martes, 11 de febrero de 2014

Alvaro Siza: arquitectura blanca y diálogo.






























¿Hay algo más cotidiano en el sur de la península ibérica que una pared encalada, que la magia de un patio inundado de luz, o que un zócalo pintado que va recorriendo a saltos las irregularidades del terreno?  ¿Qué es lo que guarda de  singularidad y de realización única  cada muro blanco, y cada rincón sencillo de estos pueblos? Son sensaciones de belleza en lo simple, de bienestar en su adaptación al entorno, de luminosidad alegre que aviva los colores de las cosas.
Esa luminosidad blanca parece inundar las calles encaladas en los pueblos del sur, y afecta a la nitidez del color del cielo recortándose contra los planos de sus paredes, y contra las líneas imperfectas de sus cornisas; sensación de diálogo y de entendimiento, de piezas que se integran en un conjunto mayor con cierta libertad y a la vez con armonía y naturalidad. No mucho más que las sensaciones sencillas y tan sugerentes del habitar humano  en contacto con la tierra y su naturaleza, con el simple recurso del encalado en sus paredes, con  esas composiciones nítidas y abstractas donde no prevalece el orden geométrico puro, sino el que se adapta, el que dialoga con el paisaje a través de unos conocimientos adquiridos lentamente en el tiempo y con formas de hacer que han ido incorporándose a la tradición constructiva. Desde esas impresiones, y desde esas referencias sensoriales y constructivas, unidas al conocimiento de lo culto y de lo intelectualmente formado, arranca la arquitectura de Alvaro Siza, el más conocido de los arquitectos portugueses contemporáneos, con multitud de premios en su haber, entre otros el Pritzker de arquitectura, que para los profanos viene a ser como su particular Nobel.  
Me he tomado la mañana entera para disfrutar tranquilo de su arquitectura y de su entorno en la fundación Serralves, con unos magníficos jardines creados con anterioridad al nuevo edificio proyectado por Siza que da acogida al museo de arte contemporáneo de Oporto. Pero mi principal interés no eran las exposiciones artísticas contemporáneas que en demasiadas ocasiones son tan subjetivas y tan inentendibles, sino el edificio en sí mismo y el entorno de jardines tan extensos y agradables no demasiado lejanos de la ciudad, donde poder sentir la experiencia de esos nuevos  espacios creados, de percibir su luz, y de darme el placer de caminar y recorrer algo hecho con talento; de descubrir la mirada hacia el cielo, recortado y enmarcado por las formas de los contornos del edificio, con esos perfiles que me sugieren la misma línea de los dibujos que antes han  viajado del  pensamiento de su autor al papel y que ahora son un trazo reconocible en el aire; he tenido la suerte de que el día esté despejado para poder sentir ese contraste del cielo que te permite ver cómo encaja lo inmaterial del aire , con lo sólido de lo edificado; de sentir la magia del color, del color en si mismo, del blanco, y de ese orden+libertad que se respira en su hacer. Una trama recta, ordenada, entendible con cierta facilidad, que en ocasiones rompe su orden con libertad como una especie de trazo, de línea poética y fluida, que constituye en el más literal sentido de la palabra su propio discurso, como queriendo salirse del verso a modo de improvisación.
Sus hallazgos arquitectónicos, parecen construidos y enlazados con un alma de poeta, de poeta que disfruta con lo simple, con lo sustantivo de las cosas, dejando de lado el adjetivo que prácticamente desaparece, como algo no esencial. Esa arquitectura tan simple es compleja de hacer, se requiere sintetizar muchas cosas, pero al igual que el poeta, necesita de una inteligencia intrapersonal, que sabe leer y formular lo que se siente ante el universo que nos rodea. Desde ahí arranca el hacer de lo que se quiere hacer sentir; y desde ahí  arranca la construcción de espacios donde puedan expandirse las emociones, que en el caso de Siza, son tranquilas, en busca de la belleza y la fuerza de los espacios y de los entornos, y en busca de ese diálogo con los elementos, con el paisaje, con el cielo, y con la luz.
Esa simplicidad tan eficaz, me hace pensar en cuanto hay en esta arquitectura de diálogo  entre posibilidades opuestas buscando formas de convivencia, entre el orden y el rigor que puede proporcionar  la arquitectura clásica con  la libertad de la línea de la arquitectura popular de tradición irregular de los pueblos blancos del sur de la península. Ir descubriendo ese diálogo entre el orden y la claridad de espacios que puede proporcionar la geometría clásica guiada por la razón y la lógica, con la naturaleza más desordenada e imprevisible del sentimiento; diálogo entre la razón y el sentir no interpretándolos como elementos contradictorios, sino como partes integrantes de la misma inteligencia humana  buscando su punto de convivencia y de síntesis en lo simple, en lo más esencial y común del hecho de construir. Esa doble naturaleza en sus obras, ese encuentro entre lo diverso, me remite a una actitud dispuesta a desenvolverse con ideas opuestas , a unir contrarios con naturalidad y de una forma fluida: luz y sombra, lo estrecho y lo ancho, el hueco pequeño y el grande, lo recto y lo oblicuo...haciéndolo sin sobresaltos y procurando hallar continuidades, fluencias entre lo que es de naturaleza diferente generándome ese sentimiento peculiar que lo considero propio de Siza y propio de aquí, una especie de sosiego, de sensación relajada y pausada, que invita a lo tranquilo, a recorrer con los pies y con la vista los espacios, y a dejarme de alguna manera contagiar de algo así como el placer de fluir, caminar, descubrir….  

jueves, 9 de enero de 2014

por Oporto


Oporto es una ciudad donde los tiempos van distribuyéndose con naturalidad por las laderas que bajan hacia el río, dejando su huella y su hacer por unas calles que día a día, año a año, siglo a siglo, han ido formando y conformando esta ciudad tan bella que aún conserva la magia del potente lugar natural que tuvo antes de ser ciudad, la fuerza del destino de estar situada a orillas del final de un río, y a la vez a orillas del mar. Al ir pisando las piedras grandes de granito desgastado, uno  tiene la impresión de pisar mucha historia, tiempos diferentes que conviven haciendo posible el presente de esta ciudad que tiende a conservar y dejar ahí lo realizado de otras épocas dejándote sentir  mentalidades y formas que perviven a través de sus calles y de sus plazas; etapas de las artes y de la historia que nos han ido llevando hasta hoy, hasta el presente de estos días lluviosos y templados en la ciudad portuguesa que vive su día a día de un modo tranquilo y silencioso a orillas del Duero, donde el río ya se pierde y se ensancha  confundiéndose despacio y sin prisa  con el mar.    
Inés, la mujer que nos ha recibido para acomodarnos en el apartamento alquilado a través de una web, es una joven mujer atractiva, y nos ha ido explicando sobre un plano que es lo que  recomienda ver en la ciudad. Tiene una conversación muy agradable, y en su  rostro refleja un entusiasmo por las cosas de aquí que le gustan, y rápidamente deja caer también las que no le convencen. Es muy comunicativa, y conoce muy bien la ciudad y su historia transmitiéndonos con naturalidad su interés por los temas relacionados con el arte y las posibilidades culturales de aquí; nos ha hablado de algunas calles con encanto, como alguna que nos señala en el plano, de casas que fueron habitadas por ingleses en la época en la que se asentaron en esta ciudad con la industria del vino, y de las que quedan esas calles con casas con muchos detalles de hierro excelentemente trabajado, de hierro fundido con rejas románticas, con balcones, portones de garaje, que son piezas artísticas en sí mismas. Piezas ya industriales, repetidas, pero llenas de encanto. Me atraen esas calles, quizá más que visitar un museo cualquiera, y puede estar bien  empezar por ahí. Es el punto de comienzo de unos días de disfrutar de esta ciudad, de experimentar sensaciones y  esa mezcla tan atractiva de  tiempos antiguos y modernos a la vez hablándose unos a otros. Esas calles quedan cerca del apartamento, un barrio no lejos del centro, pero por suerte no excesivamente turístico, y donde la vida urbana de las personas toma un aire habitual y cotidiano, con sus tiendas de verduras a mano, sus panaderías artesanales con bollos y dulces, sus tiendas con un poco de todo en la que lo mismo encuentras aceite, vino o fruta con muy buena calidad aunque los locales estén descuidados y desgastados por el tiempo y la humedad. Ese pulso del barrio, de la vitalidad normal, a mí me gusta, me atrae, mezclarme y comprobar esa simultaneidad de los tiempos en el planeta, de los infinitos barrios del mundo, de vida normal y corriente y para mi llena de atractivo. Puede que uno sienta una época ya pasada o vivida en el tiempo, pero me hace pensar en las cosas buenas que se pierden en el mundo actual, como es tener buenos productos frescos de alimentación a mano, a precios asequibles. De no depender todo el día del coche, de la atención de las personas, de ser parte del barrio, del mundo del pequeño comercio, de personas, en vez de máquinas cobrándote y deseándote buen viaje.
Al sentir a la vuelta de la esquina ese pasado que para mí ya es lejano, me vienen a la mente las observaciones en este sentido del escritor portugués José Saramago uno de los autores que más ha incidido en este asunto, y que en su novela “La caverna”,  a través de una historia sencilla venía a llamar la atención sobre la  pérdida de los puestos de trabajo artesanales y del pequeño comercio, en aras de los beneficios de las grandes superficies, y las consecuencias nefastas que iba a tener esta concentración de la actividad económica sobre el empleo. Le añado el valor de estar escrita  hace ya catorce años, cuando la falta de empleo no era una preocupación generalizada en Europa, y cuando nadie preveía que iba a pasarse de una sociedad de casi pleno empleo a otra con tan lamentables cifras de paro como las que tenemos ahora. Aquí, aún se conserva alguna calle con mentalidad anterior a los cambios que se han producido en todo el sur de Europa en los últimos años, y justo aquí en Portugal, uno puede sentir como positivo la pervivencia de tiempos que en algunos sitios ya han cambiado. Tampoco soy yo de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, no lo veo así; se trata de  algunas cosas que estaban bien o mejor antes y que sería bueno no perderlas, como el reparto del empleo, la calidad de los productos de diario, lo artesanal de muchos productos y servicios  hechos con amor al oficio que han ido  perdiéndose en aras del beneficio lucrativo de unos pocos. 
Caminamos  hacia la calle que nos ha recomendado Inés, pero ya es de noche y a la luz de las farolas dispersas de la calle empinada que quiere perderse en el final del Duero, distingo los brillos de los azulejos verdosos, y el hierro tan profuso en muchas zonas del Oporto antiguo, cuando las casas se hacían con más balcones que pared. Y después de un rato caminando, ya apetece cenar y vemos un  restaurante en esa misma calle empinada y bastante poco iluminada, con un local desde el que no se intuye nada de lo hay dentro; un  pequeño escaparate a media altura de no más de un metro, con una figura  de un cocinero de escayola blanca, junto a un taburete sobre el que hay una pequeña barrica de vino, y algún que otro objeto a modo de bodegón extraño; al lado una puerta estrecha llena de fotos muy desgastadas de diez o doce platos habituales ocupando cada uno los cristales pequeños de los cuadrantes de la puerta, algo desleídos en el tiempo, como si alguien los hubiera puesto en la época de las primeras fotos en color llegadas por aquí, sin que nadie se hubiera molestado en reponerlas.  “Le chien qui fum” aparece en el cartel de chapa pintada encima de la puerta, junto con un perro de hierro oxidado que fuma una pipa, y en el hueco de la pipa una bombilla amarilla como reclamo surreal del local; la inercia de la calle y de la cuesta nos hace pasar de largo, pero no vemos  otro restaurante cerca, y el hambre nos anima a frenar, a retroceder unos pasos, y a abrir la puerta que da a esa  calle algo extraña de acento británico del plano de Inés y  a ver lo que hay dentro de “le chien qui fum.”  
Un primer vistazo, hace pensar que lo  visto en el escaparate no se corresponde con el interior, y que puede estar bien cenar ahí, así que nos arriesgamos; aún es pronto, falta algo para las ocho. Una japonesa está sola sentada en una de las primeras mesas del local, cerca de la puerta, cenando ya… Un camarero, de mediana edad , vestido con traje de camarero, algo serio, y algo contrariado, nos pregunta si tenemos reserva. Le decimos que no, y nos hace pasar a una zona posterior del local, atravesando un arco y un pasillo estrecho que queda pegado a la barra. Quita el cartel de reservado de una mesa y listo, nos acomoda sin mayor problema en el restaurante casi vacío. Una pareja joven, está al fondo en una esquina, y nos miran como procurando adivinar de donde somos. El camarero, poco a poco va haciéndose más cercano. El local está lleno de chismes por las paredes, muchas fotografías en blanco y negro, algunas con una pátina de desgaste producida  por el tiempo que les ha hecho perder tanto la fuerza de los blancos como de los negros, como fotografías desgastadas de un periódico viejo; son imágenes muy antiguas de gente por la ciudad; una mujer haciendo la compra en un mercado ante unos sacos de patatas con los precios en escudos, una vista de la ciudad de hace años, un arco y alguien caminando con esas vestimentas más viejas que intemporales; vienen firmadas por un nombre portugués, y me recuerdan a esa mágica época de la fotografía en blanco y negro, cuando los fotógrafos captaban instantes cotidianos de la vida de las personas en la ciudad un poco a lo Cartier-Bresson. Entre las fotos, en el poco espacio que queda libre hay un  reloj de pared con péndulo, que queda como testigo también de una modernidad de su época que ya quedó antigua.  Al fondo, en la esquina opuesta a donde estamos, la puerta de la cocina entreabierta y desde la que se adivinan los fuegos, el vapor de las cacerolas cociendo algo. Las paredes con zócalo de azulejos iluminadas por unas  lámparas, que toman la silueta de  diversos animales que fuman con pipas; un lobo, un perro, hechos en una especie de hojalata vieja…con la bombilla en la punta de la pipa como originales lámparas surreales y de una creatividad apañada y extraña. El silencio de la sala, solo roto por los pasos del camarero de la cocina a la sala, y de la sala a la cocina, produce una sensación misteriosa en el local tan vacío. Un silencio que  inunda las paredes y que de repente queda roto por la campanada del reloj de pared del año de la tana que hace que nos entre una risa surreal, haciéndonos sentir una especie de viaje en el tiempo hasta la época de nuestra niñez.
Pero “le chien qui fum”, es un local donde la comida está muy bien. Es una comida de toda la vida pero con productos buenos, la sopa de verduras, el pescado fresco, las omelettes…el camarero va familiarizándose. Nos sirve un vino estupendo sin pretensiones de marca. En breve el local se va llenando, grupos de amigos de allí. Algunos turistas ingleses. Diversos idiomas y lugares, en este local en la calle de hierros ingleses, con nombre francés, y perdido en el tiempo por dentro. Disfruto leyendo la carta, los nombres portugueses, la sopa de legumes, la francesinha, las omelettes…. No está traducida. No hay demasiados detalles que me hagan ver que estoy en el año actual. Quizá solo la ropa, los turistas, nosotros sentados, los móviles…. Saboreo despacio los sabores, de una comida sencilla pero hecha con materiales nobles. El camarero, ha ido in crescendo, y nos va comentando cosas con una amabilidad que había permanecido oculta, como un as guardado en la manga. Al salir ya del local, en el pasillo estrecho que une las dos estancias, veo que en las  paredes tienen enmarcadas algunas referencias  recortadas de periódicos y revistas como un  local recomendado en las guías de la ciudad. Lo hemos encontrado al azar, que es lo divertido. Todo parece azar, en esta ciudad que vive al  final de un río. Donde se mezclan el agua dulce con la salada. Donde se mezclan los tiempos de los hombres, los estilos, donde perviven los buenos sabores. Donde el río, te deja claro que todo fluye, que todo pasa. Donde lo antiguo y lo moderno conviven a pocos metros, encontrándose sin miedo. Donde lo europeo, lo cosmopolita, vive su vida, mientras que lo local, hace su trabajo. Donde convive una idea y la contraria a un solo paso, solo unidas por el aire, por la lluvia, y por el agua. Donde, nada me aburre, porque se deja ser a las cosas, y porque esa ausencia de dogmatismo y de uniformidad hace que nada se repita más de lo necesario. Donde uno percibe que tiene unos días y una ciudad por delante, dispuesta a dejarse recorrer, con más ganas de ser sentida y vivida, que de sólo dejarse conocer. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

ADIOSES con EL SACO ROTO



Madrid, camino por la Gran Vía, ambiente navideño, luces en los árboles, y cruzando  las calles. Calle Reina 9, DT ESPACIO ESCENICO, una hora de duración. Espacio para el teatro, también para la danza, y para la importancia de nuestros gestos y movimientos. Pasen, una casa donde sus habitantes parece que han perdido la cordura. Son los efectos secundarios del ADIOS.  

¿Cómo se expresan corporalmente los adioses? Ese lugar común que es el final de algo, esa palabra que no nos deja fríos a nadie.  ¿Quién no ha sentido la tristeza de un adiós, las consecuencias de una ruptura, el hastío del aburrimiento en el que puede sumirte la peor soledad? ¿Quién no ha sentido el deseo de que continuara algo que acaba? O lo contrario ¿Quién no ha sentido el deseo de que acabe algo que no nos ayuda a vivir y que no nos hace felices? ¿de que acabe algo que nos ahoga? Nada mejor que tener a mano el germen de esta original obra, un fragmento de un poema de Benedetti:
 
Hay muchas formas
de despedirse
dando la mano
dando la espalda
nombrando fechas
con voz de olvido
pensando en nunca
moviendo un ramo
ya deshojado

Palabras que contienen ya  la expresión corporal de un ADIOS, “dando la mano, dando la espalda…”  reflejando el lenguaje tan importante de los gestos, de los abrazos, de mover un ramo ya deshojado…. Esta es la clave de una posibilidad cultural de la que sabemos poco, de la importancia de nuestros movimientos en la vida, el lenguaje no verbal, y su interacción con el mismo. Los puentes que unen las palabras con nuestras acciones. La importancia de las experiencias físicas en nuestra relaciones humanas. La interacción de las cosas, palabras, textos, movimientos, gestos, miradas. Sabemos de esto, de su importancia, sin embargo, no son demasiados los sitios donde poder aprender, donde poder experimentar y explorar las posibilidades del movimiento de nuestro cuerpo. Esta es una ocasión especial para descubrir la riqueza de posibilidades de este campo. 
Empezar por el final,  quizá por la soledad, por gente que cuenta y que recuenta cosas a solas, por gente que repite movimientos, por gente que entra en una mecánica de la vida, por gente que se mueve entre recuerdos ya viejos, proyectados sobre paredes viejas, que van deshaciéndose en el tiempo. Vías de tren que permiten los desvíos pero que están ya abandonadas y  muertas que van oxidándose y desapareciendo. Fotografías antiguas, donde el tiempo ya ha marcado una frontera definitiva. Es pasado. Ausencias, donde lo mecánico nos taladra algo en forma de rutina; es el hastío  de la soledad. De las estancias a solas. De entregarse a algo repetido, y monótono. Sellar listados, contar y recontar las cosas.  Es la monotonía de que no pase nada nuevo. En palabras de Machadoun día es como otro día; hoy es lo mismo que ayer.” 
Avanzar hacia el principio, a través de poemas visuales en los que descubrir que hay muchas formas de encontrase solo, recontando cosas, volviéndose loco, sintiendo hastío, proyectando recuerdos en paredes viejas…desandar un camino andado,  y encontramos algunas  de esas palabras  del poema que nos asolan antes de los adioses, palabras que están ahí, sueltas, que significan  aspectos físicos que ocurren en nuestras relaciones, SOBREVIVIR  UTOPIA  ABRAZO…..   Palabras que tienen una traducción con más palabras y a la vez con  una expresión corporal, física que nos llega antes aún a nuestra percepción que la mera palabra. SOBREVIVIR: acción de vivir en condiciones inhumanas, incluso de peligro o de muerte. UTOPIA: .Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación. ABRAZO….
Expresiones  corporales, en la que hay una cierta incomodidad previa al adiós, falta de aire, huecos por donde escaparse, leves acechos, cosas que se niegan. Voz que se niega.  Lo deseado y lo que hay. La discordancia  entre nuestros sueños y la realidad. Son palabras, que adquieren su expresión física, recorriendo el camino inverso al lenguaje. Traducciones no verbales expresadas con el cuerpo. Atisbos de momentos concordantes y discordantes. Estrategias, para ver un poco más allá, para vadear un obstáculo, una brecha, un corte, un río que hay que atravesar sobre las palabras expresadas. Poder sentir el viaje que hay entre lo físico y las palabras, entre una metáfora visual, y un texto. Estrategias, para saber que se siente, para ver más allá, para cruzar algo. Lugares donde pueden apoyarse nuestros pasos. Textos que también pueden ser peldaños que te permiten otear el horizonte, o las piedras que te permiten cruzar un  río, salvar un obstáculo.
Caminando hacia los comienzos, las mismas estancias de la soledad pueden  haber acogido previamente armonía, bien expresada con movimientos  sincronizados. La misma estancia se llena y se vacía. La misma estancia a la que se refería Machado , “donde yo empecé a soñar”. Entonces vas descubriendo matices,  a modo de instalación artística que cobra vida. La escena te hace ir descubriendo las cosas despacio y disfrutar de la magia de lo que ya estaba  antes y no habías visto. Te hace mirar en determinadas direcciones para luego disfrutar de  las coreografías. Sentir el placer de  ver movimientos libres, pero sincronizados. Movimientos que dialogan y que se entienden entre ellos.  Que generan situaciones nuevas y personales. Hacer el pino en la pared por pares. Sincronizar el rodar por el suelo, sincronizar el movimiento de un brazo que señala apertura, sincronizar un silencio o mirar al techo: ENTENDERSE.  Danza, como sinónimo quizá de VIDA, de algo que fluye, que se dinamiza, que crea, que se comunica. Movimientos que dialogan, espacios para la armonía. Equilibrio. Expresiones de alegría. Sentimientos que nos gusta vivir. Sentimientos que acompañan la vida.
Sentir las expresiones de los comienzos, colaboración, subir, bajar, moverse, asomarse, apoyarse..... Viajar en compañía. Reproducir sensaciones, sonidos, situaciones que ruedan, que se invierten. Cambiar el punto de vista. Sentir el cambio físico. Sentirse parte, escalera, escena, ¿realidad? Un nuevo lugar que antes no existía. UTOPIA. El lugar de los sueños. Lo que aún no existe. El comienzo de todo. Nacimiento. Empezar por el hastío.  Acabar por los sueños.
Todo sigue igual ¿o no? luces, ambiente navideño, luces en los árboles y cruzando las calles, historias que laten por Madrid, en los cimientos, en las escaleras, en las cocinas; lugares de encuentros, locales, bares, restaurantes donde tomar algo. Tomar algo. Salir. Encontrase con la vida. Grabar los sueños. Ubicarte. Saber dónde estás. Si en un hastío, o en un comienzo. Auparte  en algo, y ver el horizonte.

Inevitablemente las conversaciones derivaron hacia nuestras propias experiencias, de algo que está en el aire. ¿es posible tener una relación duradera en el amor? Ya sé que la obra no trataba exactamente de eso ¿o sí?  La gente salió por ahí. Trata de las personas. De nosotros. Despedirse con abrazos. Abrazos que se necesitan, que llegan...   Me marcho, me faltaba la otra mitad del poema de Benedetti, esta prefiero leerla ya en casa, antes de dormirme, para alimentar también los comienzos y los sueños. 
 
por suerte a veces
queda un abrazo
dos utopías
medio consuelo
una confianza
que sobrevive
y entonces triste
el adiós dice
que ojalá vuelvas. …
 

ADIOSES. por la COMPAÑIA DE DANZA EL SACO ROTO.
con Angela Domínguez, Carmen Udías, Lucile Preat, Paula Guzmán y Esther Apesteguía.
Sábados y domingos hasta mediados de enero en la sala DT ESPACIO ESCENICO
Calle Reina 9.reservas. 91.521 41 55

Autor fotografía:  Miguel Angel García.
 

domingo, 10 de noviembre de 2013

pensando en vos


Me gusta tumbarme en la hierba y pensar en vos, dejar pasar una nube, y en un minuto, recorrer tu vida; mil momentos en un instante, momentos desde que naciste y antes de nacer; si me voy  atrás, me veo con tu madre en mil sitios, recorriendo las colinas de Roma en las noches de diciembre, recorriendo los puestos navideños de la Piazza Navona, tomando un café refugiados del frío cerca de las escaleras de la plaza de España, o recorriendo las tiendas donde se compró una americana azul claro , que le quedaba bien con su pelo oscuro y sus vaqueros. Entonces las cosas allí valían miles de liras, y esas cifras altas,  contagiaban  nuestra propia vida  los días  que estuvimos por allí, como si todo quedase multiplicado por mil. Creo que en aquel viaje empezó tu vida, entre columnas romanas y templos, viajando desde la estación Termini, hasta dar con el hotel. Allí, en el museo etrusco, recorriendo la historia y las fuentes, disfrutando de Roma, y celebrando algo bueno. Asomados en el puente del Tíber, cuando las cosas no eran tan inmediatas y había que esperar una semana a que nos dieran  las fotos reveladas. Entrar en las pizzerías del Trastevere, o sentirse pequeño paseando juntos por la ciudad con las basas de las columnas que nos llegaban por encima de nuestras cabezas.

Si sigo un rato tumbado en la hierba, pensando en vos, pasarían en poco rato las imágenes del día que naciste, con esos ojos abiertos queriendo recorrer y sentir el mundo en una tarde.  El octubre que no paró de llover de aquel año. Luego tu guardería, tus campamentos, tu colegio. Tus tardes de lluvia no queriendo perder una clase de tenis, tu chándal azul claro de Nike impermeable que tanto te gustaba, nuestros partidos en las canchas del polideportivo de   Sanse, las navidades que no te dejé salir apenas de casa por los suspensos, el día que salude a la champi, el viaje a Tarifa cuando empezamos con el surf, la piscina de Jávea, la terapia de colores,  las fotos editadas, los cuentos inventados que te contaba antes de dormirte, o que siempre te recordara que sonrieras antes de acostarte, mis explicaciones de filosofía antes de la selectividad, las ganas de vivir cien planes, las esperas  a las cosas, las fotos de los veranos, los viajes a Portugal, nuestra primera bajada juntos tú de pequeña esquiando por el bosque de Navacerrada , los móviles, tus libros de tres metros sobre el cielo que te devolvían a Roma, o la infinita confianza que tienes en mi cuando me preguntas alguna cosa de  matemáticas de tu carrera de la que yo no sé apenas.

Sigo tumbado en la hierba, mientras ya  vives con una intensidad en la que no me da tiempo a seguirte, y te veo algún día recordando  las   infinitas canciones que has vivido y todas las músicas que han acompañado esos días,  y que quedan en el pasado al igual que el aroma del sitio, o el tiempo que hacía .Si llovía o hacía sol. Si hacía frío o  calor .Si era invierno o verano. Y yo recordando, me doy cuenta que no sólo naciste tú, sino también toda la música que has ido incorporando a mi vida. La cantidad de canciones que me llegan  de ti. Intensa Marta. Como las liras italianas, mi vida se ha multiplicado por mil. Entonces en una de esas imágenes la mente se me para en un día, cuando pasaste por esa ciudad revuelta que algunos llaman adolescencia, en el que yo no te dejé ir al concierto que iban a dar en el Palacio de los Deportes los de Maldita Nerea. No recuerdo la razón, pero yo estaba en mi papel, de padre que velaba por que no se te fuesen los estudios de las manos. De que no te conformaras con cualquier nota, de transmitirte, que el orden, el esfuerzo personal, el ritmo de estudio eran importantes. Maldita Nerea me sonaba a grupo superfluo, a modas de un día que pasan sin más, a nada que pudiese merecer la pena. Pero ahora veo que no, que  me equivoqué, y que ese grupo era algo más que estaba esperando en el aire, letras y sonidos que ahora  podemos compartir.  Con el tiempo, y más tarde  he sabido  que para ellos, Nerea significaba música y que lo de maldita era por lo difícil que era vivir de ella y en ella. Así que si Nerea, es música, yo me apunto a nombrarla así, siempre me gustó ese nombre. Ahora todo ha cambiado, los de Nerea, ya son un grupo maduro; atrás quedaron sus años de estudiantes dando conciertos en los bares y locales de Salamanca, seguramente años inolvidables para todos ellos, y para los estudiantes y público ganado que se sabían sus canciones de memoria, sin que aún  hubiesen publicado un solo disco. Ahora eres tú la estudiante universitaria de futuro incierto. Otros grupos estarán empezando, otros ya maduros. No  sólo es difícil la música, también la vida aunque la nuestra este llena de tantos regalos apasionantes. Pruebo a decir  Maldita Vida a ver si es que ese conjuro es la llave de seguir adelante, el conjuro que abre la puerta de todo lo que es difícil, y lo digo, maldita vida, pero me cuesta,  demasiada suerte encontrar a tu madre y  tenerte a ti  como para decir maldita vida aunque ese conjuro me abriese todas las puertas. Demasiada suerte la que nos hizo llegar hasta Roma, en una tarde de invierno, puro azar y suerte, en el que tampoco faltaron   nuestro trabajo y esfuerzo,  porque  para hacer aquel viaje , los dos tuvimos también que conjurar el futuro incierto,  esperar los  primeros trabajos, conseguir los primeros encargos, o pelear para defender nuestro  propio amor.
Tumbado en la hierba sonrío y me quedo dormido y sueño, y los sueños mezclan las cosas sin orden y sin tiempo, a veces también sin peso. Y en mis sueños sin guión establecido,  te veo viajando por el mundo, recorriéndolo entero con tus ojos de recién nacida, incansable Marta, sin parar hasta que se te acabara el dinero, y tuvieras que hacer autostop para volver a tu origen con un cartel de cartón en el que has escrito ROMA, para visitarnos a tu madre y a mi en un nuevo azar del destino….  Entonces pasa de largo un coche , ve tu cartel en el retrovisor, y lo lee al revés por el espejo…y no puede evitar parar y llevarte. Entonces recoges tu equipaje, y te acerca hasta Roma pero  él se pierde por la ciudad eterna, y tú le vas guiando como si te conocieras de memoria la ciudad sin haberla pisado nunca, sin necesidad de mapas ni de preguntas, y al bajar la ventanilla y oler el aroma de los pinos y de las colinas, esbozas esa sonrisa que te decía de  antes de dormirte, y tu memoria te hace recordar en ese instante, que ya habías estado allí mucho antes de nacer.
 
fotografía: mi hija Marta con cuando tenía un mes.

miércoles, 23 de octubre de 2013

biblioteca en un parque

El otoño a mano, de un día cualquiera de octubre, hace que uno se resista a ver pasar deprisa las estaciones sin empaparse a fondo de su paso, mientras ellas van pasando  despacio por la ciudad, y ese interés por ser más consciente de sus ritmos y de sus tonos, puede regalarme cosas cercanas, como una buena mañana de paseo por el Parque del Retiro, una especie de tregua que los madrileños tenemos dentro del ritmo siempre acelerado de la ciudad, que se opone al ritmo lento y pausado de quien quiere simplemente respirar tranquilo, pasear un poco, pensar en algo, o disfrutar del regalo del presente, palabra llena de posibilidades, que si la estirara en el espacio sería sólo una línea en movimiento que se dibuja y se desdibuja, como la línea que marca la orilla de la playa mientras la ola va y viene; palabra que a todos los efectos es una pequeña frontera casi imaginaria, entre eso tan poderoso que es el pasado, y eso tan mágico para quien es capaz de disfrutar de  los pasos del camino que llamamos futuro. La línea, esa línea móvil entre las dos cosas, es el presente, palabra que alguien con acierto la hizo coincidir con la palabra regalo. 
 
Si hiciéramos una lista de lo gratuito que nos gusta, de lo que se nos regala, y del sentimiento  positivo que suele acompañar un regalo que te hace ilusión, si esa lista la repasáramos con frecuencia, fuéramos añadiendo unas cosas y quitando otras a medida que pasa la vida, en definitiva siendo conscientes de aquello que nos hace estar alegres y agradecidos,  identificándolo en el mapa de la vida, en el mapa del ser más que en del tener, creo que caminaríamos con algo más de felicidad o al menos con más capacidad para disfrutar de esos pasos por el mundo. Entre esos regalos diarios, a mí de los mejores que pueden hacerme es la posibilidad de disfrutar de algo bien realizado, hecho con talento y oficio, algo donde puedes gustar cada detalle y no sufrirlo, algo con capacidad de aprender de ello, de estar a gusto en el rato que le dedicas. Un parque bien pensado y lleno de vida, una biblioteca bien planteada y fácil de utilizar, una lectura que te envuelve y que te permite olvidarte del tiempo. Algo de eso he encontrado por aquí en la recientemente inaugurada biblioteca Eugenio Trías, en el Parque del Retiro de Madrid; una especie de intersección de cosas que me gustan, de historias escritas que ahora habitan en un parque, y a la vez de historias vivas del parque que tienen a mano un espejo de historias donde verse reflejadas. No mucho más que unos vidrios en ocasiones transparentes que dejan ver lo que hay dentro y en ocasiones en espejo, que duplican la imagen del presente,  de las gentes que lo disfrutan, de los árboles que vibran, de una mañana llena de instantes de otoño.
He leído que el tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. Y eso es de lo que quería hablar, de cuánto dura el presente, y cuánto se escapa de las manos. Se escapa como el agua entre los dedos, o la arena de la playa que cae de nuevo a la arena como si inventásemos un reloj, o descubriéramos de niños el tiempo. Se escapa si no lo vives tú mismo, si no encuentras tiempo para perderlo, y para ensancharlo, como aquellos días largos vividos en la niñez, donde el tiempo ensanchado sí parece que  sobrevive luego hacia el futuro, pues lo vivido allí, es tiempo para siempre. Desde el tiempo del cariño dado y recibido, al tiempo grande de los días en los que hay muchas cosas nuevas, al tiempo mágico de los veranos largos, donde en cierto modo no eras el mismo al empezarlo que al acabarlo. Entonces, en esos días vividos y en esas noches soñadas,  la imaginación ya iba haciendo de tu vida un universo, no muy diferente de los procesos y los relatos que ya de mayores quedan escritos por aquí en la biblioteca.
Entonces, un charco podía ser un océano, o imaginarse que podría haber peces dentro. Una nube podía ser un rostro, otra un animal  de un cuento.  Lo mismo aquí en estos libros, cualquier cosa puede ser algo más de lo que es, un patio de Sevilla puede ser el recuerdo de toda una infancia, el muelle de un puerto en el alba, la imagen de un corazón abandonado, un espejo desclavado, la imagen de un hombre al que se le escapa el tiempo….algo parecido a esa posibilidad de los niños con los juegos, donde  una caja grande de cartón podía ser un refugio, o un palo una jabalina en el campo; igual que las personas en la vida, todas las cosas quieren ser algo en una imaginación al acecho de expresarse.  
Entre el parque y la lectura aquí hay un  tiempo diferente del ritmo de la ciudad, es el mismo tiempo pero hay una línea que lo separa de la prisa. Hay que tener un tiempo diferenciado, quizá un reloj trucado que vaya más lento, para el tiempo del amor y la lectura, unidas en esa virtud de dilatarlo.  A veces yo no sé diferenciar las cosas, sino por como respiran por cómo viven el tiempo. De algunas cosas que son misteriosas prefiero no definirlas demasiado para que no pierdan su encanto, sólo diré de ellas que viven en tiempos diferentes a ese ritmo acelerado de la ciudad, que escapan de ese tiempo veloz, y que encuentran refugio en otro tiempo distinto más lento, que es el tiempo de la ternura y del amor, que tampoco comparten tiempo con la prisa.
Hay lecturas que pueden esperarte, al igual que amores que te están esperando, y que dilatarán el tiempo, la línea del presente, esa que no podemos atrapar, pero si dilatar, hacerla más amplia, logrando que no se nos escape un día, ni el otoño, ni el presente, ni la vida. Porque en la lectura, y en el encuentro se produce una química que hace que no seamos luego los mismos. Y eso es el paso de algo en la vida propia, como esa magia de la niñez, de ser diferentes a la vuelta de un verano. Estar vivo. Querer saber querer aprender, querer amar el mundo y conocerlo. Un mundo grande, como este universo de libros. Solo podemos recorrerlo por una puerta, otro día por otra. Pero esa es nuestra manera de vivirlo. A cada paso. A cada lectura, a cada encuentro. Despacio, y sin prisa, no se trata de leer mucho, sino de ir disfrutando de un modo activo lo que uno realmente desea y quiere, y gozar de la identificación de saber lo que uno ama.
Entre el amor y el conocer se mueve el mundo del ser. Entre la realidad y la imaginación nuestra vida. En los límites siempre hay terrenos fértiles. Y el presente, ese límite fronterizo del que hablaba, me temo que es fértil, porque ahí está el dilatar de la vida. Respiro. Mañana libre. Hay un bullicio que transmite vitalidad. Los niños escuchan las historias de unos títeres mientras ríen. Otros aprenden a patinar en fila por el paseo de coches. Un saxofonista anima el paseo justo a la altura de la estatua del ángel caído. Una pareja monta en barca, mientras ella intenta acercarse a un pato del estanque de un modo instintivo de atracción hacia la vida. Unas chicas adolescentes medio ocultas en los setos ensayan un baile de alguna función que harán pronto….Y yo estoy vivo y me intereso, por usar lo que tengo, mi cabeza para conocer, y mi corazón para amar y sentir. Me marcho, ¿Qué es el presente? Puede ser un cielo, un momento, una risa , un abrazo, un poema, una alegría, una desolación, un espejo, un vidrio transparente, alguien que acompaña a alguien desolado, un amor que empieza, otro que acaba, un malentendido, una nube que pasa, un árbol que oxigena el aire, un hoja en el estanque…todo quiere ser algo en el parque, y en la imaginación de aquellos que gustan a su manera de conservar algo del niño  en la vida adulta y aparentemente más seria de estos libros que ahora han pasado a formar parte también del parque, como un espejo más de nuestras historias y nuestras cosas, como un nuevo lugar de  encuentros que están a la espera, de algo tan hermoso y tan simple como dilatar el tiempo de tu vida.
 
Fotografía: Biblioteca Publica Municipal Eugenio Trías. Paseo Fernán Núñez 24.Parque del Retiro. Madrid.

lunes, 23 de septiembre de 2013

palabras que esperan a otras (cuento)

Nada es previsible desde que empieza hasta que termina. Como en la vida, todo se integra después en el pasado, esa segunda vida de las cosas que es el recuerdo. La aventura hacia lo desconocido si la dejas se llena de factores inesperados, de sutiles influencias de tantas cosas que te volvería loco tenerlas todas bajo control. Ni tu cuerpo es igual hoy al de ayer, ni tu ánimo es el mismo, ni una ola es exactamente igual a otra. Siempre hay que enfrentarse a cosas nuevas y si sólo estamos abiertos a lo conocido, nuestras vidas nacerían muertas; sin embargo en lo desconocido alguien puso el temor, el miedo, la ansiedad, una sensación que nos pone en alerta como si hubiese que apagar un fuego.

Todo puede ser desconocido. Quizá la persona de al lado, también uno mismo o puede que nuestra protagonista, a la que tengo que describir con palabras que esperan a otras, porque ella a día de hoy no está por la labor de perseguir lo que quiere, o al menos de poner en duda que palabra es y que palabra espera. Es Sole y ella me espera en el Peine de los Vientos, con su pelo suelto y su jersey liso, en esos días intermedios, antes de que empiece de veras el otoño, en esa prórroga del verano que son los últimos días de septiembre; me espera o la esperaré yo a ella, aún no lo sé hasta que llegue, hasta que uno de los dos deshaga enseguida la soledad del otro. Ambos nos atraemos, aún más ella a mí, con su pelo suelto y su jersey liso, pero atraerse, no significa más que una constatación científica aplicada a uno mismo, como si uno comprobara al caer un fruto  la ley de gravitación universal. ¿Podría enamorarme de Sole? Podría ser, pero no ha sido el caso. No podría saberlo esta misma tarde, necesitaría un día al menos o quizá más, necesitaría dejarlo al azar del sueño y de esa atracción, dormir una noche entera y en esa inconsciencia del descanso de las cosas podría surgir algo. Y si surgiera, luego es al revés, ser muy consciente de lo que sientes, y ser capaz de interpretar bien un sentimiento. En cierto modo no depende de mí enamorarme, como no depende de mí el primer verso de un poema, o la primera frase de un  relato. Una historia de amor, puede ser el regalo de ese primer párrafo. Lo otro ya depende más de uno, de cómo alimenta o no ese sentimiento, de cómo y cuánto lo escucha.  También depende de si ese regalo  te pilla ocupado o no, saber si tu corazón está abierto o cerrado, si hay un cauce para ello, o ese cauce se ha perdido, o se ha desdibujado.  
Las primeras palabras las recibo como un regalo, algo que viene desde fuera de mí, y esa magia me seduce. Lo mismo que la atracción, pero a la atracción siempre puedo rastrearle sus pasos sin eslabones perdidos. Me atrae también contemplar arte con ella, o mejor aún estar en lugares artísticos con ella, donde alguien con talento ha ordenado cosas, ha creado espacios, elegido tonos, o dispuesto formas. Contemplar arte con ella tiene una magia especial, sobre todo a sabiendas  que en la propia naturaleza del amor hay un arte. También contemplar con ella la trama natural de la ciudad, estar al borde de algo, o estar ahí, frente al oleaje, y mirando al horizonte del mar juntos. El horizonte a efectos de amor, es el futuro, algo que hay que vislumbrar para que las cosas fluyan. Vemos las olas y su movimiento constante, el hierro retorcido que nos remite a un movimiento detenido por el frío, el horizonte y su quietud mágica. El mar, como algo vivo, con sus sonidos repetitivos, que nos  dan ya un fondo de vida y de música, de corazón que late. Me gusta sentir ese movimiento y  también como se mueve Sole mientras se ríe. Vienen las olas, y las sentimos cerca, casi mojándonos al romper, escuchando  los silbidos del  sonido vivo del mar en unos pequeños agujeros que hay en el suelo, mientras que a lo lejos  vemos  la línea divisoria del horizonte. Si ese horizonte además de muchas cosas que unen fuera común, Sole y yo seríamos felices, seguramente algo tan complejo y tan simple como dos personas enamoradas cuya unión fluye.  
Pero no me puedo enamorar de ella, porque en su coraza me avisa de antemano, me avisa y me amenaza, de que no se trata de que yo me enamore más o menos, porque ya no cree en el amor. Esa especie de ateísmo sentimental, me resulta algo ajeno, como algo que está ahí y que no está a la vez, como algo que expresa y siente dentro de una racionalidad que no acaba de encajar con lo que en ella hay de seductora y atractiva. Puede que no le falten razones para tomar esa solución. Sin embargo, no creer en el amor, es como no creer en uno mismo, es como decir no creo en algo que puede existir,  no creo en las puestas de sol, o en los amaneceres, en los momentos en los que se funde la noche con el día….es una formulación extraña, un sinsentido que me avisa que ni se me ocurra enamorarme, que ha decidido la soledad. También es cierto que no se esfuerza por seducirme, que intenta ser honrada aunque le quede un deje de seductora, como un instinto, una inercia de lo que es en sí misma, algo innato. Pero amor, no. No se puede amar bien, cuando hay demasiadas heridas.
“Todo el que ama es golpeado”, me dice, mientras las olas chocan contra las piedras y yo le digo que no, que eso no es amor, que eso es la guerra.  Ese pesimismo cósmico, esa coraza frente a las ilusiones, a la parte no real de la vida, me resulta una opción que puedo vislumbrar, pero que ha de salir fuera de uno para contemplarlo. Eso es el arte, le dije, es lo que necesita expresarse fuera de uno, para poderlo contemplar. Lo mismo pienso del amor, lo que necesita expresarse fuera de uno para verlo y sentirlo.  Pero te entiendo. Es tan fácil perderse por el camino, deambular por la ciudad, que los sentimientos nos atenacen, que te entiendo. Sé que no puedo enamorarme, y tú no puedes dejarme de gustar, es un hecho constatable, una energía que está ahí, y vale, de acuerdo, al menos podemos ser sinceros.
Empezaba el otoño. Vimos  las primeras hojas caídas de algunos árboles, con esa belleza que toman sus tonos en el suelo, y vimos cómo iban cayendo al suelo lentamente, flotando un poco, girando una y otra vez hasta caer de un lado o de otro.  Todas tenía un haz y un envés, y unas caían boca arriba y otras boca abajo, quizá el azar, un ligero soplo del viento, algo que le daba su posición exacta en el suelo. Nos sentamos en  un banco, observando el mundo y el paso del tiempo juntos, con esa Sole que no me deja enamorarme, pero que me da la confianza para contarle lo que quiera. Eso también me gusta, porque puedo expresar cualquier tontería que se me ocurre, una idea, un sentimiento inmaduro sin temor a que sea inconveniente, como quien baila a su ritmo por el placer de  bailar, por expresarse sin más. Son cosas en el aire, hojas en el aire que contemplábamos en silencio, un silencio activo y a veces atractivo.  Aún no había esa melancolía del otoño, sino que había la frescura bella del final del verano. Algunos surfistas iban camino de la playa, con sus tablas, oteando  las olas, con la mirada en el horizonte, intuyendo una posibilidad de disfrute y los cuerpos ágiles y decididos, agarrando sus tablas bajo el brazo. La ciudad empezaba a cobrar su ritmo. Unos chavales pequeños, se dirigían a sus partidos de futbol, con sus equipaciones recién estrenadas, con ansiedad por jugar, por estrenarse, por ganar. Había alegría, y esa magia de los días intermedios de las estaciones, de los momentos límite, de la belleza que adquiere un momento de unión de algo, de límite entre el verano y el invierno, de los colores que vibran, de las luces prolongadas. Allí con Sole, mi escéptica Sole, y las hojas cayendo…. -Imagínate que en cada hoja pusiera una palabra romántica-, le dije, por ejemplo amor, en otra hola, en otra te quiero, en otra te necesito….serían palabras bellas, palabras que necesitan ser renovadas y que se caen, de un modo hermoso. Aquel matiz era el comienzo de un optimismo creativo. Ahí había el comienzo de algo, como de un primer verso. Me empezaba a gustar la idea, pero Sole me insistía en su visión de quien no se rinde fácilmente, y me sugería que en otras hojas pondría   desilusión, temor, adiós….Por supuesto, Sole, así es, pero creo que no estarían en hojas diferentes, le dije siguiendo el  juego; creo que no serían hojas diferentes, que estarían en las mismas hojas,  que serían parte de lo mismo, que en una hoja por delante pone hola y en la vuelta adiós, que en otra pone palabra, y en su envés pone hecho, en otra pone amor y en su envés conocimiento, en otra fantasía y en el envés realidad….No podemos tomar solo las palabras de una cara para construir el amor. Esa es la desilusión. El amor,  es un momento de una palabra, un ciclo, una danza en la que podemos entrar, sabiendo que hay momentos y tiempos, que todo ha de estar en movimiento para estar vivo.
Me puso cara de duda, pero dudar era el comienzo de algo. A lo lejos veíamos los surfistas, la ciudad y su trama. La bella convivencia que se daba entre lo natural del mar y sus montes verdes, con la trama urbana racional y recta del ensanche burgués del diecinueve. El calor del verano, estaba en nuestros cuerpos, sin duda el amor pertenecía a la imaginación, pero se conectaba con la realidad por su envés, con otras palabras menos fascinantes, pero decisivas. Pensamos al ir caminando nuestras palabras, y nuestros reversos. Nuestras frases luminosas y oscuras. Lo que te apasiona, y lo que no. Lo que te viene desde el universo, y lo que viene de dentro de ti.  Fuimos con ellas paseando por el camino de la playa, descalzos, de nuevo hasta el Peine de los Vientos. Y en  hojas recién caídas escribimos algunas de esas palabras, para dar rienda suelta a nuestro deseo de que salieran volando por el aire, verlas perderse entre el verde y el mar,  mientras veíamos las olas chocando incansables contra las rocas. Por allí, entre el hierro duro, y el horizonte eterno, entre el oleaje repetitivo  y musical, aquellas palabras sueltas, desechas, olvidadas, esperaban, quizá algo de frío, algo de intemperie, un letargo, un  desprenderse de ellas, pero a sabiendas de que a ambos así, nos esperaría una mejor primavera en el horizonte.
Se me ocurrió quemar alguna, despacio y sin miedo, mientras veíamos arder amor, a la vez que temor en el reverso.  Al destruirse, pude ver que era parte de lo mismo, de lo que yo hubiera puesto en el envés de lo que amo.  Eso me daba cierto poder, y cierta responsabilidad. El amor ya no era algo tan externo a mí algo tan dependiente del exterior, de si hiciera bueno o malo, de si estuviera el mar surfeable o no. Nos regalamos ver juntos las cenizas de algunas palabras esparcidas por el aire.  Al verlas volar, vi en el aire esas palabras ya destruidas, el amor y sus cenizas volando, aquellas palabras de amor volando con sus reversos, fuera de mí, fuera de nuestro interior,  me hicieron sentir una nada a dónde agarrarme.  
Ellas sueltas adquirían cierta magia, unidas a las palabras del conjunto. Metidas en un tiempo y un lugar. Sin darme cuenta empezaba una historia nueva. El hierro retorcido, recibía las cenizas de aquellas palabras con naturalidad, sabiendo cuanto había de error, de duro, de áspero, de falta de esa suavidad que detectaba en el jersey de Sole. El mar, el oleaje, era una especie de música repetitiva, que me hacía sentir la vida de otra manera, palabras que se repiten sin cansarnos, palabras que necesitamos, que hipnotizan un poco, que te relajan, que te predisponen a unirte, a abandonar tu soledad. Al fondo el mar, el horizonte, algo que empezaba a divisarse como una posibilidad de nexo de unión, algo compartible contigo. La fuerza de las olas erosionando las rocas, la dureza de la piedra,  y transformándola en arena suave de la playa, donde tender una toalla que espera  toda la sensualidad de un cuerpo de mujer. Allí estábamos, Sole y yo, convenciéndola cada día de que amar merecía la felicidad que podía traer, no la pena. Solo si decimos adiós a nuestras palabras, podremos decir hola a un día nuevo. Entonces, palabras, que esperan a otras, que no pasa nada por destruirlas. Palabras, que llevan un reverso. Días nublados, que esperan a días soleados. Inviernos que esperan a veranos. Luces que conllevan sombras. Todo es uno. Quizá yo soy tu palabra y tú eres mi reverso.
Entonces vimos  el hierro, el hierro que había estado antes al rojo vivo, igual que el deseo, y el agua, constante, llegaba ahí apagando y templando ese deseo, que ya rígido e inerte quedaba de testigo para siempre. El interior de la tierra es magmático, incandescente y vivo. El nuestro también. Las zonas de destrucción de la tierra están al borde de los mares, y las nuestras al borde de nuestro mar, que es la soledad. Contemplar tu propia soledad, con signos, con esculturas, con oleajes y con horizontes, era como conocerla fuera de ti. 
Amar, era solo sincronizar todas aquellas palabras que habían salido volando por el aire. Amor, temor, miedo, palabras con reversos, palabras ocultas, palabras de un diccionario no alfabético que es el amor. Aquellas palabras volando, aquellas cenizas, eran el final de algo, un adiós, que también podía llenarse de belleza.
Al verlas por ahí sueltas te echaste a llorar. No querías en el fondo que se te escaparan, que una ráfaga de viento se las llevara, que pudieran ir a parar contra las rocas, contra el mar, contra los hierros,…te echaste a llorar, y entonces te abracé, y al sentir tu abrazo tan cercano, entendí que no era cierto tu ateísmo sentimental, que era solo cuestión de estar abierto a un nuevo curso, a recibir una estación, a seguir acompañando el tiempo, a dejar que soplara el viento, y que desordenara un poco tu vida, a jugar una nueva baza, a soñar despierta…. Volvían los chavales de sus partidos, algunos felices otros con la derrota en sus rostros….
Pero todos querían volver a disfrutar de otra oportunidad.
Los surfistas volvían con sus caras felices, agradecidos en ese cansancio placentero, que te otorga el haber sentido  el cuerpo dentro del mar.
Y tu yo, volvíamos a algo, con todas las palabras en el aire, esperando palabras nuevas, palabras que están esperando un otoño, un desprenderse, un soltarse, para que vengan otras nuevas, porque estas ya no nos valen, más que en la segunda vida que pueden ser los recuerdos. 


Fotografía: San Sebastián,Peine de los Vientos, obra del escultor Eduardo Chillida. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Septiembre en Madrid


Me gusta ver el año bajo la luz de septiembre, con esa prolongación de sus sombras en la tarde, como una prolongación alargada del verano, cuando el cuerpo se encuentra a gusto y agradecido de ese contacto cercano con la naturaleza que el verano regala, con la memoria cercana de haberse sentido inmerso en el agua del mar, el placer de los paseos en bici o las excursiones por la montaña. Necesitamos los descansos, pero también sentirnos abrazados por la naturaleza, acariciados por una brisa inesperada, por un paseo tranquilo al borde de una playa o un lugar ajeno a la actividad de Madrid.

Lo que uno desearía es prolongar esas escapadas, mientras Madrid nos espera a los de aquí como un destino inexorable, aquello que no sabemos que ha sido de él en nuestra ausencia, algo que no ha podido marcharse de sí, ese lugar donde el calor excesivo no es buen compañero para ningún trabajo, ni de todo lo que suponga esa carga de esfuerzo que las tareas y la lucha por la vida traen consigo.  
Pero una vez desalojado lo más excesivo del calor , uno desearía que no acabara este periodo, poder prolongarlo un poco más y compatibilizar mejor el trabajo con el descanso, el hacer con el reposo del hacer y ver en lo hecho cuánto hay de satisfacción y deleite, y cuánto hay de aquello que es mejorable o simplemente equivocado. La vida, si paras, te da una segunda oportunidad en todo. Y lo conseguido en algunos campos, solo es un  testimonio de que todo es posible, pero nada más que eso, porque hay que volver a empezar de nuevo, seguir aprendiendo con ojos nuevos y a seguir en muchas facetas vitales reconociendo que empiezas otra vez de cero.  
Así, este septiembre es nuevo, cambios que llegan, nuevos cursos de los hijos, nuevos proyectos y situaciones. No has vivido ningún septiembre exactamente igual. Cada día que empieza es nuevo al igual que este septiembre. Solo el miedo a lo desconocido, la corriente de las tareas programadas nos quiere meter septiembre en una rutina. Pero no es así. La ciudad, -tú ciudad- sigue viva  con sus pequeñas transformaciones de las que tú formas y puedes formar parte más de lo imaginado. Quiero no dar mi ciudad por conocida,  aprovechar para verla con la positividad que te ofrece el haber descansado. Hasta ella llega septiembre con un toque a comienzo, vida nueva de lo que empieza y  supervivencia de lo que resiste después de un verano.  Yo lo  prolongaría  en alguna  noche cenando cerca del río, o en la parte alta de la cornisa madrileña donde sopla la brisa al caer la tarde, en el desnivel tan agradable del paseo que va del templo de Debod hasta el  Palacio de Oriente, y llegar allí ya de noche a tomar algo por sus animados bares y sentir que el verano te sigue regalando la magia de poder estar cerca de las cosas, cerca del aire y del mundo.
Visto así,  septiembre fuera de lo programado para mí es un regalo, donde espero robar unas horas al trabajo, y poder recorrer y disfrutar la ciudad y sus cambios. Algunas son cosas nuevas, otras son zonas del pasado, barrios ya viejos, que vuelven a revitalizarse y a cobrar nueva vida a la luz de hoy. Igual con el arte, las lecturas y la música. El tiempo pasa de otra forma por la cultura, a veces sorprendiéndonos con algo que vuelve  a cobrar nueva vida en cada uno, hallazgos de aciertos que fueron de otro tiempo y que ahora me parecen que aún siguen vivos, como si mi lectura o mi escucha los rehabilitara cobrando segundas oportunidades, como esos barrios que encuentran nuevas posibilidades, nuevas formas de ser habitados, matices que en su momento se te habían escapado y que ahora captas como en las segundas lecturas de las cosas que te han gustado.  Al igual que es deseable un equilibrio entre el descanso  y la actividad, me gusta equilibrar el saborear las cosas bien realizadas de los que nos antecedieron, con la apertura a lo nuevo, a lo que está por hacer y que aún está germinando.  
Y en esa lectura viva que son mis pasos por la ciudad me gusta descubrir en ella cuanto hay de poesía y cuánto hay de supervivencia. La poesía la  encuentro en esas sombras alargadas, en los matices de la luz al atardecer, en los cielos que comienzan a ser un espectáculo, en los perfiles de los edificios contra un cielo mágico, o en la misma  salida del metro en la noche con gente dispuesta a divertirse y disfrutar de su vida y de sus amistades, de sus encuentros o de sus parejas, con la magia en el aire y en sus ondas. La supervivencia son nuestros trabajos, las infinitas preocupaciones, la ristra de facturas interminables, los problemas que nos atañen. Ninguno encuentra solución, en mi caso en el momento que lo deseo, por lo que sospecho que ambas cosas son vasos comunicantes, y que en un descanso, un encuentro, o en una puesta de sol, puede estar la clave de algo que afecta a la actividad y viceversa. 
Al final, la vida de uno, las ciudades, los países y el mundo son muchas tramas vivas, tejidos espaciales que se superponen, lugares  e historias que van pasando, y que al recorrerlas nos comunican algo; lugares donde la historia y el tiempo han ido dejando su memoria, dejando su testimonio como puntos donde se han desarrollado episodios que revelan que nunca nada fue fácil, pero también al tiempo descubrir que siempre quedó algo en forma de calle, de jardín o de arquitectura que fue hecho con talento y amor al oficio. Ya en el camino de vuelta a casa y con esa magia que permite un paseo a la luz de la luna y a la brisa del aire de la sierra, después de haber compartido vino y mantel en buena compañía, uno disfruta aún más del aire libre, de seguir paseando y dejarnos sorprender ante  la imponencia del Palacio Real vacío e iluminado, que se llena, con las canciones de unos  músicos que están interpretando  una pieza con aires de romanza italiana en plena noche dejándonos impregnar un poco por esa  poesía que es necesaria para saborear la vida y el tiempo. Son jóvenes, al violín y al contrabajo, mientras que un tenor lanza su voz grave y medida directamente a la fachada vacía del palacio deshabitado. Son buenos músicos, que no se si tocan por placer o por sobrevivir. Seguramente las dos cosas. Y entre esas dos cosas quiero que se mueva mi septiembre, el placer de vivir y la supervivencia de las cosas, como dos tramas de la misma realidad, como dos caras de la luna, que se comunican, que se respetan, que se quieren, y que quieren convivir.
fotografía: puesta de sol en el parque del Templo de Debod.(Madrid)