domingo, 17 de abril de 2016

La otra orilla (cuento)

Durante el cambio que se produce poco después del paso del invierno a la primavera, -esa frontera de la luna llena que marca el transcurso de la Semana Santa- estuve bajando a comer a un chiringuito en la costa que tenía la vocación de querer adentrarse en el mar, flotar o sujetarse  como un palafito, porque una vez sentado allí dentro, solo se veía agua y espuma, con un oleaje algo revuelto y desordenado que recibía y a la vez reflejaba  una luminosidad casi material, tamizada por unas sencillas esterillas que conseguían  un ambiente protegido del exceso de luz con una eficacia sencilla y agradable. También pude disfrutar del sabor, -que siempre mejora fuera de la ciudad y fuera de la prisa- y allí, mezclado con la naturaleza y con bastante más gente, pude apreciar unas sensaciones placenteras y flotantes  que la naturaleza regala en algunos enclaves, sobre todo si en estos el ser humano que trabaja o vive, habita de un modo en el que la naturaleza juegue a su  favor y no en su contra.

Al cuerpo le basta  un simple chiringuito en los paraísos naturales, hecho con materiales cercanos y sencillos como la madera de la viguería del techo o del suelo, las esterillas de caña en las ventanas, o aquello que queda mano en la naturaleza, y mientras uno se une al alcohol del vino o al sabor fresco del atún rojo, a  las ensaladas con marisco y aguacate , al aceite de oliva o  la intensidad tan vitalista del tomate, uno queda mezclado con  lo que la naturaleza ofrece, comiéndose también color y luz contenida en cada sabor maduro, en cada sorbo de vino frío de un rosado que me animé a probar.  Supongo que siempre se está a tiempo para  poder descubrir paraísos naturales y elementales .¿quién no ha podido sentir la plenitud de un sabor cerca del mar y de sus recuerdos? ¿Quién no ha sentido la plenitud de una canción o de la vida misma? Sombra del paraíso llamaba un poeta a esta tierra (o a este mar) una vez alejado de  ella, ¿o quizá se refería solo a su niñez? Quizá que las dos cosas juntas. La niñez mezclada con una tierra que fue un paraíso natural. 

Las parejas o amigos que comen y conforman ese ambiente en el que uno se mete- como quien se mete en el mar- charlan de sus cosas, de sus proyectos, sus impresiones, conviven comparten, alrededor de la comida, mientras el oleaje que queda fuera, le hace a uno sentir vivo, inmerso de verdad en algo. ¿Y si el mundo fuera recién creado? ¿y si nuestras células al igual que los cerezos  resucitara en cada primavera? ¿Si el paraíso no estuviera sólo en el pasado y en la literatura sino en el presente o él futuro también? La vida en el chiringuito prosperó unos días más. El sábado vino por allí un cantante, que recreaba canciones del pasado, con una voz y un deje que quedaban bien en el ambiente flotante, entonando el guantanamera, guajira… cambiando ligeramente el ritmo y adapatándolo a su modo. 

Entonces aunque estuvieses comiendo en las mesas, no se si británicas o españolas, madrileñas o andaluzas, la gente instintivamente cantaba a la vida, al vivir, quizá a un sentimiento de alegría, y se oía alguna mesa entera coreando  guantanamera….sin mayor pretensión  que cantar, y viajar, con ese revuelo que la primavera suele traer a la sangre o a las hormonas, celebrando la vida.

Flotar….a la vez que íbamos perdiendo la gravedad de las cosas. No creo que nadie hablara demasiado en serio de sus problemas, de modo que el cuerpo, (cada célula) necesitaba su dosis de bienestar, de integración en el paisaje, de ser y de sur. No sé a qué hora fue, pues prolongábamos la sobremesa apurando el bienestar sin ninguna prisa ni consciencia, que sin darnos cuenta el chiringuito había perdido su anclaje al firme e iba avanzado en el mar, y  ahora veíamos el agua por las dos ventanas, la que daba al sur y la del norte, convirtiéndolo en una improvisada balsa, mientras las versiones continuaban su curso, con una voz cadenciosa, indeterminada, algo del acento canario, con dulzura… Una vez ahí con el mar por los cuatro costados, nos dimos cuenta de que todos éramos compañeros de viaje. Entonces empezamos a conocernos. A saber unos de otros con esa magia de los viajes. Los ingleses estaban encantados de romper su aislamiento ancestral y contactar con nosotros, de saber algo más, de las historias de nuestras vidas. Y de desconocidos que compartíamos la atmósfera y los sonidos pasamos a ser conocidos. Recordé muchos barcos navegando hacia algún lado, los barcos que huyen de algo, y a la vez con los que sueñan con algo. Me vino a la memoria el  Winnipeg  entre otros. Y girando lentamente llegamos a la otra orilla, a la que quedaba enfrente –mar por medio-de nuestro pequeño paraíso, en donde amarramos aquel empalizado. Seguíamos en lo mismo, pero ahora veíamos la península  desde el sur. El sol nos entraba por nuestras espaldas. El sabor , el vino, la alegría no mermaron, aunque empezamos a añorar nuestro punto de origen. Nos instalamos como emigrantes llevados por la deriva de las cosas, el deje de las canciones, la posposición de todo trabajo. El descanso o la paz.

Y decidimos  volver adonde habíamos partido.

Como siempre, aquel mundo que habíamos vivido, al igual que la niñez, ya no estaba. 
  
Tampoco nosotros éramos los mismos.

sábado, 19 de marzo de 2016

luz de marzo en Madrid


“Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver”

Diego Velázquez, en palabras de Buero Vallejo, en su obra de teatro "Las Meninas" 1960. 

Hay una simetría entre el comienzo y el final del día en la ciudad, algo que nos saca de nuestros propios pensamientos y que nos permite agradecer algo tan esencial como la luz  sobre el entorno, la incidencia de la luz última de la tarde o primera de la mañana de estos días en los que sin prisa vamos dejando atrás un invierno extraño. Inmerso en el movimiento propio y en el del tiempo, hay instantes en los que éste parece detenerse mientras percibo lo intangible de la luz en la materia tangible de la ciudad, rebotando en ella mientras ocurren las cosas.

Tras la luz, tras los vidrios o la materia física de nuestros espacios se interrelacionan las infinitas tramas que tejen un día en la ciudad. La ciudad laboral y su incidencia directa en el mundo de la vida personal de sus habitantes, el casi siempre desconocido destino de nuestros trabajos entremezclado con el de nuestras vidas. La sucesión de nuevas contrataciones o despidos, el nacimiento de nuevas empresas o el seguramente inevitable cierre de otras.  Un mismo día, encierra comienzos y finales de etapas, de proyectos, de deseos o de ilusiones invisibles, y en alguno de ellos puede esconderse la imperceptible frontera del cambio que separa el espíritu de un  tiempo que acaba y el de otro que empieza. La ciudad mientras, se entremezcla con muchas ciudades al tiempo. La ciudad turística, con la ciudad provinciana; la  ciudad cosmopolita, con lo que queda de ciudad castiza; la ciudad de los jubilados con la ciudad de los niños; la prisa de una madre que deja a sus hijos en la guardería en Madrid sorteando los semáforos y tan solo unas horas más tarde en una tregua de trayectos y acelerones la calma de los ancianos que bajan a la plaza de algún barrio periférico, a pasar la mañana, sentados sin más, habitando en su memoria pasada y en el presente del momento… 

Como en nuestra mente, también en la ciudad las cosas pueden quedar a mano o tremendamente lejanas. Una persona decide acudir a un especialista. Otra a ningún lado. Otra está preocupada con su madre. Otra con el rendimiento de su hijo….. Hay una zanja abierta. Una red que se  renueva, un barrio que se reforma, otro que se degrada. Los turistas descansan y tienen cara de turistas. Viven el presente de su viaje. Desayunan con tiempo por delante. Acuden a museos o a lugares que habitualmente no visitarían en su ciudad. Algunos son parejas ya mayores. Otros van por su cuenta, a su aire. Otros en grupo integrándose en esa sensación colectiva y especial que suele darse en los viajes. En la parte alta de un autobús, viéndonos o sin vernos, observan la ciudad, mezclados los tiempos, y mientras ellos recorren los centros históricos de nuestro pasado, la ciudad laboral transita por los trayectos modernos de la M-30 o la M-40.

Unos turistas visitan el Palacio Real o los cuadros del Prado y atienden a las explicaciones de lienzos famosos como las Meninas, Las Hilanderas o la Rendición de Breda…instantes y luces que encierran su misterio en el nunca del todo comprensible aire de Velázquez.… Las columnas neoclásicas de Villanueva del Prado marcan un orden matemático, en ese Madrid de piedra y de ladrillo….

Y mientras la vida y el tiempo discurren con una complejidad también inaprensible. Alguien opera en un quirófano, mientras en ese momento puede que otro alguien corrompa el sistema o la convivencia. Las diferentes generaciones van sucediéndose por la ciudad mientras la configuran con el destino de sus trabajos. Un cuartel, una delegación de hacienda, una sucursal bancaria, una asociación de discapacitados…. Silencio, una sombra, un reducto de paz que va acompañado de armonía. Ruidos, superposición de ruidos. Obras. Superposición de obras. Estadísticas, adioses. Paseos, parques. Calles, barrios. Mundos. Libertad, historia, recuerdos…

Alguna vez todos hemos llegado a Madrid, aunque hayamos nacido aquí. Atrás en el tiempo, casi todos somos de otro sitio. La luz de marzo, choca contra las superficies de la ciudad. La curvatura del hormigón del pirulí, deja deslizar la materia intangible de la luz, por la materia tan sólida del hormigón; Detengo mis sentidos en  el agradecimiento de la luz, en una ciudad que da vueltas, como los años, como los días; miles de historias solapadas pero que están contenidas en una extranjería compartida; algún día todos llegamos a la ciudad, y ese primer día en Madrid, siempre estará en la memoria de aquel que llegó para quedarse viniendo de otra parte, haciendo de ello materia de recuerdo y de encuentro. También la vida. Como llegamos a ella y sus inicios es materia de nuestro urbanismo o arquitectura interior.


Me dejo sorprender por la luz mezclada con el frío de marzo,  viéndola chocar contra la volumetría de la ciudad, contra la tridimensionalidad de las cosas. Ese agradecimiento a la luz, proporciona la posibilidad de detener el tiempo en un instante, y mientras tú pasas puede que sea la ciudad la que se detenga un momento también y te integre en ella, como a los turistas que sin pretenderlo pasan a formar parte de la dramaturgia de las Meninas, o nosotros mismos formando parte de la ciudad mientras viajan viéndonos o sin vernos ellos desde las plataformas altas de los autobuses.

martes, 16 de febrero de 2016

El camino inverso (exposición del escultor Julio López Hernández)

Ya que el oficio del escultor  implica llegar a ser, tanto artífice como testigo de los llenos y de los vacíos, de lo frío y de lo fundido, de lo que se sostiene y de lo que se derrumba por su propio peso, esa  misma cercanía con la materia y sus procesos le implican también con lo que de lleno y de vacío conlleva la vida, con lo que de frío y de fundido tienen nuestras relaciones, y con lo que se sostiene y se derrumba de nuestros propios sueños, esperanzas o proyectos. Esa cercanía  con la parte más literal de la vida, de todo aquello que expresa o que capta VIDA, le hacen a uno sentir al igual que con lo humano, que toda esa materia inerte de bronces o de piedras, no configuran un mundo ajeno.

Cada escultura, cada proceso creativo, conlleva también un fragmento de historia, de relato que uno puede imaginar a partir de la solidez material de cualquiera de sus piezas, pensadas para lugares que se intercalan en nuestras calles, de un modo parecido a la de esos artistas-actores  que se transforman en esculturas urbanas en medio de nuestra ciudad, quietos, con una quietud que se te arroja a la cara a partes iguales entre la desproporción de estar así toda una mañana y la creatividad  de la figura lograda.

El camino inverso, (así se llama la exposición)  es la posibilidad que aquí tenemos de disfrutar de los dibujos previos a determinadas esculturas y de contemplar el paso del dibujo a lo tridimensional a través  unos trazos que constituyen obras plásticas en sí mismas,  donde los pliegues de la ropa, la consistencia del cuerpo o  la caída que la gravedad provoca en todo lo que nos acompaña ya están  presentes. El camino inverso, es también desandar un camino de largos años  y dejarnos seducir en ese juego poético y literario que acompaña el mundo creativo de JLH, mientras al desandar ese camino aprendemos algo de él, enseñándonos a nosotros a observar como el propio dibujo capta una energía vital, como resiste cada cuerpo la gravedad , con que energía se mueve, mira, o hacia donde dirige manos y mirada….Esa inmersión en la realidad  corporal, con dibujos de cuerpo entero y a la misma escala que físicamente somos, unida a la captación del alma o espíritu que originan nuestras expresiones me han descubierto un mundo desconocido y fascinante, con unas sensaciones similares a las que provoca adentrarse en el taller de alguien cuyo trabajo te interesa mientras te comunica  algo de sus pensamientos y sus asombros.

Entremezclados con los carboncillos y los bronces hay una trama de pasión por la literatura, desde esas manos maternas que sostienen un libro de poemas de San Juan de la Cruz tumbada en la cama con una chaqueta vuelta del revés, esos retratos del poeta José Hierro, esa magnífica escultura de  Lorca, o los rostros del historiador  Madariaga, mezclados con los retratos familiares de unos rostros que se repiten y de los que el artista es testigo en el tiempo. La figura de una mujer joven, caminando con sus cuaderno, carpeta y libro en la mano, como si revisara una lectura antes de entrar en clase, en una instantánea que puede ser fragmento de una historia mucho más amplia, mientras que a la izquierda queda la escultura de Lorca, con las manos abiertas dejando volar una alondra, generan y completan esa sensación urbana y ese toque fotográfico de quien capta el instante propio de otra persona.  Todo metido en un mismo material, que materializa por igual  el cartón de una tapa de cuaderno de apuntes con su espiral de alambre, las gomas elásticas de una carpeta con solapas, o la mayor o menor flexibilidad de las tapas de un libro escolar, unido a saber expresar como se adapta un traje en el cuerpo de una mujer, como viaja con nosotros un abrigo mientras caminamos, como se volumetriza la caída de una bufanda de lana, o el pelo que cae por la espalda…Todo ello pasado a la nobleza del bronce, mármol o resinas, como quien pasara cosas muy distintas a la unidad de una sola materia, del mismo modo que las palabras que no son otra cosa que conjuntos de letras similares nos transmiten infinitos significados diferentes.  Así la materia del escultor, capaz de hacernos sentir la memoria de aquellas carpetas normales y habituales que cualquier estudiante ha utilizado, el repaso de última hora de un examen de algo…mientras al lado, queda la figura de Lorca, con un pájaro a punto de volar en libertad, en nuestra imaginación o en nuestros sueños, conformando esa realidad repleta  de símbolos, de momentos que uno detiene en la memoria  y que le gustaría expresar  para que no se pierdan. Momentos cotidianos, capaces de enamorarnos de un modo humano;  capaces de hacernos  percibir algo más que un mensaje concreto. La impregnación en el aire de  una energía personal, que luego queda materializada en algo que parece muy real, tridimensional, dejando detalles de un momento que en algo nos cautivó o  nos llenó de una energía admirable.


Uno entremezclado con  la piedra y el barro, el bronce y el carboncillo, la madre y el parto, la lectura o la música,  la posición erguida o tumbada, la expresividad de nuestra propia postura, el lenguaje del cuerpo, lo que anuncia algo, una lluvia, un cambio, un espejo…un gesto o un descubrimiento, la niñez y la vejez, en un oficio al que JLH le ha quitado el pedestal para hacerlo a ras tuyo, mezclado eficazmente entre la gente, haciendo de su oficio algo así  como un juego de espejos de asombro que nos hablara de nosotros mismos. 


El camino inverso. Exposición del escultor Julio López Hernández. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid. Hasta 6 de Marzo 2016.

domingo, 7 de febrero de 2016

trayectos.

Algunos tramos de la vida son inseparables de los trayectos, los tiempos empleados para ir de un sitio a otro, los escenarios por los que pasábamos hasta llegar al instituto, a la universidad o más tarde a nuestro primer trabajo. Aquellas primeras decisiones que tomábamos, elegir estas u otras asignaturas, apuntarse o desapuntarse a un deporte, ganarse un dinero con alguna actividad, o elegir unos estudios universitarios u otros, iban a configurar aparte de la sustancia de nuestras elecciones, unos determinados trayectos que íbamos a repetir durante muchos días en una ciudad que como nosotros mismos estaba destinada a ir transformándose a través del tiempo. Todo cambiaba con rapidez, y cada año tenía un ritmo, aunque no lo percibiéramos entonces, como no se percibe ni el crecimiento ni el deterioro de nadie en un solo día,  sin ser conscientes del cambio en el que estamos inmersos ni del posible futuro de  la ciudad o de nosotros.

De aquellos trayectos urbanos en los que uno atravesaba tiempos y espacios, barrios y  mundos que aquellas decisiones nos habían obligado a atravesar, iba quedando en la memoria un  Madrid que se iba conociendo y descubriendo desde paradas de metro, paradas de autobús o caminando mientras uno iba haciéndose con una ciudad que recuerdo envuelta en un gris urbano de días nublados y de asfalto mezclados con esa tonalidad neutra que se esconde en el interior de la piedra de nuestra sierra. El hormigón con sus capas sucesivas del humo de los coches de Cuatro Caminos, aquella mole de puente que en su momento había sido una solución aceptada y moderna, la recuerdo más bien por el espacio sombrío que dejaba la parte inferior de la losa del  puente, con aquel giro de autobús que yo tomaba hasta Moncloa y desde allí a la escuela de arquitectura esperando un tiempo parado bajo aquel puente hasta que arrancaba. Cuatro Caminos, era un lugar que recuerdo por su tienda de discos, con aquella  artisticidad de las portadas expuestas en aquel pequeño escaparate, que contrastaba con la dureza de aquellos soportes del puente que como muchas otras paredes y calles de aquel Madrid servían de base y de soporte para las diferentes ideas, de reclamo de una efervescencia cultural plagada de eventos y conciertos musicales. Aquel Madrid, era un Madrid donde aún el pensamiento y la dialéctica ocupaban un espacio físico y tangible, antes de que la prepotencia del dinero, la soledad del egoísmo, o la vaciedad del descerebramiento hubieran llegado al día a día de ese espíritu de los tiempos que más o menos trae consigo cada década. 


Apenas queda nada de los vinilos, del vidrio que separaba el deseo de un disco, y la posibilidad de comprarlo por un dinero que para un joven siempre era mucho. La lenta desaparición física del  papel de la prensa, o del protagonismo propio de los cafés y sus conversaciones de cualquier bar de Madrid, mezclándose las capas de humo y de carteles  sobrepuestos contra el hormigón de aquel puente, en el que recuerdo un día de lluvia resguardándose bajo su losa  a un Alfonso Guerra de la época progre arengando contra la entrada en la OTAN con el ambiguo lema de “OTAN de entrada no”. Unos meses después, Guerra y González, asomados a la ventana alta de un hotel habían llegado al poder. A partir de ahí,  la historia ya fue otra. Los trayectos tomaron sus giros como aquellos autobuses en Cuatro Caminos. Y la gente siguió madrugando, yendo al trabajo, los carteles poco a poco fueron perdiendo su materia, la yuxtaposición de unos contra otros haciendo de sus capas un gramaje denso de mensajes o de imágenes sobrepuestas de mensajes políticos, conciertos, ofertas de viajes universitarios…. Los discos poco a poco fueron desapareciendo, perdiendo peso los cines, las películas de pensar, las librerías, para ir desembocando en el mundo virtual y más plano y lleno de gafas y de ópticas de nuestra ciudad ahora turística que va rescatando cada año, un tramo antiguo, una esquina, una moldura ecléctica que el desprecio de los setenta y los ochenta tendían a olvidarlos como quien lanza a la invisibilidad  un pasado contra el que combatió.  

En aquellos trayectos urbanos, un arquitecto en ciernes, observaba la ciudad, la lectura de sus edificios deslumbrándose por unos hitos modernos en los que casi nadie se fijaba, inmerso en esa especie de religión de la arquitectura que deja sus señales en la ciudad como los hechos sagrados de un mesías en el evangelio. No creo que reparara demasiado en aquel puente y la  mole gris del hormigón urbano que  un buen día desapareció. Aquel escenario inevitable de los trayectos de parte de tu vida, de repente cambia como quien cambia los azulejos de una cocina o la distribución de una casa y no acaba de reconocer el espacio en el que ha repetido muchos trayectos. El espacio cambia y desparece el artefacto de un tiempo, que vuelve a dejar los balcones del primero y del segundo piso de los edificios en su dignidad original con el mismo poco ruido que previamente los había dejado a ras del humo de escape de los coches. Años después Cuatro Caminos volvió a tomar ese toque urbano y metafórico que uno gusta percibir en la ciudad…son los trayectos, la vida, los giros, los autobuses…los tiempos muertos que no lo son, en los que nos fijamos en nuestro entorno, en la configuración de nuestras calles, en decisiones que nos llegan a veces en las paradas inclinando la balanza de nuestra voluntad para  apuntarse a algo o desapuntarse, para pasar a ser parte de tu ciudad, viajando en la inercia de nuestras propias decisiones,  ocupando la mente en lo que fuera en aquellos tiempos muertos hasta que el autobús arrancaba…

domingo, 31 de enero de 2016

Tiene que llover...

Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes
pero ¿quién nos ata?
Dame la mano y vamos a sentarnos
bajo cualquier estatua
que es tiempo de vivir y de soñar y de creer
que tiene que llover
a cántaros.

Pablo Guerrero. (de la canción “tiene que llover”)

Aún no había cumplido yo los diez, cuando del mundo creativo de Pablo Guerrero, nació aquella música y aquella letra, cuya suerte discurrió paralela a lo que pudiera ser la historia de nuestro país en los últimos cuarenta años. De aquel mundo poético-musical de inicios de los setenta que sonaba en mi niñez y que recuerdo a través de  la magia y de las vueltas de los discos de vinilo  “tiene que llover” abría una puerta a la esperanza,  a esa idea de progreso social que en general pervive en algún lugar nuestro y que permite creer que el futuro será mejor para todos que lo ya pasado.  “Tiempo de vivir y de soñar y de creer que tiene que llover” recogía del aire de su tiempo un espíritu de unos años a los que me he referido alguna vez, en los que se confiaba en un futuro mejor, y en los que  soñar con el futuro era parte de la ilusión con la que se afrontaba el presente.  Una canción de amor, donde el anhelo de libertad tenía una referencia muy clara de rechazo a una dictadura militar que aún subsistía. Tiene que llover, representaba  el deseo de renovación, y enlazaba también con una gran  parte de la población rural de nuestra geografía que en aquellos años había abandonado esa realidad más dura que utópica del campo, para integrarse en una realidad aún más compleja que era vivir y sobrevivir en la ciudad. Una vez lejos del campo, ese campo matérico y ya mitad parte de la memoria y mitad parte del deseo de vuelta a los orígenes que uno siempre conserva, la lluvia podía ser un bien común a ambos mundos, posibilitando la unión de lo físico y lo simbólico;  la necesaria fertilidad de la tierra para el que vive del trabajo del campo, y  la necesaria limpieza del aire y de las calles para el que vive en la ciudad.

Puede que los poetas, los pensadores, los soñadores, estén siempre ahí, y que el tiempo simplemente los haga visibles. Puede que lleguen a configurar un espíritu, una sensibilidad que caracterice ese fragmento de tiempo que logran comunicar. Luego, el tiempo pasa y trae otros tiempos distintos y los vuelve a hacer invisibles hasta que en el mismo aire se percibe que se han roto demasiadas cosas y que se hace necesario renovarlas. Y entonces puede que más de uno recuerde en la lejanía esa canción que ni siquiera fue éxito, pero que a uno no le pasó desapercibida. Aquella  letra que incluía ese  “tú y yo muchacha estamos hechos de nubes pero ¿quién nos ata? supongo que anidó y quedó al menos unos instantes en la mente de quien tiende a hacerse preguntas. Los tiempos lanzan al olvido el espíritu que los configuró, pero muchos años más tarde alguien puede recordar que fue de aquella sensibilidad, como le fue la vida, que tal pasaron los años por él y por lo que pudo llegar a hacer.


El tiempo, los tiempos, no hace demasiado volvieron a traer  sentido y necesidad de aquellas sensaciones que a mí me habían transmitido y seguramente configurado ese tipo de canciones y de letras como “ tiene que llover”. Me lo imagino en boca de mucha gente sencilla del campo mirando al cielo, con esa sabiduría de los hombres que viven de su tierra expresando “va a llover” o “ tiene que llover”. Esa sencilla expresión en mitad de tantas mentiras tan complicadas que nos llegan por tantos lados, es la fe de los que creemos en pocas cosas y de los que nos resistimos  a pensar que el futuro ha de ser peor. El futuro será lo que hoy cada día vayamos construyendo, con renovada participación y sobre todo sin miedo. 2016, estrena un nuevo Congreso, nuevos representantes mezclados con antiguos  representantes de cada uno de nosotros. En muchos de los escritos que leo, observo un pesimismo, una angustia por la indefinición de los tiempos. Pero uno siente que no tiene por qué ser así…espera un poco…tiene que llover y la lluvia ha de limpiar aún más la ciudad,  y fertilizar más el campo…  pararse a detectar que  “hay señales que anuncian que la siesta se acaba…” La lluvia, mezclada con nuestro trabajo, esfuerzo, participación, generando dudas, luchas, debates, día a día nos sacará de nuevo adelante y mejor. Es momento de encontrar la  sencilla verdad de cada cosa. La verdad que realmente hay detrás de cada proyecto. Y la mayor verdad yo la encuentro en dejarse oxigenar por el aire y la lluvia, en escuchar,  vislumbrar y debatir proyectos nuevos y atractivos para nuestra historia y nuestra nación, que sean capaces de generarnos un nuevo espíritu común que aún no ha llegado. 

sábado, 28 de noviembre de 2015

un alma trabajada por el afan de atrapar la belleza

Paseando recientemente por Segovia, me encontré con una placa cincelada en piedra que decía: “al paisajista Leandro Silva, un alma trabajada por el afán de atrapar la belleza. 2001". Esta economía de palabras me gustó y recordando la síntesis de las formulaciones del logos que expresaba en el anterior texto, pensé en la limitación que supone cincelar textos en piedra y que si la piedra tuviera que elegir entre conceptistas o culteranistas, sin duda se inclinaría por los primeros, teniendo a bien aquello de que lo bueno si breve dos veces bueno. En detrimento de la piedra diré que representa lo inerte, justo lo que no tiene “ánima” que sería el movimiento de los seres vivos y es posible que tampoco le beneficie ese aire de epitafio que en ella toman los textos y que les otorgan una trascendencia a veces exagerada a palabras que son de los más cotidianas. En definitiva, que a Leandro Silva  lo que realmente le hacía disfrutar en esta vida y a lo que dedicó su alma y su talento, era a trabajar, idear, cultivar y crear jardines donde antes no los había. Siempre hay alguien detrás de las cosas, detrás de una fuente, detrás de un jardín y también detrás de un texto, y si en el soporte no han de caber más de diez palabras, no es de extrañar que se recurra a conceptos, palabras concentradas que contienen muchas más y que tomadas de una en una darían  para  una conversación, para una tesis o para un ensayo. ¿Qué es el alma? ¿Qué es el trabajo? ¿Qué es el afán o en su caso el deseo? ¿Qué es la belleza? Con ellas anduve el paseo, sin sospechar que más tarde iban a viajar hasta este texto, y que aquella síntesis iba a tener la capacidad de reavivar  imágenes y  palabras que seguramente ya estaban dentro.
El estudio de las cosas ofrece todas las posibilidades que uno pueda imaginar. Cuantos libros habrá con el título o similar “sobre la belleza” o “tratado del alma”. De un concepto se puede tratar extensamente, pero la velocidad de la vida y de la información ha cambiado tanto que estos tratados en general quedan relegados por otras lecturas. Sin embargo se me ocurre que hay otra manera de tratar los conceptos y es tratarlos por pares, alma-trabajo, afán-belleza etc. Al analizar de este modo, aparecen relaciones, espacios que existen entre las palabras, que tienen su interés ya que nos conducen hasta realidades y evitan perdernos en el desierto de lo que separamos con el intelecto y que aparece mezclado en la vida.
Siempre me ha gustado fijarme en el espacio que queda entre dos palabras, en la relación que puede surgir entre ellas, y la formulación alma trabajada, llevada a sus conceptos, es decir alma y trabajo, me sugiere el  pensar que hay trabajos hechos con necesidad de alma y dirigidos al alma, (una música, un cuadro, la literatura, la danza etc) y hay trabajos en los que el alma en principio no interviene (un corredor de bolsa por ejemplo). Para muchas personas los trabajos del alma, que no producen un beneficio económico, son pérdida de tiempo ya que nuestro entorno es más proclive a lo que deja un beneficio y a las transacciones económicas. Paisajista podría entrar dentro de una de esas profesiones de ámbito humanista que quedan en entredicho dentro del sistema exageradamente economicista al que nos sometemos; se trata de una profesión no muy remunerada, y sin embargo es una profesión que deja su efecto en el bien común y su huella positiva en los usuarios de la ciudad.    
En estos días de paro estructural y de falta de ideas, no estaría de más proporcionar su trabajo a los buenos paisajistas, encargados de hacer de nuestras ciudades lugares para la felicidad humana y de paso borrar la fealdad que dejó el enladrillamiento del suelo hispano en ese fenómeno del egoísmo y del mal gusto que pasado a formulación metafórica quedó con el nombre  de burbuja inmobiliaria. Todo lo contrario tal aberración a lo que me sugiere esta frase relativa a un alma trabajada….Ambas cosas tienen que ver con el trabajo pero si en piedra tuviera que dedicar un nombre a lo aberrante diría algo así como “a un grupo de gente sin alma cuyo afán no fue otro que ganar dinero”, puesta al lado de esos cadáveres inmobiliarios que han quedado como testimonio de una locura colectiva. 
El afán, tiene que ver con el deseo. Y el deseo, tiene que ver con aquello que va a ser capaz de proporcionarnos felicidad. No sé si por casualidad, vi la placa en los mismos lugares donde yo había jugado de niño en los muchos veranos que pasé con mi familia en esta ciudad y que configuraron mis percepciones. Días de juegos en esos jardines que quedan sobre la parte alta de la muralla antigua y que da a la iglesia románica de san Juan de los caballeros, con esa belleza tan peculiar de los ábsides románicos, que son bellos tanto por dentro como por fuera. Esta iglesia, había sido comprada por el ceramista Daniel Zuloaga (hermano del pintor) en la época de la famosa desamortización de Mendizábal y la tenía habilitada como vivienda y taller. Como estaba en obras permanentes, en aquellos años de mis recuerdos infantiles podías acceder al interior, ver sus cerámicas esparcidas por el suelo, los hornos, los esmaltes siempre atractivos del mundo del ceramista. Rodeados de un tramo de la  muralla,  aquellos jardines fueron un lugar mágico para jugar, y para vivir el tránsito de la niñez a la adolescencia. Ahora, al recuerdo de una fuente donde tantas veces me habré apoyado para beber después de montar en bici, se le une una intervención plena de sentido; por donde ahora veo este sencillo jardín, había maleza desordenada que llegaba hasta por detrás de los ábsides de san Juan, donde nos ocultábamos en el escondite, con distinta cabeza que ahora, pero seguramente con el mismo alma.
Años después supe de Leandro Silva gracias a un  lugar que me resulta lleno de armonía clásica, el jardín botánico de Madrid. Enfrente del pabellón de Juan de Villanueva, una rotonda muy bien tratada, con un estanque muy agradable y una palmera justo en el eje de simetría del edificio; en su momento me habían llamado la atención y luego supe que era obra de este mismo paisajista. Sin conocerle personalmente iba sabiendo de sus trabajos y las casualidades me iban conduciendo a toparme con sus obras y a descubrir la belleza de pequeños o grandes detalles, que van configurando tramos de la ciudad y que podemos pensar que están ahí desde siempre. Gracias a estas placas sabemos que no es así, y que están  o no están, en función de que esa alma trabajada, tanto individual como colectiva, se interesen en la tarea o dejen de hacerlo.  
Continuando el paseo, saliendo de la muralla mientras se va  bordeando la ciudad, pude disfrutar del otoño y del entorno y llegar hasta un pequeño conjunto de casas que quedan al lado del río bajo la mole del alcázar. Al lado de estas casas, queda el que fue su propio jardín, conocido con el nombre de El Romeral de San Marcos, espléndido mirador de todo el alcázar y de los perfiles de las torres de Segovia. Allí recordé una parte de mis paisajes infantiles, mezclados en el tiempo que iba enlazando y completando las cosas; me daba cuenta, de que una parte  mía es de Madrid, de sus calles y de su ritmo colectivo. Otra pertenece al mar, a su aire y a sus azules, pero siempre late en mí una que pertenece al silencio de los caminos mágicos de Castilla, a los domingos de otoño o a los cielos del verano sobre sus campos.Todo el camino que va desde la plazuela de San Juan de los Caballeros hasta aquí, con la muralla a un lado y  el silencio al otro, me parecía ahora creado para defenderse del enemigo y a la vez para hacer de palco donde escuchar el concierto de color del otoño; y con esa armonía, recibir ese regalo que es llegar al puente que cruza el Eresma, ver desde abajo el alcázar y la diversidad de los colores de los árboles, en la ciudad Patrimonio de la Humanidad, con el silencio patrimonio del alma humana, inmerso en el color  patrimonio de la naturaleza y de nuestros ojos. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Yo y mi circunstancia

"Hay un instante que todo el pasado se puede perder o ganar para siempre; y aquí el protagonista, a través de las imágenes de una película antigua que ha de estudiar, rescata una parte del pasado y lo salva para hacer más habitable el presente”. Miguel Angel Hernández, finalista premio Herralde de novela, con “El instante de peligro”. 

Estoy contento de una ocurrencia: la de haber introducido en el anterior texto una lista de cosas; concretamente una lista mezclada de acontecimientos y de referentes de un intervalo de tiempo colectivo. Como quien hace una lista de la compra y mezcla cosas dispares; comprar galletas y unas bombillas, queso y detergente, o pollo y  bolígrafo. Las cosas dispares, a veces quedan unidas en listas, del mismo modo que el azar puede dejar unidas en las listas de un curso a personas que a lo mejor son de mentalidades opuestas, o en los buzones de un portal vecinos que la casualidad ha puesto al lado y  en cambio una distancia de años luz entre sus modos de ver el mundo.  En este texto de hoy me voy a detener en una de esas cosas que aparecían al comienzo de la lista y espero que otras me valgan para iluminar este viaje por el tiempo con el que he decidido acompañar tanto mis observaciones como mis aprendizajes. Un año antes del  año de referencia, del límite temporal que yo mismo me he puesto (1915) Ortega había publicado su primer libro,- Meditaciones del Quijote-, y dentro de este texto tecleando en el PDF la palabra circunstancia, aparece inmediatamente la frase que citaba y que ahora textualmente encuentro; “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”

Hay que leer la cita completa, porque el alcance de su significado varía de tomarla a medias como habitualmente se cita y se conoce, “yo soy yo y mi circunstancia”, a pensarla incluyendo el último aserto “si no la salvo a ella no me salvo yo”. Digamos que la primera es más publicitaria y sencilla y la segunda más compleja y profunda. Las dos son interesantes, pero el corte es muy significativo, porque  en una se queda en lo que podríamos hablar la dimensión del yo personal, en la otra entramos en su dimensión colectiva.

Una sola frase puede contener muchas horas de pensamiento, puede concentrar mucha intelección, y esta de Ortega desde luego la encierra; (el lenguaje, puede concentrarse o expandirse). Este tipo de frases, estos “concentrados de pensamiento” deberían de tener un nombre que los identificara. Como desconozco (seguramente por ignorancia) si lo tienen o no  yo me referiré a ellas con un nombre que puede dar cierto pego filosófico y las denominaré  “formulaciones del logos”.  (Incluyen conceptos, -el yo, el ser y la circunstancia son conceptos-, incluyen conexiones entre conceptos, -la conjunción y-  e incluyen opcionalmente metáforas, -salvarse es una metáfora-)  

Estas formulaciones del logos, tienen la virtud de poderse desarrollar. Además son abiertas a la interpretación que va más allá de la que surgió de la mente del propio autor. A mí me ha llamado la atención esta formulación que apela a tomar responsabilidad de la circunstancia, de la realidad que nos rodea, a no ver la realidad como el campo de lo que nos ocurre, si no al revés, a verla como el campo en donde podemos intervenir de un modo responsable. Como todas las formulaciones puede tener su antítesis, pero yo me quedo con un dato, con una llamada de atención a trabajar en lo colectivo, no desligado del yo personal, al que se le ha dedicado mucho espacio y pensamiento en los últimos años, en general sin tener demasiado en cuenta su imbricación responsable en  la dimensión colectiva del yo.

En el listado de cosas sueltas y mezcladas de un periodo de tiempo (la lista podría ser diferente e igualmente válida) uno puede detenerse en un hecho concreto, por ejemplo en la Guerra Civil y conocer a fondo este episodio, ser experto en el tema; sin  embargo, hay otra manera de transitar por el tiempo, que no deja de ser un espacio abierto. (por ejemplo guerra civil 1936 y la transición política 1976) . Visto así, el hecho se prolonga, el instante mantiene lo decisivo del instante pero no su carácter cerrado.

Aplicándolo al ejercicio del pensamiento y a su transitar en el tiempo, en 1914 Ortega formula  “Yo soy yo y mi circunstancia”, dentro de su primer libro; luego llegarán más libros y el desarrollo de su pensamiento filosófico; posteriormente llegará de su mano la fundación de la “Revista de Occidente” que tanta influencia tuvo en la cultura española. Y mucho después en 1976, (ya fallecido Ortega) tiene lugar la fundación del diario “El País”, a iniciativa de  su hijo José Ortega Spottorno y que recoje además de una tradición familiar una determinada manera de ver y analizar el mundo. Al ver con un cierto zoom el tiempo, en él aparecen las relaciones que lo tejen, y uno puede percibir que el tiempo es el lugar donde cobran realidad  nuestras ideas y nuestros sueños. Las cosas no son aquí y ahora como nos quiere hacer pensar la cultura del consumo, ni tampoco intrascendentes e inmorales, como pretende la cultura del instante.

El tiempo es aquello que va dejando atrás las cosas, pero a la vez  es el intervalo entre sueño y realidad, entre semilla y fruto, entre sembrar y recoger; el tiempo es el intervalo necesario entre causa y efecto. Es el intervalo entre origen y destino. El tiempo, hermano gemelo del espacio, es un misterio necesario. Visto así, el tiempo no es sólo pasado y presente, sino el escenario de la vida humana. El tiempo, no es ni mucho ni poco. Otra cosa es la medida humana del tiempo del mismo modo que el espacio nos parece mucho o poco según la medida de nuestros pasos.  Igual que recorro los barrios de una ciudad para conocerla, igual que me relaciono con las gentes para vivir, recorro el tiempo con la única intención de conocer el pensamiento humano, su supervivencia, y hacerme consciente de que el tiempo es intervalo. Quizá se trata del mismo misterio que encierra el tiempo que transcurre entre sístole y diástole. Entre una nota musical y la siguiente. El tiempo, es esencia de la vida. Y el tiempo colectivo, ese al que la frase de Ortega me ha conducido, es el que me reconduce de un modo más sabio y completo a participar en los diversos ámbitos que van más allá de mi propio yo.