lunes, 17 de junio de 2013

no lo volveré a hacer más (cuento)

«Fue el verano del 75 en Galicia, en este mismo mar y en otra playa donde yo con 12 años había conocido a Virginia. Era un niño, quizá justo en ese momento tan mágico en el que tienes que decirle adiós a la niñez y hola a otras cosas, como a ese deseo tan típico de querer ser más mayores, a esa sensación irrepetible de que se te quedaran cortas las mangas  del jersey, o el ir comprobando cómo poco a poco ibas llegando a un botón más en los números del ascensor. En ese inolvidable verano yo había conocido a Virginia que era una niña habitual en nuestra pandilla. La veía algunas tardes jugando o cogiendo caracoles en un campo cercano a donde nos alojábamos; también subía a nuestro apartamento las tardes de lluvia, en el que nos juntábamos varios niños con algún juego de aquellos años como el parchís, el natur memory o bien echando un burro con las cartas. A veces coincidíamos en la playa, sobre todo  los días que hacía  bueno en los que disfrutábamos inventando aventuras por las rocas cercanas,  donde ella se movía como pez en el agua;  también recuerdo coincidir alguna vez en la panadería de aquel pueblo donde te podías comprar alguna cosa de las que te hacen ilusión a esa edad como  un chicle de esos planos y alargados que podías ir partiendo, una chocolatina, o cualquier otra golosina de aquellos años. Virginia y yo nos gustábamos, pero éramos niños. Uno casi no es consciente de ese amor, pero nos buscábamos el uno al otro de alguna manera en los juegos, o  detrás de los setos cuando con toda la pandilla jugábamos al  escondite. 

La última tarde de aquel verano, el 30 de Agosto, el día anterior a nuestra marcha, no me quise echar la siesta, y me escapé sin que se enteraran mis padres a un bar que quedaba en la zona alta de la playa, desde la que se contemplaban las olas, la magia de las mareas, la bandera que casi siempre estaba roja. Me metí en aquel bar, que estaba absolutamente vacío con la única intención de escuchar una canción de una máquina que funcionaba con monedas, y de la que podías seleccionar entre veinte o treinta discos de aquel verano. Me metí un poco furtivamente, el camarero medio adormilado y apostado en la barra me miró pero no dijo nada y yo eché mi moneda y miraba hipnotizado como iba a caer  el disco que había seleccionado, con un mecanismo que me tenía fascinado.
En el mismo momento que iba a caer el disco, me llegó una voz desde mi espalda que me dijo “hola”. Me giré, temiendo que alguien iba a regañarme, y no sé qué fue más impactante, porque a quien vi fue a Virginia delante de mí y sola en el mismo momento que comenzaba la balada. Quise hacerme el mayor y nos pusimos a bailar juntos, agarrados levemente el uno al otro durante toda la canción,  mientras el camarero nos miraba sin decir palabra. Casi me da vergüenza decir que la canción que sonaba era “El Jardín Prohibido”, de Sandro Giacobbe que estaba de moda aquel verano, y que a esa edad  ni sabía de qué trataba.  Perdí el sentido del tiempo, en aquel disco que giraba a la vez que nosotros;  mis ojos veían primero el mar y la playa vacía, luego la máquina de discos y luego el camarero medio adormilado en la barra, y así una vuelta detrás de otra sin atreverme demasiado a mirar a los ojos de Virginia. En la última vuelta me miré los pies, las mangas del jersey, el pantalón bermuda, y noté que yo había crecido, y que tenía que decir adiós a la vez a varias cosas, a mi niñez, al verano del 75, y a Virginia,  de la que no volví a saber nada en mi vida, hasta ayer que sin saber que era ella coincidimos en el autobús. »
 
He estado escribiendo esta historia mía con Virginia esta mañana, mientras el grupo y ella se han ido a El Bosque Encantado. He preferido quedarme aquí en el hotel, descansando y escribiendo mis recuerdos. En un rato vendrán, un poco eufóricos de todo lo que han visto, un poco cansados de tanto caminar, y es verdad que me lo he perdido pero no me ha importado quedarme y poder revivir todo esto. Entonces Virginia llega y me pregunta que qué tal, que qué he hecho, y le enseño el relato. Lo recuerda muy bien y me susurra al oído “te hubiera comido a besos” y se marcha a su habitación y me deja ahí solo. En un rato bajaremos con el grupo a cenar en el jardín, bajo una pérgola muy agradable que hay en la parte delantera del hotel, desde la que se ve el mar. No me acabo de creer lo que me está ocurriendo, y me meto en la ducha a ver si me espabilo. Mientras el agua me resbala por el cuerpo, no se me va de la mente eso de “te hubiera comido a besos” que como un caramelo en la boca no quiero que se acabe pronto. Por la ventana solo veo el cielo de una noche luminosa, llena de estrellas y la luna. Me estiro y me agarro por detrás al quicio de arriba de la puerta  y compruebo que todo es real y un sueño a la vez, sin que yo pueda manejar la frontera entre lo uno y otro y con cierta sensación de que no acabo de despertar. Entonces Virginia me da un toque a la puerta, que baje a cenar ya, que están todos abajo.    
La sigo viendo con ese cambio que detecté ayer, cuando ocurrió lo del volcán, con ese cambio que la rejuvenecía de golpe, y del que fui consciente cuando estábamos en el baile de la fiesta local. Ahora soy yo el que veo todo diferente, no sé si habré cambiado por fuera, pero veo todo más luminoso, en una noche muy agradable, donde sólo sentir ese placer de la brisa con su aire húmedo, me resulta un regalo más en esta gratuidad en la que me voy  desplazando.

Por fin bajo y me he sentado a su lado, en un  hueco que me había dejado, y estoy sentado en una mesa con el de la ONG y su pareja mozambiqueña, con el chico que se había recorrido medio mundo, la pareja portuguesa, y con las tres chicas compañeras de trabajo que hacían vida propia en el grupo pero que parece que empiezan a integrarse un poco. Enseguida ha fluido la conversación. La gente es muy agradable, y hay un ambiente de confianza que se va logrando gracias a los detalles  del chico que se había recorrido medio mundo, que tiene una habilidad especial en hacernos sentir a gusto.  Una de las tres amigas del trabajo le  pregunta  que si tiene novia y dice que no, que por el momento prefiere estar sólo, pero que ese tema nunca es fácil para él que viaja tanto. Ha contado un poco algo de su última historia y hábilmente ha devuelto la pregunta al grupo, sugiriendo que contásemos como nos habíamos conocido las parejas que estábamos allí presentes.
Empezó el de la ONG y la mozambiqueña. Se había separado de su esposa hacía años y se puso a trabajar  en Mozambique donde conoció a esta chica. Su esposa estaba siempre de mal humor, un poco amargada de la vida, y él decidió separarse más que nada porque veía que se estaba contagiando de algo que no reconocía como suyo. A ambos les había unido años atrás un deseo de ayudar a los demás, pero con el tiempo esto no era exactamente así, pues en ella podía más una inercia materialista y muy aburguesada, que generaba un punto de reproche constante hacia el de la ONG, por no ser suficientemente hábil para ganar dinero con su constante preocupación por arreglar el mundo y pensar en los otros. El caso es que un día el de la ONG se hartó de esa situación, de que se  pusiera en constante tela de juicio lo que él era  de verdad y rompió  la relación, con cierto escándalo para la familia de origen de ella, que era la principal causa de un conservadurismo que cada día chocaba más con lo más íntimo de su forma de ser. Se fue de colaborador a  Mozambique y allí  conoció a su nueva pareja, siempre sonriente, siempre positiva, con una alegría y una entrega contagiosa. Los vi muy felices.

La pareja portuguesa también nos contó algo, un poco más sosos, pero no estuvo mal. Eran jóvenes, aún sin niños, y se les veía a gusto, pero tampoco enamorados lo que se dice enamorados el uno del otro. Les unía más bien la afición  y sus gustos comunes, la pasión mutua por los viajes, la fotografía  y la aventura.
Luego habló Virginia y nos contó que ella estaba casada pero que quería separarse, y que este viaje significaba mucho para ella  porque era su posibilidad de encontrase consigo misma. Nos explicó que sencillamente se sentía dominada en vez de querida por su marido, y que había perdido toda ilusión, toda capacidad de reconocer en si misma aquella persona que antes había sido.

Luego hable yo y les conté la relación tan fugaz que me unía a Virginia y como nos habíamos conocido muchos años atrás, en ese relato de Galicia con la canción del jardín prohibido. La mozambiqueña no conocía la canción, pero el resto sí. El chico que conocía medio mundo la buscó en el navegador de su móvil, y la puso ahí en medio de la mesa para que la oyera. El comienzo habla por si mismo: “esta noche vengo triste y tengo que decirte que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos.” Las chicas que hacían vida propia, no parecían interesarse demasiado, pero si el de la ONG y el chico viajero que me miraban con cierta coña. Entre todos se pusieron a discutir si el chico se merecía  ser perdonado o no por su novia, si mostraba un arrepentimiento real o sencillamente era un jeta que además le echaba la culpa a la amiga por provocarle. Una de las chicas dijo que si a ella una amiga le hace esto  no le vuelve a hablar en su vida. Bueno, ahí los dejé discutiendo, la canción de Giacobbe y mientras decidían si la culpa era de él o de ella, yo aproveché para tomar de la mano a Virginia, y acercarnos hasta la zona delantera del jardín desde la que se veía el mar.
Entonces avanzo unos metros con ella, vemos la luna y las estrellas de un cielo muy despejado, y es como si me hubiese vuelto de pronto el niño que hubo dentro de mí. Ya no le  pregunto que es de su vida, pues me lo comunica con su rostro y sus ojos. Yo la miro, y veo a la vez en ella esa niña del verano que está en mis recuerdos y esa mujer adulta, que ciertamente no se parecen. Es como si ambos nos hubiésemos dejado aquellos niños que llevábamos dentro en el bar de Galicia. Le agradezco tanto que me haya traído ese recuerdo, que ahora lo percibo como actual en mi propia vida. Miro las estrellas, el tiempo, el mar de la isla que debió de cubrirlo todo hace millones de años. Me doy cuenta de que comparado con ese tiempo no hay tanta distancia a nuestra niñez. Es casi como si estuviera al lado. Y ahora Virginia de cerca es un cielo, no me hace falta mucho más rato para saberlo. Me doy cuenta de que siento amor por ella, y por todo. Ella aún tiene un poso de tristeza, y sin embargo su sola presencia me cura de muchas cosas. Los del grupo aún siguen discutiendo lo de la canción,  y entonces yo le tomo de nuevo la mano a Virginia, y ambos sentimos un amor que nos desconcierta, que no sabemos en qué consiste, del que no queremos prometernos nada a excepción de no volver a dejarnos nunca más en nuestras vidas aquellas  ganas de vivir,  esa  curiosidad infinita,  y la bella alegría de nuestra niñez.

domingo, 2 de junio de 2013

en el parque del capricho


A veces los laberintos no son imaginarios, sino muy reales, en algunos tramos de nuestras vidas, en etapas oscuras que damos casi por perdidas.  No encontramos la salida, porque aquello está diseñado para perderse. Eso me ocurrió a mí, una vez caído en desgracia y ya apartado de la corte, debido a mis ideas racionalistas e ilustradas, viendo ahora como la moda y todo se iba impregnando  de esa exaltación del sentimiento con el que no me apaño. Miré aquel romanticismo irredento con ojos de expulsado, quizá de pretendiente torpe al que ya le han dicho varias veces que no y que sin embargo se resiste a rendirse; de alguien  que queda fuera de juego, pudiendo solo asistir como espectador, sin encontrar un oficio posible en la nueva corte. ¿Acaso soy yo la razón que contempla la exaltación de la sinrazón? me pregunté a mí mismo.  No podía participar de aquella fiesta, y sin embargo ya estaba dentro. Invitado por una antigua amistad con el duque, asistí lo más discretamente posible, y en vez de entrar en la sala de baile preferí perderme por los jardines, quedarme un poco fuera y en soledad. Pasé mi mano por el arbusto recortado y vi que era de laurel, corté una hoja para olerla  y perdido, empecé a sentir un temor ridículo e infantil, de desamparo. Conseguí dar con la salida, y me fui hacía la parte alta del parque.   
Llegué al promontorio que queda en el jardín irregular, de traza más bien inglesa, a través de un sendero con una profusión insistente del árbol del amor que en primavera le dan ese tono fucsia vibrante al jardín, destacado de un  fondo de césped   perfecto y británico que me hizo dudar de donde estaba.   En el promontorio en cambio, pude ver un templete  romano, con la diosa  del amor   en medio, y sin mucho que hacer allí  fui consciente del cielo, de un cielo muy hermoso al que miré enmarcado en el   arquitrabe curvo de la cornisa.  Entonces vi que avanzaba el cortejo y la fiesta, seguían llegando comensales, damas, alabarderos, nobles y cortesanos, ellas remarcando las cinturas estrechas con fajines de raso, luciendo sombreros adornados con plumas exageradas, y los hombres siguiendo el juego con unas casacas de terciopelo, con las mangas bordadas  con oro y plata, y con  unos rizos de rulo femenino en el pelo que encontré ridículos y repetidos.  No supe dónde estaba, como si me hubiese perdido de nuevo en el tiempo y la memoria, si en un  campo   próximo a las dependencias y  jardines de un lord británico,  en el palacete de un aristócrata  francés con jardinería de figuras  geométricas, o en una villa romana de exedras y avenidas entre cipreses.  En ningún sitio y en todos a la vez.   Pasé mis dedos por las estrías dóricas de la columna de granito para cerciorarme que no era un sueño,  pude comprobar a lo lejos  el páramo seco de Barajas, y me pareció sencillamente un milagro el jardín donde me hallaba. Me senté en un banco de piedra y me dio por preguntarme si creía o no en el destino.  A lo lejos vi de nuevo el laberinto vegetal, de masas bien tupidas de laurel recortado en setos altos, y desde allí  empezaron a llegarme los primeros compases de la música de Boccherini que salía desde las ventanas abiertas del palacio. Caía la tarde.  Miré la luna, aún sobre un cielo no oscurecido mientras sentía  la belleza de la armonía en mi propio cuerpo.  Una armonía romántica, unos segundos, en los que ya no estás en ningún sitio y en todos.  Sus violines, empezaban a rasgar como quien aparta unos visillos para entrar en otra dimensión. Los compases invitaban a un baile galante, donde sonrisas y miradas flotaban en el aire, elevándolas un poco del suelo. Era como nadar en la belleza con la  primavera en su esplendor. Casi podía sentir fluyendo  la alegría de la sangre por las venas, la elevación del espíritu, la cadencia suave de las cosas, las ganas de saltar un poco, las ganas de llevar en brazos a alguien perdiendo peso o de volar como una pluma.

Me llegó el aroma intenso del árbol en flor como una colonia natural, antes de que el perfume de las damas confundiera mis sentidos.  Al anochecer empezaron a aparecer invitados camino al estanque  iluminado con  farolillos que  duplicaban su efecto en el espejo de la lámina de agua. Vi algunos  invitados que se  dirigían al embarcadero algo ebrios. Se iban subiendo a una góndola sobrecargada, salpicando a las damas, entre risas y cisnes despistados que paseaban por el recinto.  Allí, fui  testigo del coqueteo de una de las hijas de la duquesa con un hombre de gran fortuna, mientras sonaba la música de Boccherini, a modo de pasacalles. Desde allí vi el abejero, y sus escalas sociales, con las obreras trabajando y la reina a lo suyo. Lo de la reina y el vestido de la duquesa me trajeron a María Antonieta a  la memoria, cuya fama de manirrota y caprichosa precipitó su paso por la guillotina hacía poco. Sentí grima.  La diosa del amor seguía aún  con pulcritud blanca bajo el templete  circular del promontorio iluminada por la luz de la luna. Alguien corrió la voz, de que el ejército napoleónico estaba a tan solo dos horas de Madrid. Pensé  que podíamos refugiarnos en el fortín, en el búnker, en el castillo medieval,  pero ningún lugar nos valía por la sencilla razón de que todos eran falsos y de juguete.

Vi como sacaban los cuadros de las dependencias del palacio.  Los caprichos de Goya. El aquelarre. Las brujas. El asalto de la diligencia. El retrato de la hija de la duquesa. Vi a la misma duquesa embalando las obras. Decidí quedarme. Me dirigí a la ermita, y me asusté con el ingenio del autómata que seguía realizando sus  oraciones. Me metí en el laberinto a esconderme y desde allí vi la luna casi llena. Sentí miedo.  Vi salir al ministro, al banquero, a un torero famoso, a Boccherini, a algunos arquitectos franceses, intelectuales, Floridablanca, el conde de Aranda, a la marquesa de Villafranca, al yerno de la duquesa y al hombre de la gran fortuna los vi marchar a la carrera.   Los mismos duques pusieron un candado cutre a la verja y  salieron de allí a dejando el parque a su abandono y listo para su decadencia.   Vi como la naturaleza se iba desordenando. Como los recortados laureles del laberinto se desmadejaban. Como el boj y los cipreses iban perdiendo sus formas geométricas. Como los estanques y las fuentes se iban cubriendo de hojas secas y de una especie de moho provocado por la falta de renovación. Vi el césped abandonado, las hiedras, avanzando por las paredes del palacio, el musgo en los granitos. Vi cómo se instalaban los militares  franceses en las dependencias del salón de baile, vi a su  coronel en el palacio habitándolo de un modo torpe e inadecuado. Vi los bustos de piedra de los emperadores romanos de la plaza de la exedra con las narices rotas y alguno caído de su pedestal. Vi como caía la cúpula de algunos  templetes. Vi como el hierro dulce del puente se iba oxidando y perdiendo su consistencia. Incluso el laberinto era ya irreconocible. Me senté en un banco decadente y enmohecido, con las enredaderas trepando por las ruinas y sus muros. Miré mi casaca vieja y desgastada, mi pelo largo y descuidado, empezó a llover con fuerza, y me abandoné a la suerte y a mi locura.

Parque del Capricho. Paseo de la Alameda de Osuna s/n. Visitable sábados, domingos y festivos de 9 a 21 h.

viernes, 10 de mayo de 2013

un metro de tierra firme al mar (cuento)





A través de la agencia Ecologics_us, me apunté a un viaje esta primavera a la isla de la Palma, en busca digámoslo de paso de alguna aventurilla que uno intuye que puede producirse en  este tipo de viajes, donde además de un entorno idílico, sirven de punto de encuentro a gente propensa a lo sensible y a lo espiritual. Aventurilla, pues acabo de concluir una relación  y no pretendo nada serio, solo zanjar una etapa, de modo que  poner tierra por medio y largarme de vacaciones a una isla me pareció una idea bastante acertada. Cerrar una etapa no es tan fácil, aunque quizá a los hombres con esta memoria afectiva tan reponible que tenemos, nos cueste algo menos deshacernos de nuestro ayer.   Me valgo de todo tipo de estrategias vengan de donde vengan, con la única idea de empezar mi vida de nuevo sin mirar demasiado atrás.   Al llegar a la isla, recién bajado del avión, me entretuve echando un vistazo  al facebook en el móvil, y me encontré con  la siguiente publicación, que interpreté como enviada a mi medida definiendo de un modo muy preciso mi estado. La publicación la había puesto mi  ya ex-pareja, y reproduzco aquí el comienzo:  
Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.
 ¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?, ¿La relación se acabó? Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los por qué,  y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.
Al salir del aeropuerto tomé el autobús que debía conducirme a “El bosque encantado”, sugerente nombre del hotel donde me alojaría los tres días de mi escapada. Me apetecía releer la publicación más tranquilamente y saqué el Ipad de mi equipaje de mano para hacerlo. Definía también  mi estado,  cerrando un capítulo o clausurando un ciclo,  y entonces me di cuenta de que mi ex  estaría en lo mismo tratando de cerrar y clausurar el círculo que yo la supuse.  Esta  comunicación indirecta vía  facebook era algo nuevo para ambos, y me generó una duda ¿debía desagregarla? No lo tenía claro,  sobre todo ahora que gracias al muro sabía por fin en que estaba pensando.
Decidí no darle importancia por el momento, y tomarme con humor la constante imperfección de la vida, que me regala  un lazo de unión inesperado justo cuando tal unión ya está rota. Un poco abstraído en mi mundo y en mi pasado, interrumpo la lectura del texto y caigo en la cuenta de que  estoy ya en la isla, en el autobús que me lleva a “El bosque encantado” y de que tengo sentada al lado una mujer algo misteriosa que me resulta atractiva de la que me gustaría saber algo.  Ya la  había visto por ahí en el avión y al venir  del mismo vuelo no debo de interpretar como casual ni sorprendente el que ambos nos dirijamos al mismo hotel y al mismo grupo turístico.  Me presento y ella también lo hace. Se llama Virginia, está casada pero ha venido sola, debido a que su marido no comparte esta aficción suya de viajar. Me resulta atractiva, pero con problemas. Algo le pasa. Tiene en su rostro una mezcla de alegría y tristeza, mezclada en el tiempo, como una salsa agridulce, muy atractiva a efectos pictóricos, como muy de Picasso…la femme qui  pleure…un poco a lo Dora Maar.
No me ofrece demasiada conversación, así que he abierto  de nuevo el Ipad y continuado con  lo de “cerrando círculos”. Entonces ella, con la familiaridad de compartir el viaje, ha mirado sin disimulo mi pantalla  y me ha dicho. « Lo conozco, es de Coelho…» He pensado que ya tenía un punto de conexión que compartir, pero con cierto desdén me dice que no le convence, que es solo un texto bonito, nada más.  Nos quedamos en silencio viendo el paisaje, sorprendido por la vegetación de la isla, y su base negra como de basalto dándole un fondo muy sugerente a esa mezcla de vida exuberante y negrura soldificada en la que nos apoyamos.   Al cabo de unos minutos de un  silencio compartido me cuenta: «En la vida uno vive  emociones  positivas o negativas, pero es más adelante cuando  interpretas esas vivencias. A veces cierras etapas vividas  pero a veces vuelven queriendo decirte algo,  como un disco antiguo que ha quedado dando vueltas y que tú no puedes hacer nada por impedir que gire. Estas frases que circulan por la red son solo un bálsamo, un paño caliente para el dolor, pero no curan. Curarse es muy complejo. A veces tienes que cerrar un círculo muchos años después, porque te faltaba un dato, o porque de golpe entiendes algo que antes no sabías.»
Estas  palabras me devolvieron al silencio de la mente que procesa información y que no sabe por dónde seguir. Tenía la impresión de conocerla de algo, o de serme familiar, pero esa impresión la percibía como equivocada  porque las personas nuevas a veces nos recuerdan a alguien y   yo no sabría  decir de qué  ni de cuando, así que desistí de seguir por esa vía.  Aquellos silencios, aquellos paisajes contemplados tras el vidrio brillante del autobús,  aquellos  pensamientos intensos flotantes también me generaban un punto de conexión inesperado.  Sigue un poco absorta asimilando este encantador paisaje de un verde envolvente como un aroma y que uno se pregunta cómo ha podido permanecer  intacto y tan bien conservado sin que la avaricia y la sobreexplotación de las cosas lo haya destrozado.  Por dar conversación le hablo de los lugares de visita obligados en la isla que sólo conozco por las webs  de turismo del Cabildo, el  Bosque Encantado, el volcán de Teneguía, el  observatorio astronómico de Roque, el parque natural de Caldera de  Taburiente o de la Cascada de Colores,  empezando a dejarnos seducir también por la belleza sugerente de los nombres de estos lugares, como si en vez de visitantes ella y yo fuésemos a pasar ahora a formar parte de un cuento.
Ya en el hotel nos incorporamos al grupo. Reunión de presentación y cena a las nueve donde  de un modo natural se fue generando una rápida integración que ya la quisieran para sí muchas empresas o centros de trabajo. Al día siguiente en pié temprano para ir a Teneguía, uno de los volcanes de la cordillera  que queda al sur de la isla y  a nuestra disposición  varios todoterrenos  que nos conducirían  hasta un refugio para desde allí comenzar el ascenso a la cordillera. 
No me equivoqué demasiado con el tipo de gente que me encontraría. Hablé un rato con una persona algo mayor, colaborador habitual de una ONG, que había venido al viaje con su actual pareja, una mozambiqueña mucho más joven que él con una piel brillante en cuyos pómulos casi te podías ver reflejado. Conocí también a una noruega, afincada en las cercanías de Barcelona, dedicada al tratamiento de terapias alternativas. Una pareja portuguesa dedicados a los deportes de aventura y ambos entusiastas de la fotografía con unos equipos envidiables. Un organizador de eventos culturales y de viajes, que se conocía medio mundo, muy comunicativo que me trataba como si me conociera de toda la vida.   Tres chicas compañeras de trabajo, que hacían vida propia en el grupo y otros tantos de los que no supe nada aquel día pero que supuse que responderían a cierta conciencia ecológica. 
Había un ambiente grupal cómodo, de buen humor. Entre risas y bromas habituales en este tipo de viajes, llegamos a la cima marcada por el volcán que domina el sur de la isla. De modo natural nos sentamos en las inmediaciones frente a unas piedras formando  un círculo más o menos amplio, al que se sumó en el último momento Virginia completando la  figura. Desde aquella altura  pudimos sentir como un regalo  una energía especial, como un lugar privilegiado y mágico donde la lejanía misteriosa del cielo   y el fuego magmático del  interior de la tierra  parecían estar conectados. En la increíble vista que quedaba bajo nosotros comprendí, que si aquella isla estaba bien conservada no era por casualidad, sino porque sus pobladores se habían ocupado de ello, respetando los tiempos de la naturaleza, renunciando en muchos casos a sus deseos más inmediatos, y ahora varios siglos después de que llegaran sus primeros pobladores, esa isla era un regalo para nosotros y las siguientes generaciones.    
Se hizo la hora de volver y Virginia me pidió que la acompañara hasta el borde del cráter. Nos deshicimos del grupo, y lo hice. Me dio miedo por ella, me resultaba insensato dejarla  sola y a la vez temía acercarme demasiado. Pero su determinación era firme, y traté de ocultar no sé si el sentido común o la cobardía. Ya en el borde, comenzamos un cierto descenso caminando a la vez que descendiendo de un modo helicoidal, que me pareció peligroso. Le incité a parar, dada la absurda peligrosidad en la que me estaba enredando y tuve que acercarme a ella y agarrarla para detener su marcha. Se quitó su pequeña mochila de la espalda, y sacó de ella una vieja agenda de formato grande, con portada pasada de año y de moda. Me explicó  que era una de esas agendas que quedan vacías en la estantería de un año ya desfasado, y que en  ella había estado escribiendo toda la noche, su círculo abierto, aquel incapaz de cerrarse. Ya había hecho todo lo que estaba en sus manos y solo faltaba  darle un adiós definitivo. Mostrándome la agenda medio agarrada contra su vientre me sugirió que la leyese. No supe que hacer, dudé  pero pensé que debía y lo hice. Toda la belleza de la isla se me revolvió en un instante. Las palabras enlazadas, las ideas,  los pensamientos, cualquier frase a mano, iba a sonar no solo absurda sino inconveniente.
De nuevo volvimos al silencio compartido, le devolví la agenda, y ella hizo ademán de lanzarla a la sima que se abría ante nuestros pies, pero se detuvo. Entonces le incité a que no se detuviera, mientras ella no acababa de decidirse.  Le costaba  un mundo deshacerse de esas hojas encuadernadas y ya obsoletas…«¿Por qué te resistes?» le pregunté. « No es nada», me dijo Virginia, «estaba  pensando en si he hecho todo lo que tenía que hacer antes de deshacerme por completo de esto» Y despacio, con un gesto como de niña lanzando una piedra al vacío se deshizo de su agenda triste y bella a la vez, de la femme qui  pleure. Entonces en aquel gesto de niña tirando una piedra al vacío caí en la cuenta de que sí que conocía a Virginia de hacía  muchos años, de niños en un verano perdido ya en el tiempo y la memoria y recordé algo desdibujada la sonrisa  feliz que habitaba en ella.  Al rato un olor a azufre, a humo de ceniza, nos avisó que algo estaba pasando. Decidimos aguantar a medio camino entre el miedo y la fascinación del sonido que quedaba bajo nuestros pies.  Enseguida nos llegaron los primeros fogonazos mezclados de fuego, lava y partículas. Salimos corriendo, pinchándonos con los cardos de un camino áspero, que dañaba con alguna que otra piedra  nuestros tobillos casi sin enterarnos.  La lava avanzaba sin esfuerzo a la par que nosotros incrédulos de lo que estaba ocurriendo.  
Por un momento me sentí culpable. Culpable de que alguien que nada tuviera que ver con esto pudiera verse afectado por la lava. Un humo negro empezaba a cubrirlo todo confundiéndonos el camino de vuelta. Se hacía de noche. Vimos una casa aislada en el paisaje con luces encendidas  y nos acercamos a la puerta. Sin necesidad de llamar nos abrió  un hombre ya mayor  que nos incitó a pasar sin sorprenderse demasiado de nuestra presencia «Pasen, os estaba esperando. Siempre pasa. En breve se apaga» ya dentro de la casa nos tranquilizó con una presencia confiada y sin darle demasiada importancia comentó que eran bastantes las personas que venían al volcán con el mismo propósito que el nuestro.  Nos ofreció ducharnos en el patio de la casa con el agua de un depósito, y nos prestó ropa nueva, limpia y blanca , y desde allí bajamos al pueblo más cercano.
Al acercarnos al pueblo pudimos escuchar la música que llegaba de una fiesta local que se celebraba en la plaza. Nos fuimos acercando, y Virginia quiso quedarse allí. Me sorprendió su facilidad para el baile, y  pude darme cuenta de que algo de su rostro y en su cuerpo habían cambiado. Me pareció una mujer diferente, físicamente distinta de la que había conocido en el autobús, y unas horas antes en la cima. Entonces sí que le hablé de aquel verano de la infancia casi perdido en mi memoria, y ella me dijo que claro que se acordaba. Que lo sabía desde el primer momento en que me vio en el autobús, y que por eso se sentó a mi lado.  Casi al amanecer una pareja se ofreció a llevarnos al hotel en su coche. Aún no era la hora del desayuno, y desde la ventana del comedor del hotel, vimos el mar  descubriéndose a la vez que el día. Entonces ella me pidió que le acabara de leer lo de Coelho mientras esperábamos que todo el grupo bajara a desayunar. Así lo hice, y  ambos nos miramos procurando descifrarnos en los ojos si nos gustaban o no las  palabras que aparecen casi al final del texto. recuerda que nada ni nadie es indispensable”. Enseguida empezaron a aparecer los integrantes del grupo que nos saludaron con naturalidad, felicitándonos por ser los primeros en bajar a desayunar. Virginia y yo nos miramos sonriendo, aún quedaban dos días por delante y muchas cosas hermosas que ver en la isla. Ahora ambos sabíamos, que le habíamos ganado al menos un metro de tierra firme al mar.


jueves, 25 de abril de 2013

Cristina Iglesias y el agua.
















En los últimos años, Cristina Iglesias ha incorporado la presencia del agua a sus piezas, creando fuentes, pozos y estanques, que a veces funcionan como pieza artística aislada en una exposición y en otras ocasiones como espacio construido a modo de estanque o alberca en un entorno urbano, generando juegos de agua sutiles, que permiten remitirnos a más cosas.

De este modo sus originales pozos, donde al revés que en la fuentes convencionales que suelen representar un agua que emerge, relatan el polo contrario, puntos por donde el agua se filtra  hacia un lugar desconocido, haciéndonos conscientes otra vez del concepto de INTERIOR, esta vez del interior de una tierra que aunque no la vemos ocurren cosas. Esa habilidad de remitirnos a lo que no vemos directamente con  los ojos pero que al ser construidas, podemos percibirlas a nivel mental, es otro de los hallazgos de esta artista.
 
De este modo van apareciendo pozos estanque, en cuya superficie podemos ver reflejado el entorno, juntando en un plano muy sugerente, parte del sentimiento de profundidad y gravedad de la tierra como el de la visión del cielo reflejado, elemento clave de las construcciones orientales e islámicas, entre las que podemos tener como referencia próxima el Patio de Comares en la Alhambra de Granada. Esta lámina de agua donde poder ver los reflejos se vaciará cambiando la percepción de la obra y permitiendo ser consciente de los fondos vegetales de los mismos, recreándose una representación simbólica de la presencia de vida vegetal allí donde el agua fluye.    
 
También con el agua esta artista construye ficciones como la instalación en Baja California Sur, en México, de 14 celosías  de hormigón similares a los laberintos textuales,  que fueron introducidas a 15 m de profundidad en el mar, en un entorno especial de protección de flora y fauna de gran belleza. La instalación creada  será con el paso del tiempo un  arrecife artificial,  pensado para su colonización. La filmación de estas estancias sumergidas, recoge a los peces, interfiriendo de nuevo en ese espacio, jugando a pasar entre los huecos de esos paneles.  Los propios paneles contienen un relato en esas tramas traspasables en tierra por la luz, y aquí por el agua y los peces, actuando a su vez todo como una narración, de algo que se hunde que no es ajeno a que siga habitado de vida como una torre en ruinas abandonada donde los pájaros la colonizan.

 De nuevo lo oculto, y la consciencia del fondo marino, habitado por peces y también lleno de vida, interaccionando con nuestros relatos sumergidos, con cierta referencia a la Atlántida y al carácter simbólico de ese relato, con la fuerza expresiva que da el  encontrase con ese fondo, como una barrera que ya no se puede traspasar. La obra permite llamarnos la atención sobre ese fondo, donde se alojan estas piezas, y  donde el agua marina, no es algo aislado sino interconectado con todo el planeta.

Con esta idea del agua que se conecta, y como uno de sus últimos proyectos están las instalaciones que Cristina está realizando en la ciudad de Toledo, ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad en 1986, y donde sus arquitecturas y calles históricas son el fruto de la convivencia de las tres principales religiones, la cristiana, la musulmana y la judía. En este contexto cargado de historia y de cultura, Cristina ha realizado un proyecto de cuatro fuentes dispuestas en la ciudad, que tratan la idea de fluencia y de conexión de agua, más que la idea de emergencia. Con fondos vegetales en una especie de acequias horadadas en el suelo, dirige la percepción del observador hacia el suelo, invitando a ser conscientes o desvelar la idea de gravedad, y  de la escorrentía del agua sobre elementos vegetales. De nuevo sentir las posibilidades metafóricas de los vaciados y los llenados de estas pequeñas láminas que generan unos ciclos interconectados.  Sin duda  algo nuevo, original y  profundo, que de nuevo vuelve a hablarnos de nosotros mismos, de lograr coordinar mirar hacia todos los lados del mundo, sin olvidar lo interior.

Cristina Iglesias y la construccion de ficciones.




Cristina construye ficciones con la materia. Son relatos construidos de los que tú ahora eres parte inmersa o envuelta en esa ficción.  La habitación vegetal en cuyos muros nos sentimos trasladados a la naturaleza, la fuente en cuyo fondo se forma un plano vegetal y frondoso solo visible cuando el agua se vacía,  el techo suspendido de fondo marino que da la vuelta a nuestra percepción habitual del arriba y abajo y que nos configura un espacio casi imposible, las habitaciones ficticias tejidas de relatos perdidos y semiocultos, los laberintos sígnicos que transforman nuestra percepción del interior y el exterior, los pozos en cuya escorrentía podemos sentir la profundidad, la gravedad ,el giro de la tierra  etc.
 
Todo parece real, porque puedo tocarlo, sentirlo, verlo, oírlo, remitirme a recuerdos incluso casi a aromas. Todo  parece real, pero a la vez es apariencia de algo, apariencia de hierro, apariencia de tejido, apariencia buscada, para crear una ficción, un sueño, una ilusión construida. Se trata de un juego  de transferencias que se dan en la vida,  de lo real a lo imaginario y viceversa, permitiendo desde ahí hacernos más conscientes de ambos mundos, dejando que esos espacios proyectados fuera de nosotros nos digan algo.

Es el juego de lo envolvente, de lo interior y lo exterior, de las luces y las sombras, de lo superficial y lo profundo, de lo cerrado y lo abierto, de lo que vemos directamente y de lo que vemos reflejado.  La luz, el aire, la celosía, son todo referencias donde lo mental  adquiere construcciones diversas, buscando espacios mágicos que pueden producirse en nuestros interiores  que necesitan referencias espaciales, como techos habitaciones o muros, donde han de producirse reflejos, pasadizos, zonas iluminadas o zonas ocultas que pueden desvelarse.  

Sus relatos construidos contienen en ocasiones secuencias temporales propias y narrativas, no solo del espectador que se mueve variando la lectura. Una fuente estanque que se vacía a través de una grieta al cabo de un tiempo, cambiando totalmente la percepción de la misma, descubriéndose un fondo vegetal, pasando de una percepción espejo de la lámina de agua  a una percepción de  barrera  vegetal, que minutos más tarde volverá a llenarse cambiando de nuevo la percepción de la obra acompañándose de una sensación de calma  o de quietud. Son relatos casi literarios, sacando a la escultura de toda percepción quieta, dando un paso más no solo en lo referente a los diversos puntos de vista sino a las posibilidades de cambio de emociones perceptivas y significados dentro de la misma pieza.  

Lo mismo con sus puertas en el museo del Prado, que disponen de diversas posiciones según la hora del día. Se trata de percepciones cambiantes que no son las mismas si las vemos de lejos que de cerca, variando en cada caso una percepción abstracta de las mismas o una segunda lectura de  pantalla vegetal. Tampoco son las mismas si las vemos al entrar en el museo que al salir porque al cabo de ese tiempo han cambiado de posición; de este modo se introduce una historia propia en sus obras, rompiendo la rigidez estática de lo escultórico, y superando también, lo de los diferentes puntos de vista. Todo está en movimiento, el espectador y la propia obra, reflejando de un modo mucho más preciso las sensaciones que podemos tener un nuestro mundo cambiante.
 
Dentro de esas ficciones, también aparecen los temas interiores de la mente, como puedan serlo nuestras percepciones, y determinadas metáforas de nuestra memoria, como son esos reflejos desdibujados de representaciones, como los logrados con planchas metálicas más o menos pulidas, que reflejan tapices de épocas pasadas de difícil visualización como en capas que quieren desdoblarse para ser vislumbradas, lo mismo con vidrios que reflejan otras partes de la obra, dando una visión posterior de la pieza, como si en nuestra propia mente pudieran producirse los mismos problemas de incompletitud perceptiva con el que nos encontramos con la realidad.

Cristina Iglesias, la mirada a través de celosías y laberintos.

















En la exposición pude ver, como un ciego acompañado de un ayudante iba percibiendo al tacto esta estructura donde no solo  prima lo visual , leyendo el espacio y los textos que hay inmersos en estas celosías de un modo diferente. Es un caso que me llamó mucho la atención, confirmándome la multiplicidad de registros y de lecturas que admiten la obra de esta artista.

Las celosías aquí construidas  no son uniformes, parten de una trama regular a la que le van ocurriendo cosas. Me habla de la diversidad de nosotros mismos, de nuestros lenguajes de nuestros códigos genéticos. Compartimos una trama en la que se producen pequeñas variaciones, de modo que se diluye la uniformidad, dando a entender una idea infinita de posibilidades de conexión, y de diferentes modos de  interacción.

También está contenida  la  necesidad física de sentirnos protegidos, en el lenguaje corriente de “cubrirnos las espaldas” pero al igual que con la luz, son protecciones ambivalentes, protecciones que no nos aíslen, protecciones que regulan al igual que la luz cuanto del exterior puede dejarse entrar y cuanto de uno puede percibirse al exterior.  A su vez, también está la consciencia de un  interior, algo que al mostrarlo de un modo plástico revela información sobre él, metáforas o construcciones que nos hablan del acceso  a lo inaccesible, de vislumbrar enredos, formalizaciones, laberintos, que hacen referencia a cosas que no están claras pero que ocurren en nuestras vidas.

En este contexto la presencia de la persona ciega alcanza un valor metafórico,  porque a efectos interiores, todos tenemos algo de invidentes, podemos utilizar el tacto, otros sentidos, la ayuda de alguien. En cierto modo es la experiencia de ser necesitado y también discapacitado. Vemos, pero nuestra visión nunca alcanza el todo, vamos recorriendo tramos descubriendo detalles, espacios  a las que a veces no tenemos acceso, otros que se van abriendo, otros en los que nos perdemos, y otros  en las que se nos revelan experiencias llenas de luz y de matices.

Cuando estos paneles permiten entrar lo hacen en forma laberíntica, envolventes donde nunca hay una revelación completa de nosotros mismos, sino que a su vez es un mundo que también nos sobrepasa. Solo el otro nos ve, a través de huecos, de matices, diluidos en partes del yo, de algo que se intuye, de algo que se tapa, de algo que se desvela, de algo que se sugiere pero no se dice, son sutiles juegos relacionados con los elementos mentales que se relacionan con lo espiritual y lo imaginario, donde puede incluirse el amor, entendido como algo que comparte ficción y juego, como algo que nunca queda claro si es real o no, debido a que igual que el ciego necesitamos de la presencia de alguien para hacer accesible, legible su presencia.   

Cristina Iglesias y el tejido de tramas.

 













Las tramas sígnicas de Cristina recuerdan a cualquier tela africana del siglo que sea, intemporal aunque en ellas muy al estilo del arte islámico se reproducen determinados textos significativos que quedan diluidos a efectos de su comprensión, ya que la intención última no es la lectura del texto, sino que el texto forme parte de algo materializado. Con ellas, construye  espacios tridimensionales  donde podemos movernos y sentir esas vibraciones con todos los sentidos, corporalmente como en el caso de la  arquitectura. Al introducirse la luz  y  el  recorrido, se introduce también el  tiempo, y una complejidad rica que hace que la obra  alcance infinitas posibilidades, puntos de vista, encuadres, y lecturas. De esta manera llegamos a comprender a nivel sensorial algo de la vida, de sus combinaciones posibles, de sus puntos de vista, creando no objetos unívocos sino objetos complejos dentro de un orden.
 
Estas tramas, que tejen relatos, alcanzan una riqueza singular porque se hacen protagonistas de algo muy importante para el ser humano y para la vida: la idea de ORDEN y la idea de AZAR. Toda la obra de esta artista  busca un orden pero huyendo de lo dogmático y lo rígido. Sin orden no hay nada, incluso el caos contiene un orden. Estas polaridades entre el orden y el desorden tienen mucha importancia en las actividades humanas, donde el orden queda marcado por la trama. Es evidente que en la obra de Cristina hay sensaciones arquitectónicas, pero referencias también urbanísticas debido a la importancia de las tramas y su reflexión sobre ellas. También el tiempo constituye una trama más a través de la historia.  La magia se encuentra cuando aparece cierto desorden, cierto azar, un sutil movimiento que desordena algo, como cuando sopla el viento y o vibran las hojas de un árbol, sugiriendo vida y algo de libertad.  

Las tramas están en las historias, en las ciudades, en nuestros propios tejidos celulares, en nuestras gramáticas, en nuestros relatos, en las artesanías, en internet etc. La trama es algo sustancial a la vida y al ser humano, de modo que reflexionar a nivel plástico sobre ellas me parece un hallazgo valioso del que también se han ocupado otros artistas anteriores como el caso de Piet Mondrian o Paul Klee. 

Formamos parte de esas tramas y somos constituidos físicamente por tramas o tejidos. No podemos considerar la realidad física como algo que está fuera de nosotros sino que formamos parte de ella interaccionando con todo. Las propuestas de Cristina inciden en nuestras percepciones  como parte interactuante de la realidad, como parte modificante del paisaje a través de nuestras construcciones, de nuestras ordenaciones sean de paisaje o constructivas.  Una interacción física y a la vez mental, debido al valor superior que alcanzan determinados elementos, que actúan de referentes como puedan serlo palabras o conceptos que mezclados en la multitud de información en la que nos movemos, adquieren un carácter superior o simbólico.