domingo, 31 de marzo de 2013

Cuento de Primavera


De estudiante, me decidí a llamar a Laura, compañera de clase a la que veía al salir del polideportivo de cuando en cuando después de su entrenamiento de  volei.  A mí también me gusta el deporte, y Laura, al contrario que otras, es de esas personas con la que te sientes cerca enseguida. No se hizo la importante, y le propuse ir a correr juntos por la Casa de Campo. Pasé con ella la mañana, disfrutando del aire, del pasear de la gente, de los pájaros libres por el aire. Corriendo llegamos  hasta el lago y allí en el escaso borde del mismo nos sentamos un rato.  No sé qué tienen los lagos que inspiran y reflejan la imagen exacta de lo que uno lleva dentro, no solo el rostro y el cuerpo sino también lo que se aloja en nuestros deseos. Cada uno teníamos ya  nuestros proyectos propios, vidas que deseábamos vivir llenas de ilusión, vidas donde al contrario que en nuestros deportes, no quedaban marcadas por ningún reto concreto, ningún objetivo a corto plazo ,  sino que bastaba la fuerza inexplicable del deseo   para que el futuro fuera simplemente una prolongación más de nuestra imaginación.
Me encantaba  la agilidad de Laura, su facilidad con los deportes, ese atreverse con todo y esas ganas innatas de aprender. A lo lejos, vimos el Parque de Atracciones, y nos miramos con una sonrisa cómplice de años atrás.  Me pidió que le enseñara a hacer un flic-flac y accedí  sin reservas. Me gustaba que no tuviera miedo. Era coordinada, y casi no costó .Con mi brazo la sostuve unas décimas en el aire, en la que ella se sintió como transportada a la infancia. Creo que ver  el cielo, apoyada en mi brazo resultó algo nuevo, algo diferente que parecía confundirse con la felicidad.  
 Aquel día ambos, nos contamos lo que  queríamos vivir, desde esa amistad que nos unía, como si la vida por delante fuese infinita, sin comprender bien que a veces lo más importante puede ser solo un segundo, o incluso una décima….El lago y su presencia parecían pedirnos algo más, pero el hecho de su artificialidad  le daba un aire poco creíble.   Quizá expresaba bien la relación creada entre nosotros, donde no acaba de encajar prometerse nada. Nos conocíamos de modo intuitivo cosa que hacía tranquila nuestra relación, sin demasiadas sorpresas.  Sin embargo, había un  punto de atracción poco explicado, no exenta de una leve indefinición de la que ambos éramos conscientes. También  de su insuficiencia para sostener una relación más allá de la amistad, y a la vez también la sensación de que algo entre nosotros sobrepasaba  esa palabra. Allí, en el lago, sabíamos que no nos convenía ir más allá, y que lejos de beneficiarnos, aquella relación podía volverse en nuestra contra.  
Así que ambos quedamos en aplazar aquella relación sin nombre,   vernos después de  años, una  vez realizados nuestros sueños más inmediatos, materializadas de una manera u otra aquellas vidas que imaginábamos.  Vernos,  mirar el Parque de Atracciones desde la Casa de Campo, ver la noria elevándose por encima del perfil de las pinos y recuperar esa sonrisa sana  y liberadora de cualquier reproche.
Y así lo hicimos. Al vernos después de tanto tiempo vimos el río y su entorno ahora renovado.   Solo podíamos pensar que por allí debimos de estar o de correr, procurando identificar con nuestro recuerdo muchos sitios que ya no estaban o que habían cambiado.  Las fabricas medio abandonadas de entonces que ahora habían sido restauradas. Las zonas degradadas, e incómodas del río, ahora acondicionadas. La Ermita de la Virgen del Puerto, que siempre estaba cerrada, ahora abierta y luminosa recortándose contra el azul del cielo.  Un coche reluciente y con flores en las puertas avisaba de que dentro había una boda.  En el reflejo del coche aparcado y vacío, vimos  nuestros rostros ya maduros.  Los perfiles de la ciudad. Casa Mingo. San Antonio de la Florida, con sus frescos que representan la resurrección de un muerto que se necesitaba para testificar en un juicio.  Ahí seguían, como un palo al que agarrar nuestros paseos, nuestras incursiones en la bici, las carreras por la Casa de Campo donde nos poníamos en forma…
También nosotros habíamos cambiado solo el agua seguía más o menos igual. Ahora mejor tratada, más cuidada. Nosotros no podíamos renovarnos tanto, y sin embargo, como quien aguanta una carrera, con la respiración un poco alterada, nos apoyamos mutuamente el uno en el otro para no caernos, y con cierta emoción le dije: «hemos resistido». Poco a poco recobramos el aliento, vimos de nuevo la noria, arranqué una flor amarilla se la di y ella echó despacio los  pétalos  al río, y juntos los vimos marchar. 
Cerca paseaban chavales adolescentes, había skaters, gente que ensayaba bailes, hip hop, break... Era primavera. Algunas parejas, parecían haber parado la marcha y el tiempo en un beso eterno.
Vimos los pájaros, y muy a lo lejos los pétalos que Laura había arrojado.
No queríamos vivir de ningún recuerdo.
Vimos el río, tenue, conducido, tranquilo….le propuse a Laura que se lo imaginase en una crecida, desbordándose, tras días de lluvias torrenciales…Ese desbordamiento, Laura ¿sería el amor rompiendo y superando los compartimentos del deseo?
Con la pregunta en el aire iniciamos una carrera hasta los rebosaderos; en la dársena  estaban flotando aún los pétalos esparcidos, sugerentes, esperando a que el caudal subiera y se los llevara definitivamente. El sonido del agua nos envolvía en un espacio diferente, y  apoyados en el  pretil del puente en un instante comprendimos a la vez que después de ese  tiempo vivido, lo más importante de nuestras vidas iba a ser  solo un segundo, un desbordamiento,  un segundo de aquella  mañana de primavera donde la naturaleza incansable quería renovarse eternamente.

viernes, 1 de marzo de 2013

Granada y la nieve


"Lo blando es más fuerte que lo duro, el agua más fuerte que la roca, el amor más fuerte que la violencia." Hermann Hesse.

 
No es frecuente una buena nevada en  Granada, encantadora ciudad a medio camino entre la montaña y el mar. Acostumbrada a recibir la nieve en el Mulhacén, y que le llegue ya derretida en forma de agua,esta fugaz nevada ¿Qué nos querrá decir? Hace mucho que no voy y tengo que echar mano de mis recuerdos. En ellos voy por una  cuesta,  subiendo hasta la Alhambra, disfrutando de sus quiebros, de sus recodos, de ese barro hecho arte que es Granada. Agua y tierra juntas, formaron ese barro, con el que los árabes, moldeaban sus cerámicas, haciendo posible aquí mismo el universo reflejo del paraíso que es la Alhambra.

En esa cultura del barro y el esmalte, de la escayola moldeable, en definitiva de lo blando y adaptable, forjaron un mundo lleno de belleza, donde el número, llave de la mística, era una extensión hasta el misterio de lo infinito del universo de esas lacerías, artesonados, y cúpulas inigualables.

Allí, después de un viaje en Vespa por todo el sur, me planté en la Alhambra, entre lo que mis ojos veían, y lo que sabía de mis estudios, sin saber muy bien que veía antes, si mis ojos nuevos como de niño, o mis ojos formados de estudiante.
Allí, en esas extensiones de agua, donde se reflejaban los edificios, haciéndolos más verdad, en ese mundo de acequias, fuentes y estanques, quiero recordar que  me encontraba  feliz,  en un lugar mágico hecho para el deleite de los sentidos, armonizándolos , y curándome seguramente de algún desamor del que no me importa acordarme.   

Y es que el agua en su camino al mar, se encuentra con la Alhambra, igual que en nuestras vidas nos encontramos con el amor, seguramente lo más mágico que nos ocurre, donde de alguna manera también llegamos a sentir algo del cielo en la tierra, algo de su reflejo en los estanques, algo del aroma de los partales.

El agua, que fue nieve o hielo, esperando en un invierno necesario, fue derritiéndose, en los manantiales, y llegando  con gracia a este palacio, metiéndose por sus recodos. Esa agua blanda, sin forma, tuvo su  geometría en la nieve, en la belleza fractal del cristal de cada copo, con su forma mágica que en algo me recuerda a estos techos. Luego se derrite, como quien tira de una cuerda y se deshace un nudo, quedando en nada aquellas formas. Y así derretida, el agua en su camino al mar, se encuentra con el jardín, lugar sin duda para el amor.

Un jardín, que cuidar. Un jardín, que puede ser el paraíso. Algo hermoso que le ocurre a tu vida en el trayecto. Ahora medio oculto y  cubierto por la nieve, con toda la magia cercana, como una Navidad retrasada, como una montaña adelantada, en cualquier caso un  regalo que trae esa emoción inatrapable de los momentos únicos y difícilmente repetibles.