domingo, 17 de abril de 2016

La otra orilla (cuento)

Durante el cambio que se produce poco después del paso del invierno a la primavera, -esa frontera de la luna llena que marca el transcurso de la Semana Santa- estuve bajando a comer a un chiringuito en la costa que tenía la vocación de querer adentrarse en el mar, flotar o sujetarse  como un palafito, porque una vez sentado allí dentro, solo se veía agua y espuma, con un oleaje algo revuelto y desordenado que recibía y a la vez reflejaba  una luminosidad casi material, tamizada por unas sencillas esterillas que conseguían  un ambiente protegido del exceso de luz con una eficacia sencilla y agradable. También pude disfrutar del sabor, -que siempre mejora fuera de la ciudad y fuera de la prisa- y allí, mezclado con la naturaleza y con bastante más gente, pude apreciar unas sensaciones placenteras y flotantes  que la naturaleza regala en algunos enclaves, sobre todo si en estos el ser humano que trabaja o vive, habita de un modo en el que la naturaleza juegue a su  favor y no en su contra.

Al cuerpo le basta  un simple chiringuito en los paraísos naturales, hecho con materiales cercanos y sencillos como la madera de la viguería del techo o del suelo, las esterillas de caña en las ventanas, o aquello que queda mano en la naturaleza, y mientras uno se une al alcohol del vino o al sabor fresco del atún rojo, a  las ensaladas con marisco y aguacate , al aceite de oliva o  la intensidad tan vitalista del tomate, uno queda mezclado con  lo que la naturaleza ofrece, comiéndose también color y luz contenida en cada sabor maduro, en cada sorbo de vino frío de un rosado que me animé a probar.  Supongo que siempre se está a tiempo para  poder descubrir paraísos naturales y elementales .¿quién no ha podido sentir la plenitud de un sabor cerca del mar y de sus recuerdos? ¿Quién no ha sentido la plenitud de una canción o de la vida misma? Sombra del paraíso llamaba un poeta a esta tierra (o a este mar) una vez alejado de  ella, ¿o quizá se refería solo a su niñez? Quizá que las dos cosas juntas. La niñez mezclada con una tierra que fue un paraíso natural. 

Las parejas o amigos que comen y conforman ese ambiente en el que uno se mete- como quien se mete en el mar- charlan de sus cosas, de sus proyectos, sus impresiones, conviven comparten, alrededor de la comida, mientras el oleaje que queda fuera, le hace a uno sentir vivo, inmerso de verdad en algo. ¿Y si el mundo fuera recién creado? ¿y si nuestras células al igual que los cerezos  resucitara en cada primavera? ¿Si el paraíso no estuviera sólo en el pasado y en la literatura sino en el presente o él futuro también? La vida en el chiringuito prosperó unos días más. El sábado vino por allí un cantante, que recreaba canciones del pasado, con una voz y un deje que quedaban bien en el ambiente flotante, entonando el guantanamera, guajira… cambiando ligeramente el ritmo y adapatándolo a su modo. 

Entonces aunque estuvieses comiendo en las mesas, no se si británicas o españolas, madrileñas o andaluzas, la gente instintivamente cantaba a la vida, al vivir, quizá a un sentimiento de alegría, y se oía alguna mesa entera coreando  guantanamera….sin mayor pretensión  que cantar, y viajar, con ese revuelo que la primavera suele traer a la sangre o a las hormonas, celebrando la vida.

Flotar….a la vez que íbamos perdiendo la gravedad de las cosas. No creo que nadie hablara demasiado en serio de sus problemas, de modo que el cuerpo, (cada célula) necesitaba su dosis de bienestar, de integración en el paisaje, de ser y de sur. No sé a qué hora fue, pues prolongábamos la sobremesa apurando el bienestar sin ninguna prisa ni consciencia, que sin darnos cuenta el chiringuito había perdido su anclaje al firme e iba avanzado en el mar, y  ahora veíamos el agua por las dos ventanas, la que daba al sur y la del norte, convirtiéndolo en una improvisada balsa, mientras las versiones continuaban su curso, con una voz cadenciosa, indeterminada, algo del acento canario, con dulzura… Una vez ahí con el mar por los cuatro costados, nos dimos cuenta de que todos éramos compañeros de viaje. Entonces empezamos a conocernos. A saber unos de otros con esa magia de los viajes. Los ingleses estaban encantados de romper su aislamiento ancestral y contactar con nosotros, de saber algo más, de las historias de nuestras vidas. Y de desconocidos que compartíamos la atmósfera y los sonidos pasamos a ser conocidos. Recordé muchos barcos navegando hacia algún lado, los barcos que huyen de algo, y a la vez con los que sueñan con algo. Me vino a la memoria el  Winnipeg  entre otros. Y girando lentamente llegamos a la otra orilla, a la que quedaba enfrente –mar por medio-de nuestro pequeño paraíso, en donde amarramos aquel empalizado. Seguíamos en lo mismo, pero ahora veíamos la península  desde el sur. El sol nos entraba por nuestras espaldas. El sabor , el vino, la alegría no mermaron, aunque empezamos a añorar nuestro punto de origen. Nos instalamos como emigrantes llevados por la deriva de las cosas, el deje de las canciones, la posposición de todo trabajo. El descanso o la paz.

Y decidimos  volver adonde habíamos partido.

Como siempre, aquel mundo que habíamos vivido, al igual que la niñez, ya no estaba. 
  
Tampoco nosotros éramos los mismos.

sábado, 19 de marzo de 2016

luz de marzo en Madrid


“Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver”

Diego Velázquez, en palabras de Buero Vallejo, en su obra de teatro "Las Meninas" 1960. 

Hay una simetría entre el comienzo y el final del día en la ciudad, algo que nos saca de nuestros propios pensamientos y que nos permite agradecer algo tan esencial como la luz  sobre el entorno, la incidencia de la luz última de la tarde o primera de la mañana de estos días en los que sin prisa vamos dejando atrás un invierno extraño. Inmerso en el movimiento propio y en el del tiempo, hay instantes en los que éste parece detenerse mientras percibo lo intangible de la luz en la materia tangible de la ciudad, rebotando en ella mientras ocurren las cosas.

Tras la luz, tras los vidrios o la materia física de nuestros espacios se interrelacionan las infinitas tramas que tejen un día en la ciudad. La ciudad laboral y su incidencia directa en el mundo de la vida personal de sus habitantes, el casi siempre desconocido destino de nuestros trabajos entremezclado con el de nuestras vidas. La sucesión de nuevas contrataciones o despidos, el nacimiento de nuevas empresas o el seguramente inevitable cierre de otras.  Un mismo día, encierra comienzos y finales de etapas, de proyectos, de deseos o de ilusiones invisibles, y en alguno de ellos puede esconderse la imperceptible frontera del cambio que separa el espíritu de un  tiempo que acaba y el de otro que empieza. La ciudad mientras, se entremezcla con muchas ciudades al tiempo. La ciudad turística, con la ciudad provinciana; la  ciudad cosmopolita, con lo que queda de ciudad castiza; la ciudad de los jubilados con la ciudad de los niños; la prisa de una madre que deja a sus hijos en la guardería en Madrid sorteando los semáforos y tan solo unas horas más tarde en una tregua de trayectos y acelerones la calma de los ancianos que bajan a la plaza de algún barrio periférico, a pasar la mañana, sentados sin más, habitando en su memoria pasada y en el presente del momento… 

Como en nuestra mente, también en la ciudad las cosas pueden quedar a mano o tremendamente lejanas. Una persona decide acudir a un especialista. Otra a ningún lado. Otra está preocupada con su madre. Otra con el rendimiento de su hijo….. Hay una zanja abierta. Una red que se  renueva, un barrio que se reforma, otro que se degrada. Los turistas descansan y tienen cara de turistas. Viven el presente de su viaje. Desayunan con tiempo por delante. Acuden a museos o a lugares que habitualmente no visitarían en su ciudad. Algunos son parejas ya mayores. Otros van por su cuenta, a su aire. Otros en grupo integrándose en esa sensación colectiva y especial que suele darse en los viajes. En la parte alta de un autobús, viéndonos o sin vernos, observan la ciudad, mezclados los tiempos, y mientras ellos recorren los centros históricos de nuestro pasado, la ciudad laboral transita por los trayectos modernos de la M-30 o la M-40.

Unos turistas visitan el Palacio Real o los cuadros del Prado y atienden a las explicaciones de lienzos famosos como las Meninas, Las Hilanderas o la Rendición de Breda…instantes y luces que encierran su misterio en el nunca del todo comprensible aire de Velázquez.… Las columnas neoclásicas de Villanueva del Prado marcan un orden matemático, en ese Madrid de piedra y de ladrillo….

Y mientras la vida y el tiempo discurren con una complejidad también inaprensible. Alguien opera en un quirófano, mientras en ese momento puede que otro alguien corrompa el sistema o la convivencia. Las diferentes generaciones van sucediéndose por la ciudad mientras la configuran con el destino de sus trabajos. Un cuartel, una delegación de hacienda, una sucursal bancaria, una asociación de discapacitados…. Silencio, una sombra, un reducto de paz que va acompañado de armonía. Ruidos, superposición de ruidos. Obras. Superposición de obras. Estadísticas, adioses. Paseos, parques. Calles, barrios. Mundos. Libertad, historia, recuerdos…

Alguna vez todos hemos llegado a Madrid, aunque hayamos nacido aquí. Atrás en el tiempo, casi todos somos de otro sitio. La luz de marzo, choca contra las superficies de la ciudad. La curvatura del hormigón del pirulí, deja deslizar la materia intangible de la luz, por la materia tan sólida del hormigón; Detengo mis sentidos en  el agradecimiento de la luz, en una ciudad que da vueltas, como los años, como los días; miles de historias solapadas pero que están contenidas en una extranjería compartida; algún día todos llegamos a la ciudad, y ese primer día en Madrid, siempre estará en la memoria de aquel que llegó para quedarse viniendo de otra parte, haciendo de ello materia de recuerdo y de encuentro. También la vida. Como llegamos a ella y sus inicios es materia de nuestro urbanismo o arquitectura interior.


Me dejo sorprender por la luz mezclada con el frío de marzo,  viéndola chocar contra la volumetría de la ciudad, contra la tridimensionalidad de las cosas. Ese agradecimiento a la luz, proporciona la posibilidad de detener el tiempo en un instante, y mientras tú pasas puede que sea la ciudad la que se detenga un momento también y te integre en ella, como a los turistas que sin pretenderlo pasan a formar parte de la dramaturgia de las Meninas, o nosotros mismos formando parte de la ciudad mientras viajan viéndonos o sin vernos ellos desde las plataformas altas de los autobuses.

martes, 16 de febrero de 2016

El camino inverso (exposición del escultor Julio López Hernández)

Ya que el oficio del escultor  implica llegar a ser, tanto artífice como testigo de los llenos y de los vacíos, de lo frío y de lo fundido, de lo que se sostiene y de lo que se derrumba por su propio peso, esa  misma cercanía con la materia y sus procesos le implican también con lo que de lleno y de vacío conlleva la vida, con lo que de frío y de fundido tienen nuestras relaciones, y con lo que se sostiene y se derrumba de nuestros propios sueños, esperanzas o proyectos. Esa cercanía  con la parte más literal de la vida, de todo aquello que expresa o que capta VIDA, le hacen a uno sentir al igual que con lo humano, que toda esa materia inerte de bronces o de piedras, no configuran un mundo ajeno.

Cada escultura, cada proceso creativo, conlleva también un fragmento de historia, de relato que uno puede imaginar a partir de la solidez material de cualquiera de sus piezas, pensadas para lugares que se intercalan en nuestras calles, de un modo parecido a la de esos artistas-actores  que se transforman en esculturas urbanas en medio de nuestra ciudad, quietos, con una quietud que se te arroja a la cara a partes iguales entre la desproporción de estar así toda una mañana y la creatividad  de la figura lograda.

El camino inverso, (así se llama la exposición)  es la posibilidad que aquí tenemos de disfrutar de los dibujos previos a determinadas esculturas y de contemplar el paso del dibujo a lo tridimensional a través  unos trazos que constituyen obras plásticas en sí mismas,  donde los pliegues de la ropa, la consistencia del cuerpo o  la caída que la gravedad provoca en todo lo que nos acompaña ya están  presentes. El camino inverso, es también desandar un camino de largos años  y dejarnos seducir en ese juego poético y literario que acompaña el mundo creativo de JLH, mientras al desandar ese camino aprendemos algo de él, enseñándonos a nosotros a observar como el propio dibujo capta una energía vital, como resiste cada cuerpo la gravedad , con que energía se mueve, mira, o hacia donde dirige manos y mirada….Esa inmersión en la realidad  corporal, con dibujos de cuerpo entero y a la misma escala que físicamente somos, unida a la captación del alma o espíritu que originan nuestras expresiones me han descubierto un mundo desconocido y fascinante, con unas sensaciones similares a las que provoca adentrarse en el taller de alguien cuyo trabajo te interesa mientras te comunica  algo de sus pensamientos y sus asombros.

Entremezclados con los carboncillos y los bronces hay una trama de pasión por la literatura, desde esas manos maternas que sostienen un libro de poemas de San Juan de la Cruz tumbada en la cama con una chaqueta vuelta del revés, esos retratos del poeta José Hierro, esa magnífica escultura de  Lorca, o los rostros del historiador  Madariaga, mezclados con los retratos familiares de unos rostros que se repiten y de los que el artista es testigo en el tiempo. La figura de una mujer joven, caminando con sus cuaderno, carpeta y libro en la mano, como si revisara una lectura antes de entrar en clase, en una instantánea que puede ser fragmento de una historia mucho más amplia, mientras que a la izquierda queda la escultura de Lorca, con las manos abiertas dejando volar una alondra, generan y completan esa sensación urbana y ese toque fotográfico de quien capta el instante propio de otra persona.  Todo metido en un mismo material, que materializa por igual  el cartón de una tapa de cuaderno de apuntes con su espiral de alambre, las gomas elásticas de una carpeta con solapas, o la mayor o menor flexibilidad de las tapas de un libro escolar, unido a saber expresar como se adapta un traje en el cuerpo de una mujer, como viaja con nosotros un abrigo mientras caminamos, como se volumetriza la caída de una bufanda de lana, o el pelo que cae por la espalda…Todo ello pasado a la nobleza del bronce, mármol o resinas, como quien pasara cosas muy distintas a la unidad de una sola materia, del mismo modo que las palabras que no son otra cosa que conjuntos de letras similares nos transmiten infinitos significados diferentes.  Así la materia del escultor, capaz de hacernos sentir la memoria de aquellas carpetas normales y habituales que cualquier estudiante ha utilizado, el repaso de última hora de un examen de algo…mientras al lado, queda la figura de Lorca, con un pájaro a punto de volar en libertad, en nuestra imaginación o en nuestros sueños, conformando esa realidad repleta  de símbolos, de momentos que uno detiene en la memoria  y que le gustaría expresar  para que no se pierdan. Momentos cotidianos, capaces de enamorarnos de un modo humano;  capaces de hacernos  percibir algo más que un mensaje concreto. La impregnación en el aire de  una energía personal, que luego queda materializada en algo que parece muy real, tridimensional, dejando detalles de un momento que en algo nos cautivó o  nos llenó de una energía admirable.


Uno entremezclado con  la piedra y el barro, el bronce y el carboncillo, la madre y el parto, la lectura o la música,  la posición erguida o tumbada, la expresividad de nuestra propia postura, el lenguaje del cuerpo, lo que anuncia algo, una lluvia, un cambio, un espejo…un gesto o un descubrimiento, la niñez y la vejez, en un oficio al que JLH le ha quitado el pedestal para hacerlo a ras tuyo, mezclado eficazmente entre la gente, haciendo de su oficio algo así  como un juego de espejos de asombro que nos hablara de nosotros mismos. 


El camino inverso. Exposición del escultor Julio López Hernández. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid. Hasta 6 de Marzo 2016.

domingo, 7 de febrero de 2016

trayectos.

Algunos tramos de la vida son inseparables de los trayectos, los tiempos empleados para ir de un sitio a otro, los escenarios por los que pasábamos hasta llegar al instituto, a la universidad o más tarde a nuestro primer trabajo. Aquellas primeras decisiones que tomábamos, elegir estas u otras asignaturas, apuntarse o desapuntarse a un deporte, ganarse un dinero con alguna actividad, o elegir unos estudios universitarios u otros, iban a configurar aparte de la sustancia de nuestras elecciones, unos determinados trayectos que íbamos a repetir durante muchos días en una ciudad que como nosotros mismos estaba destinada a ir transformándose a través del tiempo. Todo cambiaba con rapidez, y cada año tenía un ritmo, aunque no lo percibiéramos entonces, como no se percibe ni el crecimiento ni el deterioro de nadie en un solo día,  sin ser conscientes del cambio en el que estamos inmersos ni del posible futuro de  la ciudad o de nosotros.

De aquellos trayectos urbanos en los que uno atravesaba tiempos y espacios, barrios y  mundos que aquellas decisiones nos habían obligado a atravesar, iba quedando en la memoria un  Madrid que se iba conociendo y descubriendo desde paradas de metro, paradas de autobús o caminando mientras uno iba haciéndose con una ciudad que recuerdo envuelta en un gris urbano de días nublados y de asfalto mezclados con esa tonalidad neutra que se esconde en el interior de la piedra de nuestra sierra. El hormigón con sus capas sucesivas del humo de los coches de Cuatro Caminos, aquella mole de puente que en su momento había sido una solución aceptada y moderna, la recuerdo más bien por el espacio sombrío que dejaba la parte inferior de la losa del  puente, con aquel giro de autobús que yo tomaba hasta Moncloa y desde allí a la escuela de arquitectura esperando un tiempo parado bajo aquel puente hasta que arrancaba. Cuatro Caminos, era un lugar que recuerdo por su tienda de discos, con aquella  artisticidad de las portadas expuestas en aquel pequeño escaparate, que contrastaba con la dureza de aquellos soportes del puente que como muchas otras paredes y calles de aquel Madrid servían de base y de soporte para las diferentes ideas, de reclamo de una efervescencia cultural plagada de eventos y conciertos musicales. Aquel Madrid, era un Madrid donde aún el pensamiento y la dialéctica ocupaban un espacio físico y tangible, antes de que la prepotencia del dinero, la soledad del egoísmo, o la vaciedad del descerebramiento hubieran llegado al día a día de ese espíritu de los tiempos que más o menos trae consigo cada década. 


Apenas queda nada de los vinilos, del vidrio que separaba el deseo de un disco, y la posibilidad de comprarlo por un dinero que para un joven siempre era mucho. La lenta desaparición física del  papel de la prensa, o del protagonismo propio de los cafés y sus conversaciones de cualquier bar de Madrid, mezclándose las capas de humo y de carteles  sobrepuestos contra el hormigón de aquel puente, en el que recuerdo un día de lluvia resguardándose bajo su losa  a un Alfonso Guerra de la época progre arengando contra la entrada en la OTAN con el ambiguo lema de “OTAN de entrada no”. Unos meses después, Guerra y González, asomados a la ventana alta de un hotel habían llegado al poder. A partir de ahí,  la historia ya fue otra. Los trayectos tomaron sus giros como aquellos autobuses en Cuatro Caminos. Y la gente siguió madrugando, yendo al trabajo, los carteles poco a poco fueron perdiendo su materia, la yuxtaposición de unos contra otros haciendo de sus capas un gramaje denso de mensajes o de imágenes sobrepuestas de mensajes políticos, conciertos, ofertas de viajes universitarios…. Los discos poco a poco fueron desapareciendo, perdiendo peso los cines, las películas de pensar, las librerías, para ir desembocando en el mundo virtual y más plano y lleno de gafas y de ópticas de nuestra ciudad ahora turística que va rescatando cada año, un tramo antiguo, una esquina, una moldura ecléctica que el desprecio de los setenta y los ochenta tendían a olvidarlos como quien lanza a la invisibilidad  un pasado contra el que combatió.  

En aquellos trayectos urbanos, un arquitecto en ciernes, observaba la ciudad, la lectura de sus edificios deslumbrándose por unos hitos modernos en los que casi nadie se fijaba, inmerso en esa especie de religión de la arquitectura que deja sus señales en la ciudad como los hechos sagrados de un mesías en el evangelio. No creo que reparara demasiado en aquel puente y la  mole gris del hormigón urbano que  un buen día desapareció. Aquel escenario inevitable de los trayectos de parte de tu vida, de repente cambia como quien cambia los azulejos de una cocina o la distribución de una casa y no acaba de reconocer el espacio en el que ha repetido muchos trayectos. El espacio cambia y desparece el artefacto de un tiempo, que vuelve a dejar los balcones del primero y del segundo piso de los edificios en su dignidad original con el mismo poco ruido que previamente los había dejado a ras del humo de escape de los coches. Años después Cuatro Caminos volvió a tomar ese toque urbano y metafórico que uno gusta percibir en la ciudad…son los trayectos, la vida, los giros, los autobuses…los tiempos muertos que no lo son, en los que nos fijamos en nuestro entorno, en la configuración de nuestras calles, en decisiones que nos llegan a veces en las paradas inclinando la balanza de nuestra voluntad para  apuntarse a algo o desapuntarse, para pasar a ser parte de tu ciudad, viajando en la inercia de nuestras propias decisiones,  ocupando la mente en lo que fuera en aquellos tiempos muertos hasta que el autobús arrancaba…

domingo, 31 de enero de 2016

Tiene que llover...

Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes
pero ¿quién nos ata?
Dame la mano y vamos a sentarnos
bajo cualquier estatua
que es tiempo de vivir y de soñar y de creer
que tiene que llover
a cántaros.

Pablo Guerrero. (de la canción “tiene que llover”)

Aún no había cumplido yo los diez, cuando del mundo creativo de Pablo Guerrero, nació aquella música y aquella letra, cuya suerte discurrió paralela a lo que pudiera ser la historia de nuestro país en los últimos cuarenta años. De aquel mundo poético-musical de inicios de los setenta que sonaba en mi niñez y que recuerdo a través de  la magia y de las vueltas de los discos de vinilo  “tiene que llover” abría una puerta a la esperanza,  a esa idea de progreso social que en general pervive en algún lugar nuestro y que permite creer que el futuro será mejor para todos que lo ya pasado.  “Tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover” recogía del aire de su tiempo un espíritu de unos años a los que me he referido alguna vez, en los que se confiaba en un futuro mejor, y en los que  soñar con el futuro era parte de la ilusión con la que se afrontaba el presente.  Una canción de amor, donde el anhelo de libertad tenía una referencia muy clara de rechazo a una dictadura militar que aún subsistía. Tiene que llover, representaba  el deseo de renovación, y enlazaba también con una gran  parte de la población rural de nuestra geografía que en aquellos años había abandonado esa realidad más dura que utópica del campo, para integrarse en una realidad aún más compleja que era vivir y sobrevivir en la ciudad. Una vez lejos del campo, ese campo matérico y ya mitad parte de la memoria y mitad parte del deseo de vuelta a los orígenes que uno siempre conserva, la lluvia podía ser un bien común a ambos mundos, posibilitando la unión de lo físico y lo simbólico;  la necesaria fertilidad de la tierra para el que vive del trabajo del campo, y  la necesaria limpieza del aire y de las calles para el que vive en la ciudad.

Puede que los poetas, los pensadores, los soñadores, estén siempre ahí, y que el tiempo simplemente los haga visibles. Puede que lleguen a configurar un espíritu, una sensibilidad que caracterice ese fragmento de tiempo que logran comunicar. Luego, el tiempo pasa y trae otros tiempos distintos y los vuelve a hacer invisibles hasta que en el mismo aire se percibe que se han roto demasiadas cosas y que se hace necesario renovarlas. Y entonces puede que más de uno recuerde en la lejanía esa canción que ni siquiera fue éxito, pero que a uno no le pasó desapercibida. Aquella  letra que incluía ese  “tú y yo muchacha estamos hechos de nubes pero ¿quién nos ata? supongo que anidó y quedó al menos unos instantes en la mente de quien tiende a hacerse preguntas. Los tiempos lanzan al olvido el espíritu que los configuró, pero muchos años más tarde alguien puede recordar que fue de aquella sensibilidad, como le fue la vida, que tal pasaron los años por él y por lo que pudo llegar a hacer.


El tiempo, los tiempos, no hace demasiado volvieron a traer  sentido y necesidad de aquellas sensaciones que a mí me habían transmitido y seguramente configurado ese tipo de canciones y de letras como “ tiene que llover”. Me lo imagino en boca de mucha gente sencilla del campo mirando al cielo, con esa sabiduría de los hombres que viven de su tierra expresando “va a llover” o “ tiene que llover”. Esa sencilla expresión en mitad de tantas mentiras tan complicadas que nos llegan por tantos lados, es la fe de los que creemos en pocas cosas y de los que nos resistimos  a pensar que el futuro ha de ser peor. El futuro será lo que hoy cada día vayamos construyendo, con renovada participación y sobre todo sin miedo. 2016, estrena un nuevo Congreso, nuevos representantes mezclados con antiguos  representantes de cada uno de nosotros. En muchos de los escritos que leo, observo un pesimismo, una angustia por la indefinición de los tiempos. Pero uno siente que no tiene por qué ser así…espera un poco…tiene que llover y la lluvia ha de limpiar aún más la ciudad,  y fertilizar más el campo…  pararse a detectar que  “hay señales que anuncian que la siesta se acaba…” La lluvia, mezclada con nuestro trabajo, esfuerzo, participación, generando dudas, luchas, debates, día a día nos sacará de nuevo adelante y mejor. Es momento de encontrar la  sencilla verdad de cada cosa. La verdad que realmente hay detrás de cada proyecto. Y la mayor verdad yo la encuentro en dejarse oxigenar por el aire y la lluvia, en escuchar,  vislumbrar y debatir proyectos nuevos y atractivos para nuestra historia y nuestra nación, que sean capaces de generarnos un nuevo espíritu común que aún no ha llegado. 

lunes, 18 de enero de 2016

mis abuelos


Esta foto, de la pareja que formaron mis abuelos, antes de que el tiempo y la vida nos trajera a cada uno de nosotros, y antes también de que el tiempo y la vida trajera cada contexto de la historia y los acontecimientos en los que se desenvolvieron sus vidas, pertenece a una de esas imágenes que quedan de testimonio de un pasado en el que uno no estaba y que encierran ya parte del  futuro, de lo que fue luego nuestra vida, con esa magia del blanco y negro potenciada por el blanco galante de un hombre de mirada a lo lejos y de frente despejada, (como le gustaban los hombres a mi abuela) y una mujer de rasgos bellos, de pelo y ojos oscuros, de boca fina y bien dibujada, que mantiene su independencia mientras él la acerca y la protege. 

En ellos reconozco a mis abuelos,  idealizados por la juventud y la ilusión, por el glamour de una época que quizá fue dulce, para nosotros muy desconocida debido a ese abismo en el tiempo que separó los tiempos en el antes y después de la guerra. Aquellos años vividos por ellos son mi referencia vital más cercana en cuanto al pasado del que venimos. Aquello que sabemos que ocurrió pero que no hemos vivido en el tiempo en que las cosas ocurrieron, pasa a formar parte de la constante asimilación de lo que fue la historia y también del conocimiento de la personalidad y la forma de ser de los que nos trajeron al mundo. Ambas cosas, ocupan siempre una parte de nuestras vidas y a veces viajan con nosotros sin que sepamos distinguir del todo las fronteras, entre lo que somos de originales y lo que hay en nosotros de sobrevenido, transmitido, o configurado por nuestros mayores.  

De mi niñez y de ellos, en mis recuerdos priman la felicidad, el cariño, y la ilusión por verles, con una cercanía y unos tiempos distintos a los de ahora, seguramente más largos, más lentos, sin prisa y como si se tratara de fotografías  propias de la memoria, les puedo volver a ver reproduciendo su presencia  en salón de nuestra casa en la comida de un domingo,  o cuando pasábamos aquellos largos meses de  verano familiares en la casa de Segovia, con aquel mítico mini ingles de color verde carruaje y con madera en las aristas. La enorme casa de Segovia (a mi me lo parecía) su aldaba de hierro fundido para llamar y el original tirador que te abría desde arriba con aquel ingenioso sistema de poleas; el jardín al fondo del zaguán y la mesa circular que se dividía en dos mitades chapada con un lamina de cinc y con puntas de clavos a la madera pintada en verde. Aquellas puertas de madera y la masilla pastosa de los vidrios de los balcones, la chimenea de hierro, las sábanas frías y el calentador de camas, la alacena de la cocina en ángulo y las bicicletas ya en desuso de la infancia de nuestros tíos; aquel mundo unido al mundo también creativo de nuestra tía abuela Pilar en Madrid, nos proporcionaban unos espacios magníficos para una imaginación de niño. Visto ahora, aquellos veranos, y aquellos días de la infancia, fueron muy creativos, con lugares mágicos,  incluso con su dosis de misterio, como la sala que no se podía pasar donde quedaba el cuadro de la calavera y un brasero en medio como sala noble que solo he visto después en algunos lugares como el museo romántico de Madrid antes de que lo restauraran. También el destartalado y auténtico taller de herramientas, al lado de aquel aseo tan parecido a esos dibujos viejos de Antonio López, que quedaba al lado del patio. Y esa dosis de miedo, del chiscón que quedaba bajo la escalera, donde alguna que otra vez fuimos amenazados la verdad que sin demasiada credibilidad ya que dentro de él lo único que había entre leños de chimenea y polvo, eran cajas de botellas de champan y de licores sin abrir. Nuestros mayores, todos ellos, nos proporcionaron una infancia feliz, y con el tiempo creo que la felicidad de nuestras infancias de alguna manera mitigaron lo que pudiera haber en ellos  de pesar o de tristeza.

Con el tiempo ves que aquella infancia fue un tesoro a la que irremediablemente tienes que decir adiós, porque comienza otra etapa, en la que aparte de madurar, tienes que dar una respuesta a aquello de lo que de niño no te corresponde ni saber ni opinar, al “complicado” mundo de los mayores. Uno es feliz, de niño,  inmerso en un mundo que te posibilita la vida mientras ignoras todo aquello que de la vida aún no te corresponde saber. En aquella casa si te asomabas a la sala reservada podías sentirte heredero de una aristocracia oculta y sentir el olor de la cera en la madera antigua, pero también mezclarte en el taller de cualquier trabajador lleno de herramientas que disponía mi abuelo. Podías formar parte de un mundo de arte y espíritu, de cercanía con la cultura y también de un mundo familiar tradicional y con capacidad de acoger y de reunir del que disponen algunas abuelas alrededor de la casa y la comida. En aquella infancia luminosa, de los cielos tan nítidos de Segovia, ignoraba la historia, la guerra, la depuración, la división azul, o la razón de ser de la enfermedad del tío Miguel Enrique. Por ignorar ignoraba hasta porque una cosa era bella o dejaba de serla.

En este campo del gusto, algunas cosas las tengo mezcladas entre el mundo de mi madre y el de mi abuela. En ocasiones no sabría encontrar la línea divisoria, esas líneas tan precisas con las que mi abuela pintaba, que eran una suma de líneas rectas, que distinguían la luz de la sombra hasta dar con el ansiado parecido. Esas líneas que separaban lo bello de lo terrible, estaban dentro del universo de mi abuela y a los demás nos tocaba tirar a voleo, un poco a tientas…para acertar y pasar al lugar de los mitos, o para fallar y pasar al callejón de la vergüenza o el bochorno. Esa línea divisoria entre lo bello y lo terrible, me tuvo en vilo, hasta que vino la adolescencia de verdad en la que el ganar o perder la aceptación  por suerte va perdiendo peso, sin que en absoluto eso signifique olvidarse del siempre inabarcable, infinito, misterioso, complejo y siempre lleno de matices y de luces y de sombras, de idas y de vueltas, poderoso, y a veces magnético, “mundo materno”

Con ella recuerdo alguna  misa por la Segovia medieval, su aparador alargado, las sillas de castaño y enea, y los comentarios acerca de si predicaba bien o mal el cura de San Miguel, con esa placa que había a la salida y que a mí me llamaba a atención que recordaba que en  el atrio de esa iglesia había sido coronada reina a Isabel la Católica. Luego el ponche segoviano del nono, y los puros miguelitos en la mecedora con ese humillo  que invadía la sala mientras se quedaba dormido; un televisor pequeño que la verdad se encendía poco, regalo de la tía Maite; el juego de cartas, que se usaban más para hacer una torre con ellas, intentando superar la altura una y otra vez, en la mesa de castaño que revelaba una cierta inclinación del piso…. o los juegos con el cordel de los pasteles, haciendo una cunita que se transformaba en veinte cosas; el olor de la cera en las baldosas de barro viejo del zaguán, o el cartel con los apellidos de ambos "moreno-rexach" tallado en madera por el tío Luis…En general, todo se aprovechaba para algo más, todo tenía una segunda vida, un cartón viejo era un soporte para un dibujo, una madera se reutilizaba para un marco, una tubería para una maceta en el jardín, mezcladas con ese aire de anticuario y de mezcla  de los tiempos que habían ido configurando aquella casa .

A mi abuelo le recuerdo por las calles que iban desde Cheste hasta la Plaza Mayor, saludando efusivamente a sus conocidos y amistades que iban apareciendo a cada paso, haciendo que el camino fuera largo. Le recuerdo sin prisa, y disfrutando de cada encuentro, con una humanidad y un tiempo hoy en día seguramente perdidos. Esa humanidad, que quizá no tenga un reconocimiento explícito, una palabra que lo recoja,  lo considero un tesoro familiar.

En muchas ocasiones me he preguntado, acerca de todo ese miedo pasado, de las largas horas de incertidumbre, del miedo congelado, y de las tragedias familiares surgidas en la guerra y después de ella.  Casi nunca nos hablaron de ello, a excepción de nuestra tía abuela Pilar que solía contarnos  algunos detalles que habían impresionado su memoria. Supongo que  la felicidad de nuestras infancias pudo ser curativa. Volver a ver nuevas bicicletas, los dibujos infantiles, los disfraces, los trabajos manuales, las meriendas en el campo en Segovia, los retos de mi abuelo, su interés por volver a montar en globo, o volver a la montaña, las excursiones,  aquel verano en Jávea, las amistades en Segovia, etc…Yo personalmente añado algún trayecto en el que mi abuelo me llevó a mis primeros campeonatos de gimnasia. Le recuerdo entusiasta, hablando de modo natural con el que entonces fue mi primer entrenador en algún pabellón municipal que haciendo mucha memoria creo que era el de Chamartín. 


Por suerte, nuestras infancias fueron felices y llenas de posibilidades, y con ellas en algo pudo recompensarse esos duros años vividos de miedo, inseguridad, hambre, dolor, y tragedia. Los que hemos nacido en los sesenta apenas sabemos de todo eso. Sabemos más de diversión, abundancia, derroche etc. Solo hace unos años la crisis económica ha venido a dar inseguridad real, trayendo la posibilidad de que lo conseguido puede no ser para siempre. Recordar esos años no está de más y agradecer también a los abuelos, que lo más importante para la vida futura de una persona –esas infancias libres y a la vez protegidas– nos las proporcionaron. Hay tantas cosas que nos llegan desde los abuelos que uno no las valora hasta que detecta que en otros casos no se tienen. La capacidad de convivencia, la honestidad, la generosidad, la capacidad social … la providencia que sentía mi abuela. Esa sensación de sentirse acompañado y de que las cosas vendrán. No siempre se resolvieron a gusto de cada uno de ellos. El blanco y negro de la foto, la luz y la sombra como algo inseparable nuestra vida, la dicha y la tragedia, el predominio del blanco de una relación que alrededor de esos años comienza y que sobrevive a través de los recuerdos, del tiempo, de la pervivencia de la vida en cada uno de nosotros. Creo que la imagen es de un viaje, pero a mi me parece que no, que es el descanso de un rodaje, de alguna película de esas de amor que aparecían en las pantallas de la época, y que mis abuelos salieron de allí para entremezclarse con el mundo real al que algunos mitos consiguen llegar cuando escapan de la pantalla y deciden saltar a la realidad desde su fábrica de sueños.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Algunas cosas que me gustan.

Hace unos días, un amigo al que le gusta mucho todo lo relacionado con la ciencia ficción (aficción que por el momento comparto muy poco) me comentaba que un enfermo terminal de cáncer al que le quedaban muy pocos días de vida, había solicitado que le dejaran ver la última entrega de  Star Wars, que aún no había sido estrenada. Por lo visto, le pasaron en privado la película antes del estreno y así pudo satisfacer su deseo y  su gusto antes de decir adiós a este día a día que llamamos vivir. Con el tiempo he aprendido dos cosas: una es encontrar y definir dentro de un ámbito muy amplio que cosas me gustan y cuáles no; la segunda es respetar sin juicio alguno los gustos que no comparto. Estas dos cosas que parecen obvias no lo son tanto.

En los años setenta, el escritor Roland Barthes, escribió un  texto bien conocido con un listado de cosas “me gusta” y otro de cosas “no me gusta”. Una vez finalizadas ambas listas, realiza la siguiente reflexión: esto no tiene la más mínima importancia para nadie; aparentemente, no tiene sentido. Y sin embargo, todo esto quiere decir; mi cuerpo no es igual al suyo. Así, en esta espuma anárquica de los gustos y las repugnancias, suerte de picadillo distraído, se emboza poco a poco la figura de un enigma corporal que compete a la complicidad o a la irritación. Aquí comienza la intimidación del cuerpo, que obliga al otro a soportarme liberalmente, a permanecer silencioso y cortés ante goces o rechazos que no comparte.”

Después de leer este texto, me invade una renovada aceptación del otro, en todas sus vertientes, lo cual no implica abandonar los gustos y criterios propios con los que uno procura desenvolverse en la vida. Tan sólo implica un ejercicio de tolerancia que en general no ha estado demasiado implícito en las educaciones recibidas y que a día de hoy tampoco detecto en muchos entornos políticos o sociales  donde la presión es ejercida desde parámetros muy amplios como la exclusión, la burla, el rechazo, la incomprensión, la violencia etc etc….

La convivencia y la posibilidad de la armonía o de su ausencia comienzan  dentro de uno mismo, encontrando lugares de encuentro entre las diversas facetas propias con las que hemos de convivir (gustos, decisiones, opiniones, pensamientos, que a su vez están en constante interacción con lo exterior a nosotros).  Dentro de todo ese universo de opciones, conocer bien e identificar los propios gustos, le otorgan a uno un campo de conocimiento personal, un mundo que comunicar, y a la vez la identificación de una parte de los ingredientes  con los que dar buen sabor a la propia vida.
 
Entre la lista de “no me gusta” de Barthes veo que aparece Vivaldi. El me gusta o no me gusta, la aceptación o el rechazo por parte del otro en aspectos culturales, es inevitable, porque el mundo está configurado de modo que los gustos sean infinitamente distintos. Para la historia Vivaldi es un músico imprescindible, pero para ti puede no serlo. Aceptar la diversidad del otro es uno de los modos que tenemos de aceptar con naturalidad lo que en nosotros haya de diferente. Aceptar el rechazo del otro te convierte en alguien más fuerte que la posibilidad de dejarte modelar únicamente por el éxito. Comprender bien la diversidad es también un buen ejercicio a realizar, sin que ello melle en modo alguno en lo que a uno le gusta o deje de gustarle.  

¿Qué cosas me gustan? Mis gustos no tiene ninguna trascendencia, sin embargo son los que me permiten disfrutar e interesarme por las cosas, convivir con ellas…a botepronto me gusta Madrid, su dinamismo mezclado con sus cielos. Me gusta la luz de cada sitio, a veces mezclada  con el aire y con el olor del mar en lugares especiales que parecen meterse en su interior, como en Jávea, Viveiro, o el sur de Portugal;  me gusta desenfadarme, reirme y la gente que me hace reir y respirar; me gustan las mesas de trabajo de arquitectura, las maquetas y sus materiales; el orden y también el desorden, igual que me pueden gustar el descanso y el cansancio; me gustan algunas esculturas en entornos naturales, como el peine de los vientos de Chillida, o sus sueños aún no realizados como el de Timanfaya; me gusta Tarifa, las sierras de Cádiz y sus pueblos blancos; Sagres en Portugal y las puestas de sol en sus playas; Oporto y la larga desembocadura del Duero, las furgonetas Volkswagen, el valle de Urdabai en Pais Vasco o los Picos de Europa en Asturias; disfruto con su gente, las sidrerías, y su naturaleza…. el románico palentino, la experiencia del ocre y del amarillo de sus campos de trigo; Monfrague en Cáceres, sus dehesas y sus aves, mezcladas con la paz y el silencio de este sitio; me gusta Los Angeles, la arquitectura de Neutra allí, el mundillo de los Eames, Pacific Palisades, y toda la costa de California, que tiene raíz española; me gustan  las librerías, las bibliotecas, adoro perderme en ellas y encontrarme con algo que me llama la atención; me gusta  la cocina, los utensilios, cierta artesanía en los objetos diarios; Gaudí, especialmente la Sagrada Familia, la trama de Barcelona, la arquitectura de los setenta y la cultura burguesa de esos años;  me gustan las ensaladas inventadas con criterios compositivos, la ecología, los huertos cuando no me dan alergia, la cocina creativa, los polideportivos, los barrios, los institutos, las fábricas, la bicicleta, Madrid río, el vino, la danza, la expresión con el cuerpo, el deporte, la sostenibilidad, el equilibro, la música pero no a todas horas; me gusta el silencio, los sonidos de la naturaleza, el olor de los naranjos, las telas africanas, los nikis, las zapatillas de correr, la fotografía, el jamón, los woks, las recetas marroquís de carne con fruta, los experimentos, las obras, caminar, las sierra de Madrid, la arquitectura neoclásica ,la armonía, Roma, Italia…Me gustan las  locuras de Enric Miralles con la luz de Barcelona, las obras de Coderch especialmente el Edificio Girasol, la escultura de Cristina iglesias, los mercados con fruta, la lectura de textos de Muñoz Molina, Soledad Puértolas, Francisco Ayala…., La psicología de Erich Fromm, Grecia y la cultura clásica, los artículos de escritores en los suplementos dominicales, la filosofía educativa de Marina, la poesía, (Machado, Hernández, el 27…), El cine de Erich Rohmer,-que casi no es cine- del que aprendí un sentido moral en el buen sentido de la palabra… la música acústica y casi material de Antonio Vega , la de Bach, los cines Alphaville y las versiones originales, la espiritualidad, los diccionarios y los mapas, los planos de metro, las mujeres desconocidas en situaciones cotidianas, las papelerías, los dibujos de sketcher urbanos, los monopatines, los skaters, las tablas de surf, correr, las fotos en blanco y negro; … me gusta percibir que he traído un bien a alguien en su vida y viceversa que me ha llegado un bien a través de alguien. Me gusta todo aquello que he necesitado en algún momento de mi vida y que lo he encontrado, sea una lectura determinada, una frase, un encuentro…