
Hace apenas unos minutos estábamos tú y yo por encima de la
nubes, viéndolas desde arriba,
procurando escaparnos de la niebla.
A ti no te daba demasiado miedo, pero a mi confieso que mucho. Solo la
idea de perderte, de que te alejaras más de unos metros, o de que te cayeras y
que yo siguiera sin oírte, me hacían desechar cualquier aventura. Decidí hacer
del día algo monótono; repetir una y otra vez la misma pista o algunas ya conocidas,
intentando que el aburrimiento de lo repetido no nos deshiciera el disfrute del
día. Al fin y al cabo todo era nuevo.
Había empezado a nevar y la nieve que pisábamos
la estrenábamos a medida que iban pasando los minutos, con esa paz que
entra cuando nieva con calma, casi sin peso y sin prisa. Tú y yo por ahí arriba, cada uno venciendo sus cosas.
En la última bajada hemos llegado con los esquis puestos casi hasta el
apartamento, cruzando el arroyo cuyo sonido tanto me gusta, un sonido de arroyo
que reproduce la alegría de lo que empieza, el ánimo alegre de lo que sería la
infancia del río, chocando el agua contra las piedras grandes, el agua
derretida que cae sin esfuerzo, por su propio peso hacia su origen.
Cada uno habíamos llegado hasta aquí venciendo nuestras cosas. Yo un cansancio arrastrado por
la falta de tiempo y un exceso de horas
de ordenador comprimiéndome los hombros
y la vista. Tú vencías una necesidad que quizá todos hemos
sentido alguna vez: el que tu padre te haga caso en exclusiva, sin la presencia
de tus hermanos mayores, por unos días. (También podrías haber tenido la
necesidad opuesta, el de integrarte solo con ellos y descansar de tu padre) La fotografías en las que estamos todos
juntos ignoran muchas veces las verdaderas necesidades de cada uno y en general ocultan la solución (o el
problema) de las ecuaciones familiares; la foto y la sonrisa de grupo es el lugar
donde se diluyen las diferentes combinaciones de los elementos tomados de uno
en uno, de dos en dos, de tres en tres… el lugar donde se pierde lo meramente
numérico y se entra en la complejidad
universal de las relaciones con nombres, padre-hijo, hermano mayor –hermano
menor, hermano-hermana, hija-madre, etc etc.
Ha sido casualidad el que viniéramos solos, el que tú y yo nos
aislemos y nos abstraigamos de todo, tu aún en la niñez, y yo en una edad que
cubre un tramo tan grande de la vida que la hace equivalente a no tener nombre.
Tu y yo contra un fondo blanco, sin nada
más, sin notas escolares, sin obligaciones laborarles en la cabeza, sin nada
más que la nieve, nuestro peso y nuestro cuerpo para bajar estas pendientes,
casi sin distracciones; tu haciéndote algo más adulto, -autónomo- y yo haciéndome
algo más niño dejando que la adrenalina
vuelva a circular a sus anchas mientras revivo la velocidad y la aceleración en mi propio cuerpo.
Ignoro que puedo ser tu espejo, tu contrapeso, tu simetría,
la referencia en la que mirarte mientras estamos juntos, y sin embargo no
debería de olvidarlo. Sé que ahora vas a fijarte en cada detalle, ya que eres
así por naturaleza, esta vez recorriendo en sentido contrario el viaje que
hemos hecho hace unos días. Ya hemos cerrado el apartamento, cerrado las llaves del agua, bajado las
persianas, y he comprobado que no quedaba ninguna luz encendida. Y ya estamos de nuevo en el coche (como cuando vinimos) pero ahora descendiendo
el valle, con la misma naturalidad que el río que lo atraviesa, sin prisa, sin
la ansiedad de los viajes de ida, pues ya lo hemos dado todo. He sentido el
placer de que te agotaras, de que te quedaras dormido y reventado después de un día intenso pero ahora sé que no te durará
mucho el sueño. Tienes una naturaleza en la que hace falta mucho frío, y muchas
horas de ejercicio para que te agotes. (A veces pienso que el propio movimiento
te va recargando de energía como las dinamos de las bicis de cuando yo era
pequeño). Ya te sientas en el asiento de delante y manejas el móvil mejor que
yo. Me propones con rapidez las rutas, la precisión de cuanto acortamos por
cada una; lo miras con una habilidad con
los caminos que me asombra. Has nacido con toda esta tecnología y sin que
tengas aún móvil sabes más del móvil que yo. También te gusta sorprenderme con información
que sabes que puede interesarme, como que sonreir alarga la vida; por lo visto
lo has mirado en internet. No sé si alarga, pero a mí me cura tu risa y de
cuando en cuando la nieve.
Vamos dejando a los lados el amable verdor del valle, el
surco suave y joven del río que lo cruza con el agua derretida bajando. Tengo
la agradable sensación de estar en la naturaleza, de estar muy cerca de ella, y de habernos
acercado lo máximo posible estos días y
esta mañana, casi inmersos en su
interior como en verano cuando estamos dentro del agua, o como en otoño cuando nos
adentramos en un bosque. Hemos sentido de cerca los copos en los árboles, la nieve ligera y las huellas recientes sobre
la pista casi intacta. Ya es tarde para esquiar. La nieve de primavera a
mediodía si se libra de estar empapada es como la sal por eso ha sido tanto regalo que ayer nevara,
ha sido como un regalo y una sorpresa.
El calendario nos marca ya el comienzo de la primavera, pero
el invierno se ha prolongado. He celebrado mi cumpleaños allí contigo solos, pero no aislados. A ratos
miraba yo el wathsap o el facebook y me llegaban mensajes de muchísimos sitios.
De
personas con las que había hecho amistad hacía ya muchos años. Otras muy
recientes. Y me sorprendía cada felicitación, y en la memoria me venían en un instante los
años vividos, las experiencias compartidas y era como si estuvieran al lado
aunque hubieran pasado los años que hubieran pasado; he sentido el cariño cerca
aun estando lejos. He viajado, me he
desplazado, no solo de un lado a otro sino también por el tiempo, ese que a veces parece
que no existe en el interior de la mente. Ahora Madrid en cambio, nos queda lejos y tenemos
viaje por delante.
La sensación que tengo al conducir justo después de esquiar
es la de seguir bajando una montaña que
no acaba nunca, como si fuera la prolongación del placer de esquiar seguido muchos kilómetros, de bajar
casi sin esfuerzo, por tu propio peso, como una gota de agua del río en un
viaje placentero hacia el mar. Siento
esa inercia en la mente, pero estoy
conduciendo. A veces me adelanta algún loco, con prisa. A veces, me toca un
camión y tengo que adelantar yo. Son las carreteras de montaña. Vemos la presa,
con su curvatura precisa y sólida haciendo de arco que sostiene el peso del
agua. El agua que ha atravesado ya varios valles, y que espera aquí detenida. El
paisaje nos acompaña y te llaman la atención unos trozos de montaña que faltan,
trozos bastante grandes y me preguntas
la razón de esas ausencias y yo no sé por qué. Alguna cantera, digo sin
demasiada convicción. Nos metemos ya en
otro valle diferente, por una ruta que me has confirmado en el navegador del
móvil. Entonces me dices que pare, que
en este pueblo está la casa que me gustó en el viaje de ida. Paramos a hacer
unas fotos. Ya me conoces; también te
atraen como a mí las casas diferentes y modernas. También juegas con ellas en
el minecraft. Puede que nos parezcamos más de lo que nos pensamos.
Cuando tenía tu edad (quizá un par de años más) hice este
mismo viaje, yo sólo con la familia de mis primos. Aquellos tíos míos (además
de mi abuelo) eran mi conexión familiar más
cercana con el mundo del deporte y la vida al aire libre, y en ellos la nieve
no era una aficción más, sino una pasión. Diría que era la felicidad que está reservada a
aquellos que saben (y buscan el cómo) disfrutarla palmo a palmo, año a año, con la ilusión intacta.
Es el mismo viaje, pero ha pasado mucho tiempo. Los remontes son nuevos, el
túnel que te mete en el valle ya no filtra el agua de la montaña, los pueblos
han crecido, la tecnología ha cambiado. Los equipos de música, los teléfonos,
nada tiene que ver.
Mientras estabas ayer dormido en el apartamento estuve un buen
rato hablando con Carlos, uno de mis primos en el que el paso del tiempo (el que ha pasado por mí , no por él) ha
desvelado que había guardadas muchas cosas para compartir. Entre sus
principales trabajos y proyectos está el teatro para bebes. Me escribe para
felicitarme desde Brasilia, donde vive y
trabaja. Y me envía por el correo uno poemario
de una obra de teatro que ha escrito él, de la que transcribo los últimos
versos.
“Madres tejidas por
sus bebes
y los bebes tejidos
por los hilos de sus abuelos
hilos mágicos del
tiempo
y de los otros
rincones del tiempo.
Del tiempo tejido por
ti
Del tiempo tejido por
ti
Del tiempo tejido por ti. “
Lo leí con interés, disfrutando cada simetría, cada eco,
cada reflejo en los versos y en las palabras. Aunque el invierno se hubiera
prolongado desde el apartamento fui
consciente de que los pájaros comenzaban sus coros y sus cantos. Algunas de las
frases que había leído ayer quedan en mi mente como los pájaros en las ramas de
un árbol, quietos hasta que se deciden a
seguir volando. Entonces me sorprenden de nuevo (por segunda vez) y me quedo pensando
en la simetría de las frases. Me quedo asimilando en que mientras te alimento, me
alimento a mí. Ese tejido interconexionado de todo enseguida me gusta. También
la nieve del invierno está conectada con el agua del mar que nos baña en
verano. También el agua del mar que se evapora en verano está interconectada
con la nieve que ha caído, nueva, reciente, sin prisa, cuando le ha parecido
bien.
El valle que atravesamos ahora es muy despoblado. Y muy
bello. Lo atraviesa otro río. Y tiene un espíritu diferente al de Arán. Cada
valle, cada río tienen una forma de ser. Los hijos también. Siempre hay
elementos de familia parecidos, pero hay algo específico. Algo que es
importante que detectemos, para conocer la felicidad que cada uno tenemos
reservada. El agua sigue bajando hacia sus destinos y pienso en lo bien que
está pensado el planeta. Ese agradecimiento al planeta, me alimenta también con
la misma simetría que ordena las cosas. Vamos dejando atrás el valle de Bonansa
con sus pueblos y su paisaje fértil y nos vamos metiendo en zonas algo más
ásperas, con una personalidad más
aragonesa, más térrea, para llegar poco
a poco a Huesca. Te he pedido que me teclearas en el móvil la dirección de una
pastelería de Huesca. Mañana, lunes quiero llevar algo al trabajo para celebrar
el cumpleaños con mis compañeros.
Te fastidia un poco que paremos en Huesca pero necesito
encontrar esos dulces. Mañana lunes lo tendré difícil antes del trabajo para
comprarlos. El navegador no tiene en cuenta que el centro está cortado por
obras. Dejamos el coche donde podemos y vamos andando. Hay un invierno retrasado a la vez que una primavera
en el aire. Un cierto desorden, un deshielo del que nosotros también formamos
parte. Nos han ido mandando de un lugar a otro. Es absurdo, podría haberlo resuelto en el Opencor, pero me puede
mi maldita manía por lo auténtico, lo artesano, lo realizado con amor al
oficio. La que buscaba estaba cerrada y
nos han mandado a otra. Las personas a
las que preguntamos nos atienden con una amabilidad lenta y sin prisa. A mí me gusta esa lentitud y a ti Huesca te resulta pequeña. Una vez allí nos hemos
comprado cada uno un bollo, cediendo a una cierta ansiedad de dulce que habitualmente
no nos permitimos. De repente se ha
puesto a llover, mientras caminábamos ya hacia el coche. Nos ponemos a correr instintivamente
y he visto en tus ojos una cara de
felicidad inesperada al comprobar tú que me ibas ganando metros en la carrera.
Me doy cuenta de que
educo, (o dejo de hacerlo) con patrones muy similares a la educación que he
recibido. Como padre puede que reproduzca muchas cosas parecidas a las que yo
viví y sin embargo me gustaría quitar alguna de ellas (no siempre es fácil)
Supongo que es la dificultad que todos tenemos de romper las inercias. Por otra
parte tampoco creo en la perfección de nada, solo en ir incorporando si puedo
alguna mejora a lo vivido. Ha sido una suerte subir juntos en la silla del
remonte, un poco a la intemperie, contigo equilibrando la diferencia de pesos
desplazándote unos palmos de mi; entonces, sintiendo esa distancia y ese equilibrio
me digo: Yo creo en ti. (no cuando es evidente sino cuando no lo es) Creo en tu felicidad. Ser padre y ser hijo supone conocerse
mutuamente, conocer el camino de la felicidad del otro. En este preciso
instante has rebajado mucho la conducta
disruptiva. A veces puedes ser mi espejo, mi simetría, pero eres tú mismo. Tienes la felicidad del movimiento. Quizá la
angustia de estar quieto. De dormirte, de pensar que todo se acaba. Pero estás
reventado. Duermes. Y mientras duermes, tu universo se forma. Y también el mío.
Me alimentas. Me haces padre mientras quieres
apurar cada segundo de ser niño y de ser hijo.
Tú también me formas. Eres cariñoso y físicamente cercano desde
que naciste. Puede que entre los padres y los educadores te hayamos ido conformando
para crear los mecanismos necesarios
para relacionarte pero me he dado cuenta de que tú también me conformas a mi. Eres
tú, con tu vida, el que me convierte en padre. Dan igual algunas
imperfecciones. Lo importante son los balances y que en ninguna de las dos
partes haya déficit de cariño, de
atención, de educación, del orden necesario para vivir, de comunicación. El que
los dos tengamos superavit de todo eso.
Al salir de Huesca se nos va echando la noche encima. El paisaje
vibrante de los campos deja paso a la noche, a ver de paso el trayecto sin los
matices del paisaje. A ver luces eléctricas y dejar de lado los polígonos de
las ciudades. En seguida bordeamos Zaragoza, que queda ahí, pasada sin ver más
que unos bloques cuadrados indiferenciados, que los mismo pueden estar aquí que
en Sanchinarro, lo mismo aquí que en Tres Cantos o en cualquier PAU de Madrid, sin ningún espíritu propio, sin esa artesanía
que me gusta, con las ideas del Opencor, donde la mayoría vestirán de Zara o de
Mango, donde la mayoría irremediablemente tendrá la casa amueblada por el Ikea,
donde la mayoría hará la compra en el Carrefur. Da igual donde vivas. Solo en
los valles y en cada rio, en cada montaña, percibo una personalidad propia, una forma de ser, como
también intento descubrir la tuya.
Desde Calatayud, el
viaje de vuelta ya se ve fácil. Veo la ciudad desde lejos y se me viene a la mente
su casco viejo de casas inclinadas, que van apoyándose como pueden las unas
contra las otras. Aquí he excavado alguna obra y conozco lo que son las huellas
de la pala, contra un terreno blando y
variable, como de yeso. Es de noche. Se me enciende lo del aceite. Mañana tengo
que comprar y reponer. Ignoraba la semana que me esperaba. Ignoraba, el maldito
accidente aéreo. Ignoraba, que todo es fácil y muy difícil.
Aún nos quedan por atravesar las frías zonas de Alcolea del pinar. Las interminables
rectas de Alcolea y de Torija. Zonas muy frías de meseta, de inviernos
complicados y de frío. Con los años en
casi todos los lugares por los que paso, he tenido trabajos, historias, literatura.
Cada paisaje es un tramo hacia nuestro
destino. Cada paisaje es también un tramo ya de mi propia vida. Cada paisaje
que atravesamos con o sin nombres son
también nuestras propias edades, nuestros tramos en la vida. Estar contigo es la continuidad. Pero uno ha
de saber, que todo es contínuo. Que todo está interconexionado. Y que la
felicidad no se obtiene a base de repetir la misma pista. Que lo hemos hecho
sólo, porque no había manera de salir de la niebla.
Dejamos estos carteles en la noche, que ya son solo
referencias o palabras de una meseta de personalidad áspera y desértica, que también
encierra sus tesoros, su belleza y su interés. (lo mismo pienso de todas las
edades que atravesamos) En seguida desde
Guadalajara, tomaremos la autopista que
nos conduce casi hasta nuestra casa.
Al llegar has saltado como un resorte del coche y has
corrido a contar el viaje a tu madre antes de deshacer el equipaje. Yo aparezco
un par de minutos más tarde con parte del equipaje, y no
olvido la frase que me ha dicho ella al llegar -Nunca le había visto tan feliz. Tan contento-.
Nunca se sabe el secreto de nuestra felicidad, pero me temo que tiene que ver
con las cosas que estábamos deseando y que nos llegan. La nieve, reciente, y
por sorpresa. La dedicación en exclusiva. Los kilómetros lejanos de algo que no está a mano. Tampoco la sonrisa y la felicidad están siempre a mano . Quizá la
felicidad no es solo la nieve. Quizá la felicidad, es una necesidad que todos
hemos deseado por unos instantes alguna vez. Ser valioso. Ser único para tus
padres.
(1) los versos son fragmento del poemario de la obra de teatro "si tu no hubieras nacido" escrita y dirigida por Carlos Laredo y su compañía La Casa Incierta, especializada en teatro para bebes.
(2) Mis tíos a los que cito en el relato, son Jose Carlos y Maite, Mi agradecimiento a ellos desde mi niñez y hasta ahora, pues han sido mi referencia familiar de la integración del deporte en la vida.