que nos pone en alerta como si hubiese que apagar un fuego.

Todo puede ser desconocido. Quizá la persona de al lado, también uno mismo o puede que nuestra protagonista, a la que tengo que describir con palabras que esperan a otras, porque ella a día de hoy no está por la labor de perseguir lo que quiere, o al menos de poner en duda que palabra es y que palabra espera. Es Sole y ella me espera en el Peine de los Vientos, con su pelo suelto y su jersey liso, en esos días intermedios, antes de que empiece de veras el otoño, en esa prórroga del verano que son los últimos días de septiembre; me espera o la esperaré yo a ella, aún no lo sé hasta que llegue, hasta que uno de los dos deshaga enseguida la soledad del otro. Ambos nos atraemos, aún más ella a mí, con su pelo suelto y su jersey liso, pero atraerse, no significa más que una constatación científica aplicada a uno mismo, como si uno comprobara al caer un fruto  la ley de gravitación universal. ¿Podría enamorarme de Sole? Podría ser, pero no ha sido el caso. No podría saberlo esta misma tarde, necesitaría un día al menos o quizá más, necesitaría dejarlo al azar del sueño y de esa atracción, dormir una noche entera y en esa inconsciencia del descanso de las cosas podría surgir algo. Y si surgiera, luego es al revés, ser muy consciente de lo que sientes, y ser capaz de interpretar bien un sentimiento. En cierto modo no depende de mí enamorarme, como no depende de mí el primer verso de un poema, o la primera frase de un  relato. Una historia de amor, puede ser el regalo de ese primer párrafo. Lo otro ya depende más de uno, de cómo alimenta o no ese sentimiento, de cómo y cuánto lo escucha.  También depende de si ese regalo  te pilla ocupado o no, saber si tu corazón está abierto o cerrado, si hay un cauce para ello, o ese cauce se ha perdido, o se ha desdibujado.  
Las primeras palabras las recibo como un regalo, algo que viene desde fuera de mí, y esa magia me seduce. Lo mismo que la atracción, pero a la atracción siempre puedo rastrearle sus pasos sin eslabones perdidos. Me atrae también contemplar arte con ella, o mejor aún estar en lugares artísticos con ella, donde alguien con talento ha ordenado cosas, ha creado espacios, elegido tonos, o dispuesto formas. Contemplar arte con ella tiene una magia especial, sobre todo a sabiendas  que en la propia naturaleza del amor hay un arte. También contemplar con ella la trama natural de la ciudad, estar al borde de algo, o estar ahí, frente al oleaje, y mirando al horizonte del mar juntos. El horizonte a efectos de amor, es el futuro, algo que hay que vislumbrar para que las cosas fluyan. Vemos las olas y su movimiento constante, el hierro retorcido que nos remite a un movimiento detenido por el frío, el horizonte y su quietud mágica. El mar, como algo vivo, con sus sonidos repetitivos, que nos  dan ya un fondo de vida y de música, de corazón que late. Me gusta sentir ese movimiento y  también como se mueve Sole mientras se ríe. Vienen las olas, y las sentimos cerca, casi mojándonos al romper, escuchando  los silbidos del  sonido vivo del mar en unos pequeños agujeros que hay en el suelo, mientras que a lo lejos  vemos  la línea divisoria del horizonte. Si ese horizonte además de muchas cosas que unen fuera común, Sole y yo seríamos felices, seguramente algo tan complejo y tan simple como dos personas enamoradas cuya unión fluye.  
Pero no me puedo enamorar de ella, porque en su coraza me avisa de antemano, me avisa y me amenaza, de que no se trata de que yo me enamore más o menos, porque ya no cree en el amor. Esa especie de ateísmo sentimental, me resulta algo ajeno, como algo que está ahí y que no está a la vez, como algo que expresa y siente dentro de una racionalidad que no acaba de encajar con lo que en ella hay de seductora y atractiva. Puede que no le falten razones para tomar esa solución. Sin embargo, no creer en el amor, es como no creer en uno mismo, es como decir no creo en algo que puede existir,  no creo en las puestas de sol, o en los amaneceres, en los momentos en los que se funde la noche con el día….es una formulación extraña, un sinsentido que me avisa que ni se me ocurra enamorarme, que ha decidido la soledad. También es cierto que no se esfuerza por seducirme, que intenta ser honrada aunque le quede un deje de seductora, como un instinto, una inercia de lo que es en sí misma, algo innato. Pero amor, no. No se puede amar bien, cuando hay demasiadas heridas.
“Todo el que ama es golpeado”, me dice, mientras las olas chocan contra las piedras y yo le digo que no, que eso no es amor, que eso es la guerra.  Ese pesimismo cósmico, esa coraza frente a las ilusiones, a la parte no real de la vida, me resulta una opción que puedo vislumbrar, pero que ha de salir fuera de uno para contemplarlo. Eso es el arte, le dije, es lo que necesita expresarse fuera de uno, para poderlo contemplar. Lo mismo pienso del amor, lo que necesita expresarse fuera de uno para verlo y sentirlo.  Pero te entiendo. Es tan fácil perderse por el camino, deambular por la ciudad, que los sentimientos nos atenacen, que te entiendo. Sé que no puedo enamorarme, y tú no puedes dejarme de gustar, es un hecho constatable, una energía que está ahí, y vale, de acuerdo, al menos podemos ser sinceros.
Empezaba el otoño. Vimos  las primeras hojas caídas de algunos árboles, con esa belleza que toman sus tonos en el suelo, y vimos cómo iban cayendo al suelo lentamente, flotando un poco, girando una y otra vez hasta caer de un lado o de otro.  Todas tenía un haz y un envés, y unas caían boca arriba y otras boca abajo, quizá el azar, un ligero soplo del viento, algo que le daba su posición exacta en el suelo. Nos sentamos en  un banco, observando el mundo y el paso del tiempo juntos, con esa Sole que no me deja enamorarme, pero que me da la confianza para contarle lo que quiera. Eso también me gusta, porque puedo expresar cualquier tontería que se me ocurre, una idea, un sentimiento inmaduro sin temor a que sea inconveniente, como quien baila a su ritmo por el placer de  bailar, por expresarse sin más. Son cosas en el aire, hojas en el aire que contemplábamos en silencio, un silencio activo y a veces atractivo.  Aún no había esa melancolía del otoño, sino que había la frescura bella del final del verano. Algunos surfistas iban camino de la playa, con sus tablas, oteando  las olas, con la mirada en el horizonte, intuyendo una posibilidad de disfrute y los cuerpos ágiles y decididos, agarrando sus tablas bajo el brazo. La ciudad empezaba a cobrar su ritmo. Unos chavales pequeños, se dirigían a sus partidos de futbol, con sus equipaciones recién estrenadas, con ansiedad por jugar, por estrenarse, por ganar. Había alegría, y esa magia de los días intermedios de las estaciones, de los momentos límite, de la belleza que adquiere un momento de unión de algo, de límite entre el verano y el invierno, de los colores que vibran, de las luces prolongadas. Allí con Sole, mi escéptica Sole, y las hojas cayendo…. -Imagínate que en cada hoja pusiera una palabra romántica-, le dije, por ejemplo amor, en otra hola, en otra te quiero, en otra te necesito….serían palabras bellas, palabras que necesitan ser renovadas y que se caen, de un modo hermoso. Aquel matiz era el comienzo de un optimismo creativo. Ahí había el comienzo de algo, como de un primer verso. Me empezaba a gustar la idea, pero Sole me insistía en su visión de quien no se rinde fácilmente, y me sugería que en otras hojas pondría   desilusión, temor, adiós….Por supuesto, Sole, así es, pero creo que no estarían en hojas diferentes, le dije siguiendo el  juego; creo que no serían hojas diferentes, que estarían en las mismas hojas,  que serían parte de lo mismo, que en una hoja por delante pone hola y en la vuelta adiós, que en otra pone palabra, y en su envés pone hecho, en otra pone amor y en su envés conocimiento, en otra fantasía y en el envés realidad….No podemos tomar solo las palabras de una cara para construir el amor. Esa es la desilusión. El amor,  es un momento de una palabra, un ciclo, una danza en la que podemos entrar, sabiendo que hay momentos y tiempos, que todo ha de estar en movimiento para estar vivo.
Me puso cara de duda, pero dudar era el comienzo de algo. A lo lejos veíamos los surfistas, la ciudad y su trama. La bella convivencia que se daba entre lo natural del mar y sus montes verdes, con la trama urbana racional y recta del ensanche burgués del diecinueve. El calor del verano, estaba en nuestros cuerpos, sin duda el amor pertenecía a la imaginación, pero se conectaba con la realidad por su envés, con otras palabras menos fascinantes, pero decisivas. Pensamos al ir caminando nuestras palabras, y nuestros reversos. Nuestras frases luminosas y oscuras. Lo que te apasiona, y lo que no. Lo que te viene desde el universo, y lo que viene de dentro de ti.  Fuimos con ellas paseando por el camino de la playa, descalzos, de nuevo hasta el Peine de los Vientos. Y en  hojas recién caídas escribimos algunas de esas palabras, para dar rienda suelta a nuestro deseo de que salieran volando por el aire, verlas perderse entre el verde y el mar,  mientras veíamos las olas chocando incansables contra las rocas. Por allí, entre el hierro duro, y el horizonte eterno, entre el oleaje repetitivo  y musical, aquellas palabras sueltas, desechas, olvidadas, esperaban, quizá algo de frío, algo de intemperie, un letargo, un  desprenderse de ellas, pero a sabiendas de que a ambos así, nos esperaría una mejor primavera en el horizonte.
Se me ocurrió quemar alguna, despacio y sin miedo, mientras veíamos arder amor, a la vez que temor en el reverso.  Al destruirse, pude ver que era parte de lo mismo, de lo que yo hubiera puesto en el envés de lo que amo.  Eso me daba cierto poder, y cierta responsabilidad. El amor ya no era algo tan externo a mí algo tan dependiente del exterior, de si hiciera bueno o malo, de si estuviera el mar surfeable o no. Nos regalamos ver juntos las cenizas de algunas palabras esparcidas por el aire.  Al verlas volar, vi en el aire esas palabras ya destruidas, el amor y sus cenizas volando, aquellas palabras de amor volando con sus reversos, fuera de mí, fuera de nuestro interior,  me hicieron sentir una nada a dónde agarrarme.  
Ellas sueltas adquirían cierta magia, unidas a las palabras del conjunto. Metidas en un tiempo y un lugar. Sin darme cuenta empezaba una historia nueva. El hierro retorcido, recibía las cenizas de aquellas palabras con naturalidad, sabiendo cuanto había de error, de duro, de áspero, de falta de esa suavidad que detectaba en el jersey de Sole. El mar, el oleaje, era una especie de música repetitiva, que me hacía sentir la vida de otra manera, palabras que se repiten sin cansarnos, palabras que necesitamos, que hipnotizan un poco, que te relajan, que te predisponen a unirte, a abandonar tu soledad. Al fondo el mar, el horizonte, algo que empezaba a divisarse como una posibilidad de nexo de unión, algo compartible contigo. La fuerza de las olas erosionando las rocas, la dureza de la piedra,  y transformándola en arena suave de la playa, donde tender una toalla que espera  toda la sensualidad de un cuerpo de mujer. Allí estábamos, Sole y yo, convenciéndola cada día de que amar merecía la felicidad que podía traer, no la pena. Solo si decimos adiós a nuestras palabras, podremos decir hola a un día nuevo. Entonces, palabras, que esperan a otras, que no pasa nada por destruirlas. Palabras, que llevan un reverso. Días nublados, que esperan a días soleados. Inviernos que esperan a veranos. Luces que conllevan sombras. Todo es uno. Quizá yo soy tu palabra y tú eres mi reverso.
Entonces vimos  el hierro, el hierro que había estado antes al rojo vivo, igual que el deseo, y el agua, constante, llegaba ahí apagando y templando ese deseo, que ya rígido e inerte quedaba de testigo para siempre. El interior de la tierra es magmático, incandescente y vivo. El nuestro también. Las zonas de destrucción de la tierra están al borde de los mares, y las nuestras al borde de nuestro mar, que es la soledad. Contemplar tu propia soledad, con signos, con esculturas, con oleajes y con horizontes, era como conocerla fuera de ti. 
Amar, era solo sincronizar todas aquellas palabras que habían salido volando por el aire. Amor, temor, miedo, palabras con reversos, palabras ocultas, palabras de un diccionario no alfabético que es el amor. Aquellas palabras volando, aquellas cenizas, eran el final de algo, un adiós, que también podía llenarse de belleza.
Al verlas por ahí sueltas te echaste a llorar. No querías en el fondo que se te escaparan, que una ráfaga de viento se las llevara, que pudieran ir a parar contra las rocas, contra el mar, contra los hierros,…te echaste a llorar, y entonces te abracé, y al sentir tu abrazo tan cercano, entendí que no era cierto tu ateísmo sentimental, que era solo cuestión de estar abierto a un nuevo curso, a recibir una estación, a seguir acompañando el tiempo, a dejar que soplara el viento, y que desordenara un poco tu vida, a jugar una nueva baza, a soñar despierta…. Volvían los chavales de sus partidos, algunos felices otros con la derrota en sus rostros….
Pero todos querían volver a disfrutar de otra oportunidad.
Los surfistas volvían con sus caras felices, agradecidos en ese cansancio placentero, que te otorga el haber sentido  el cuerpo dentro del mar.
Y tu yo, volvíamos a algo, con todas las palabras en el aire, esperando palabras nuevas, palabras que están esperando un otoño, un desprenderse, un soltarse, para que vengan otras nuevas, porque estas ya no nos valen, más que en la segunda vida que pueden ser los recuerdos. 


Fotografía: San Sebastián,Peine de los Vientos, obra del escultor Eduardo Chillida. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Septiembre en Madrid

Me gusta ver el año  bajo la luz de septiembre, con esa prolongación de sus sombras en la tarde, como una prolongación alargada del verano, cuando el cuerpo se encuentra a gusto y agradecido de ese  contacto cercano con la naturaleza que el verano regala, con la memoria cercana de haberse sentido inmerso  en el agua del mar, el placer de los paseos en bici o las excursiones por la montaña. Necesitamos los descansos, pero también sentirnos abrazados por la naturaleza, acariciados por una brisa inesperada, por un paseo tranquilo al borde de una playa o un lugar ajeno a la actividad de Madrid.

Lo que uno desearía es prolongar esas escapadas, que no se nos escapen,  y entonces Madrid, nos espera a los de aquí, como un destino inexorable, algo que no sabemos que ha sido de él en nuestra ausencia, algo que no ha podido marcharse de sí, de ese lugar donde el calor excesivo no es buen compañero para ningún trabajo, ni de todo lo que suponga esa carga de esfuerzo que las tareas y la lucha por la vida  traen consigo.  
Pero una vez desalojado lo más excesivo del calor de aquí, uno desearía que no acabara este periodo, poder prolongarlo un poco más, y compatibilizar mejor, el trabajo con el descanso, el hacer  con el reposo del hacer, y ver en lo hecho cuánto hay de satisfacción, cuanto de deleite, y cuánto hay de aquello que es mejorable, o simplemente equivocado. La vida, si paras, te da una segunda oportunidad en todo. Y lo conseguido, en algunos campos, solo es un  testimonio de que todo es posible, pero nada más que eso,  porque hay que volver a empezar de nuevo, seguir aprendiendo con ojos nuevos, y a seguir en muchas facetas vitales  reconociendo que empiezas otra vez de cero.  
Así, este septiembre es nuevo, cambios que llegan, nuevos cursos de los hijos, nuevos proyectos, nuevas situaciones. No has vivido ningún septiembre exactamente igual.  Cada día que empieza es nuevo al igual que este septiembre. Solo el miedo a lo desconocido, la corriente de las tareas programadas, nos quiere meter septiembre en una rutina. Pero no es así. La ciudad, -tú ciudad- sigue viva  con sus pequeñas transformaciones, de las que tú formas y puedes formar parte más de lo imaginado. Quiero no dar mi ciudad por conocida,  aprovechar para verla con la positividad que te ofrece haber  descansado. Hasta ella llega septiembre con un toque a comienzo, a vida nueva de lo que empieza y de supervivencia de lo que resiste después de un verano.  Yo lo  prolongaría  en alguna  noche cenando cerca del río, o en la parte alta de la cornisa madrileña donde sopla la brisa en la noche, en el desnivel tan agradable del paseo que va del templo de Debod, hasta el  Palacio de Oriente, y llegar allí ya de noche a tomar algo por sus animados bares, y sentir que el verano te sigue regalando la magia de poder estar cerca de las cosas, cerca del aire, cerca del mundo.
Visto así,  septiembre, fuera de lo programado para mí es un regalo, donde espero robar unas horas al trabajo, y poder recorrer y disfrutar la ciudad y sus cambios. Algunas son cosas nuevas, otras son zonas del pasado, barrios ya viejos, que vuelven a revitalizarse, a recuperarse y  a cobrar nueva vida a la luz de hoy. Igual  con el arte, las lecturas y la música. El tiempo pasa de otra forma por la cultura, a veces sorprendiéndonos con algo que vuelve  a cobrar nueva vida en cada uno, hallazgos de aciertos  que fueron de otro tiempo, y que ahora me parecen que aún siguen vivos, como si mi lectura o mi escucha los rehabilitara cobrando segundas oportunidades, como esos barrios que encuentran nuevas posibilidades, nuevas formas de ser habitados, matices que en su momento se te habían escapado y que ahora captas como en las segundas lecturas de las cosas que te han gustado.  Al igual que es deseable un equilibrio entre el descanso  y la actividad, me gusta equilibrar el saborear las cosas bien realizadas de los que nos antecedieron, con la apertura a lo nuevo, a lo que está por hacer, a lo que aún está germinando.  
Y en esa lectura viva que son mis pasos por la ciudad, me gusta descubrir en ella cuanto hay de poesía y cuánto hay de supervivencia. La poesía la  encuentro en esas sombras alargadas, en los matices de la luz al atardecer, en los cielos que comienzan a ser un espectáculo, en los perfiles de los edificios contra un cielo mágico, o en la misma  salida del metro en la noche con gente dispuesta a divertirse, a disfrutar de su vida y de sus amistades, de sus encuentros o de sus parejas, con la magia en el aire y en sus ondas. La supervivencia son nuestros trabajos, las infinitas preocupaciones, la ristra de facturas interminables, los problemas que nos atañen. Ninguno encuentra solución, en mi caso, en el momento que lo deseo, por tanto sospecho que ambas cosas son vasos comunicantes, y que en un descanso, en un encuentro, o en una puesta de sol, puede estar la clave de algo que afecta a la actividad y viceversa. 
Al final, la vida de uno, las ciudades, los países y el mundo son muchas tramas vivas, tejidos espaciales que se superponen, lugares  e historias que van pasando, y que al recorrerlas nos comunican algo;  lugares donde la historia y el tiempo han ido dejando su memoria, dejando su testimonio como puntos donde se han desarrollado episodios que revelan que nunca nada fue fácil, pero también de que a la vez siempre quedó algo en forma de calle,  de jardín o de arquitectura que fue hecho con talento y amor al oficio. Ya en el camino de vuelta a casa y con esa magia que permite un paseo a la luz de la luna y a la brisa del aire de la sierra, después de haber compartido vino y mantel en buena compañía, uno disfruta aún más del aire libre, de seguir paseando y dejarnos sorprender ante  la imponencia del Palacio Real vacío e iluminado, que se llena, con las canciones de unos  músicos que están interpretando  una pieza con aires de romanza italiana en plena noche dejándonos impregnar un poco por esa  poesía que es necesaria para saborear la vida y el tiempo. Son jóvenes, al violín y al contrabajo, mientras que un tenor lanza su voz grave y medida directamente a la fachada vacía del palacio deshabitado. Son buenos músicos, que no se si tocan por placer o por sobrevivir. Seguramente las dos cosas. Y entre esas dos cosas quiero que se mueva mi septiembre, el placer de vivir, y la supervivencia de las cosas, como dos tramas de la misma realidad, como dos caras de la luna, que se comunican, que se respetan, que se quieren, y que quieren convivir.
fotografía: puesta de sol en el parque del Templo de Debod.(Madrid)